El 27 de octubre de 2010 yo era uno más de los miles de docentes que nos calzamos el bolsito de censistas y pateamos el país, en medio de una gran operación mediática en contra. A medio comenzar, a las 10 de la mañana, recibí un mensaje de mi amigo Alejandro: “se murió Néstor, estamos en el horno”. Me sentía identificado con esa sentencia. Era miedo lo que sentíamos. En su capacidad política habíamos depositado mucha confianza. La conmoción de mis censados del periférico barrio Las Dalias, la alegría reaccionaria que se vivía en los centrales Los Troncos y Recoleta, las declaraciones inmediatas de Rosendo Fraga y la cantidad de personas que se congregaron en Plaza de Mayo terminaron de convertir en certezas las dudas que se nos abrieron en 2008 sobre el momento histórico, el país real y la dirección que estaba tomando –y debe tomar- nuestro país.

Esa tarde, dos imágenes aterrizaron en mi cabeza –y seguro en la de muchos-: el 17 de octubre y la anécdota de Sábato y las mucamas. Aquel día de1945, miles de mestizos obreros convocados por la CGT marcharon hacia el corazón blanco y cosmopolita de la Argentina europea para reclamar por un hombre que había sido el puente para la conquista de los anhelos de una década. Tenían miedo, pero le pusieron el cuerpo. Estaban exigiendo no volver atrás, a la primera década infame. Después consiguieron más. Hubo muchos que no lo entendieron. Sobre todo aquellos, profesionales, intelectuales, muchos de izquierda, pretendidos amigos –cuando no su vanguardia- de los obreros, que veían en el general-líder de los trabajadores al Duce. Diez años después, Sábato –como lo harían muchos de ellos-, en la cocina de una casa salteña, viendo llorar a las empleadas domésticas, tomaba conciencia de la naturaleza del conflicto social y de lo que significaba el peronismo para las clases populares. Él no se sumó al movimiento mayoritario –quizás por cuestiones de piel- pero miles como él si lo hicieron con los años, y el peronismo mutó, como tantas veces lo ha hecho.

Al caer la tarde de ese 27, el fantasma maldito volvía a recorrer la Plaza de Mayo. Era más heterogéneo socialmente –cómo no serlo después de la dictadura y el menemismo-, más colorido étnicamente, pero se notaba que ese grupo de gente tenía algo en común: vivían de su trabajo. Tradujeron, como los del ‘45, su angustia en coraje y fueron a la plaza a defender un programa político. Como los del ‘45, no querían volver a la década infame, la segunda y más brutal.

Eterno retorno, aquellas impresiones se referían al movimiento de la sociedad desde el 2008 –y desde el 2001-. El gradual intento de un gobierno de construir un Estado por encima de los intereses sectoriales y de clase era frenado por una alianza social netamente conservadora. No cualquier audacia y cálculo lograron que en tres años ese intento desestabilizador y reaccionario se diluyera. Como señala recientemente Eduardo Basualdo, el gobierno logró convertir una derrota institucional en una victoria “orgánica”(1). El programa aplicado por el gobierno de Cristina reconfiguró las relaciones de fuerza en la sociedad. Profundizó la “autonomía relativa” del Estado. Y en aquel reagrupamiento, muchos que no simpatizaban con el gobierno, que criticaban su tibieza y sus alianzas, se fueron sumando poco a poco. Para que no se dudara de esa autonomía del Estado, que sigue en disputa.  Me quiero ubicar en ese movimiento, y creo que muchos se sentirán identificados. Se estaba clarificando el panorama, viendo el país real y su potencial.

El futuro llegó hace rato

Argentina llegó al 2001 con un Estado desmembrado y funcional a los sectores concentrados de la economía, sobre todo al capital financiero.Un Estado de clase en el capitalismo no puede durar sin terminar en un conflicto de gran escala. Más si ese Estado responde sólo a una minoría. El proyecto que llegó al gobierno en 2003, luego de dos años de agudo conflicto, de encuentros y desencuentros entre ahorristas y piqueteros, de asesinatos, de sueños asamblearios, demostraba lucidez. Había que reconstruir un Estado árbitro, había que poner a la política sobre la economía, es decir, había que domar a los grupos económicos. Y había que hacerlo con astucia, en medio de la mugre. En comparación con los ‘90, era progresivo y era también, se demostraría, un proyecto titánico. El proceso histórico así lo develó, y aunque en un primer momento muchos poderosos se acoplaron, estaban agazapados esperando dar el zarpazo. En 2008 lo dieron, y el resultado es 2011.

