Cameron Crowe lo hizo de nuevo.

El hombre se puso el traje de groupie, revolvió los armarios de medio Seattle y desempolvó casetes herrumbrados, fotos a medio corroer y posters viejos. Y luego hizo lo que mejor sabe hacer: contar un cuento. En este caso, el de una banda de chicos que sueñan con ser estrellas de rock, que arman un grupo en un sótano, que salen a tocar canciones medio punkies por los bares de una ciudad aburrida en un país aburrido, que sufren y lloran y tropiezan y se creen muertos mil veces, hasta que un día advierten que el asunto marcha bien -muy bien- y que se han convertido en un tsunami que barre todo lo que le pongan adelante.

Pearl Jam Twenty es una crónica agitada y tierna de las dos décadas que transcurren desde los días en los que Pearl Jam no era ni siquiera un proyecto.

Tal como hizo en aquella joya retro que fue Almost Famous (estrenada en el 2000), en esta nueva travesura Crowe quema su documento y se pone la piel de director adolescente, ingenuo, soñador, y cuenta la historia que quiere que los demás conozcan: la que él vio, la que él vivió de primera mano en aquellos días en los que algo estaba por pasar pero nadie lo sabía aun; en aquellos días de sueños adolescentes y noches de heroína.

Para algunos una película, para otros un documental, Pearl Jam Twenty es, ante todo, un viaje: es un planeo sobre una historia que es conocida por muchos fanáticos de la banda, e ignorada por tantos otros.

Esa historia tiene como capítulo cero la muerte por sobredosis de Andrew Wood, cantante y líder de Mother love bone, un grupo que sacudía la escena independiente de Seattle a fines de los 80. El trágico final de Wood, un joven hiperquinético y talentoso que meneaba el cuerpo como Prince y rugía con furia ante auditorios de 12 o 13 personas mientras soñaba con ser  un Elvis neopunk, dejó huérfanos a un puñado de pendejos que lo acompañaban en la banda y a un montón de amigos como Chris Cornell, líder de la ascendente Soundgarden y compañero de departamento de él, que pensaron que todo terminaba ahí.

La película retrata con imágenes fantásticas grabadas en VHS en aquellos primeros días de la década del 90, el vacío que este baño de realidad dejó entre aquellos pibitos soñadores. Y a medida que avanza en su recorrido, confirma que muchas veces, cuando un cisma coincide en tiempo y espacio con gente talentosa, puede activar fibras desconocidas. Claro que no eran conscientes de eso Stone Gossard, Jeff Ament y Mike McCready cuando dijeron “ok, busquemos otro cantante y veamos y si hay vida después de la vida”, ni cuando grabaron unas pistas en un casete y las enviaron a un surfer californiano que trabajaba en una estación de servicio porque habían escuchado sobre él, ni tampoco lo sabía el muchachito en cuestión cuando tomó esas cintas y grabó sobre ellas unas letras que había escrito un amanecer de buenas olas y que hablaban de un chico desorientado y triste que se entera de que su padre ha muerto sin que él llegara a saber que era su padre.

Pearl Jam Twenty cuenta cómo fue que aquel surfer llamado Eddie Vedder viajó muerto de miedo a Seattle luego de que los ex Mother Love Bond escucharon aquella grabación casera, y cómo fue que seis días después estaban todos juntos arriba de un escenario, en la hora cero de un cuento que ya lleva veinte años.

Crowe revalida su credencial de sabueso de archivo y recupera casetes y videos que forman un collage que pone la piel de gallina. Resulta realmente fantástico escuchar a un devastado Jeff Ament en 1991 hablando de su carrera musical como si fuera un bajista  retirado, o a McCready, un guerrillero de la Les Paul, harto primero de que se les acerquen imitadores de Andy Wood y anonadado luego por la potencia de Eddie Vedder. Es demoledor ver llorar a Chris Cornell a sus 47 años mientras recuerda aquellos días grises.

Y luego resulta igualmente revelador repasar todos los altibajos de la banda: cómo fue que aquellos pendejos grabaron esa obra maestra que es “Ten” –que se convertiría en el disco debut más vendido de la historia y que Crowe usó como excusa para este homenaje-; cómo pasaron de tocar en bares de mala muerte a estadios de fútbol colmados; cómo fue que se hartaron del mainstream, de MTV, y decidieron enfrentarse al monopolio usurero de la venta de entradas, lo que les supuso renunciar a millones de dólares, masticar las miserias de una industria prostituida, y perder horas y horas en los tribunales federales.

Pearl Jam Twenty narra las peripecias de la banda en sus cambios de baterista, los miedos a que la sobreexposición los canibalizara, el invento de su rivalidad con Nirvana, y cómo cada vez que pensaron que era el final lograron parar la pelota, volver a las raíces aconsejados por maestros como Neil Young, y pensar en lo importante: la música. La música no sólo como producto, sino como catarsis, como poesía; la música como aullido y como susurro, como refugio, salvación y dulce condena.

Cameron Crowe se dejó llevar como un nene por esa misma música, deformó las leyes de la física, y metió 20 años en 120 minutos.

Y, una vez más, el hombre demostró sus dotes de titiritero.

 

Alfredo Ves Losada –De la redacción

Anuncios