En tres años el país se discutió a sí mismo. Cayeron las caretas y una profundización en sentido progresista, una apuesta política que nos sorprendió a muchos, amplió la base social del kirchnerismo y puso al Estado definitivamente como garante del funcionamiento socioeconómico del país, en gran parte materialmente, en gran parte simbólicamente. Como dice Sarlo, la victoria fue cultural. Decir que es sólo una “pátina mitológica” de la reconversión del capitalismo-posmoderno es una apreciación apresurada (2). Lo que falta será posible porque el sentido común hegemónico indica que el Estado debe regular, intervenir y porque hay un pueblo que el 27 de octubre de 2010 fue a llorar a un hombre que representaba eso y que el 23, un octubre después, lo reafirmó en las urnas bajo el liderazgo de Cristina.

Pero la discusión política quizás haya clarificado un par de puntos más: el peronismo sigue siendo la identidad mayoritaria en las clases populares, su potencial plebeyo y transformador no ha caducado, aunque el kirchnerismo también ha logrado ser una superación que integra nuevamente a sectores de las clases medias en un proyecto hegemónico. Digamosle “populismo” laclausiano, o neodesarrollismo, es un proyecto de desarrollo capitalista con recetario heterodoxo, eficaz en un momento de quiebre histórico mundial. Es la experiencia de nuestro pueblo, su estrategia. Ese pueblo al que todavía la izquierda liberal o “marxista” mira con recelo, porque no se amolda a sus modelos europeos o de manual. Difícil la socialdemocracia chileno-europea en Argentina –más cuando acaban de desaparecer…-. Tibios progresistas, sesudos liberales, no entienden que hay más riqueza y potencial en la modernidad holística y plebeya de los conurbanos.

Pero eso no significa que no existirán problemas, o derrotas. Estamos presenciando los condicionamientos por fuera de las urnas, en los medios y en las corridas bancarias. Seguro habrá otros agazapados, adentro y afuera, intentando negociar, pero más que nada frenar y volver al Estado pequeño, que para ellos engrandece la Nación–la suya, pequeña-. Pero existe la conciencia –aunque incierta, sabemos- de que se avanza. Pero ese avance, además, estará doblemente determinado por las expectativas de las grandes mayorías y por la crisis del capitalismo europeo y norteamericano (3). Y como ha demostrado audacia, cálculo y coraje, sólo el kirchnerismo puede timonear esta compleja Argentina real hacia una más justa, libre y soberana(4).  Y como lo demostró en la Cumbre de las Américas, hacia la realización dela Unasur y la Patria Grande–quizás la mejor manera de enfrentar el mundo que llegó hace rato-. Pero deberemos estar atentos para darle fuerza a este proyecto y enfrentar los zarpazos que nos aguardan más adelante.

Alejo R –de la redacción

(1) Eduardo Basualdo, Sistema político y modelo de acumulación (2011). Ver también “Salto cualitativo”, entrevista al autor en el suplemento “Cash” de Página/12, 6/11/2011.
(2) Omar Acha, “Tres explicaciones sobre el kirchnerismo y una apostilla socialista”, en Nuevo Topo. Revista de Historia y Pensamiento Crítico, N° 8, 2011.
(3) Me tomo el atrevimiento de tomar la idea de determinación –como presión y como límite- de Raymond Williams en Marxismo y literatura.
(4) El programa ideal de reformas, sujeto a los condicionamientos políticos, está expresado en estos dos artículos: Roberto Feletti, “Estamos revisando la matriz de negocios del sector empresario”, en revista Debate, 6/5/2011, y en Atilio Borón, “Cristina Recargada”, diarioregistrado.com, 23/8/2011.
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