Desde la metrópolis, se mueve, levita, se desliza sobre las calles de ciudades lejanas y no tanto. Y mientras leemos el relato de Joaquín Correa, célebre miembro de esta agrupación, podemos sentir la brisa en las orejas y la cara tirante a medida que su monopatín rueda por Saint Louis, Alsacia. Elogio del monopatín es una pintura impresionista del otoño en la campiña gala: sol, vino, árboles… Y hasta una caída con mucho glamour francés. (Laura Mazzoni y Alfredo Ves Losada, responsables de sección).

i.

No sé andar en bicicleta. Y decir eso, es decir ya un montón de cosas. Debía, entonces, escoger entre dos alternativas: o aprender y sufrir las sucesivas caídas o intentar conseguir un monopatín y ver qué onda. Había visto a muchos chicos andar en monopatín acá, en Saint Louis y las demás ciudades de Alsacia, pero no conseguía uno que soportara más de 50 kilos. Desistía sistemáticamente cuando iba a comprarlo al ver los dibujos del Hombre Araña, Ben 10 o la ampulosidad de los colores. Me fui haciendo la idea de que era un medio de transporte para pendejos con la misma dificultad que yo (es decir: no haber superado el quite de las rueditas de la bici). Hasta que vi una señora, un vieille dame, andar en monopatín. Y en una especie de señal, de manifestación del designio divino, empezaron a sucederse los ancianos en monopatín enviados por el Señor para apoyar mi grave decisión: de a dos, en masa, solitarios en la noche, con las bolsas de las compras, con sus nietos al hombro, cantando sonatas, fumando habanos, disfrazados de papa Noel, recitando los versos de la Divina Comedia, tomando fotografías, haciendo el amor, pariendo mellizos, jugando a la Wii, comiendo pan con mermelada, trayendo las luces que la tristeza nos ha ido quitando.

Entonces, repleto de la Gracia, me levanté temprano para ir caminando hasta Alemania. Pero una vez llegado al otro territorio, me di cuenta que el mercado del monopatín alemán es exageradamente amplio, y la tentación de la pereza empezó a apoderarse de mí, en cuerpo y alma. Nunca pensé que me fuera tan difícil elegir un monopatín y tras dar varias vueltas en círculos al mercado, luchando en mi interior por salir corriendo y resignarme o al fin detenerme y buscar el más adecuado, la llamada del ejército de ancianos divinos me hizo su presa y en una especie de rapto epifánico fui venciendo al demonio mediante la antigua técnica del descarte, hasta que, por fin, quedé entre dos: uno que además del freno traía un plástico para sacar chispas (literalmente) en el asfalto y otro muy sobrio, hasta diría trágico, todo negro. Si bien juzgaba audaz la compra de un monopatín, no me animé a tanto y opté por la sobriedad. Ahora bien: la caja no especificaba mucho y, recién ahora cuando lo abro, descubro que carece de freno y que la rueda trasera se mueve en todas direcciones. Es demasiado intrépido para mi inocente experiencia, yo que ni siquiera puedo manejar una bicicleta, compré alucinado un monopatín re pro, zarpado, que si hiciéramos una lista de progresiva complejidad y técnica para su manejo, se encontraría en lo más alto.

ii.

Tomé la decisión de recorrer la ciudad entera en monopatín, sistemáticamente todos los domingos y feriados a la mañana o después del mediodía, poco a poco, viendo los cambios que las estaciones nos van trayendo. Elegí los domingos porque el halo del lugar es el de una ciudad fantasma y, fundamentalmente, porque no andan tantos autos, lo que se constituye en una seguridad tanto para ellos como para mí. Me preparo desde temprano, agarro la mochila, un litro de agua, la cámara de fotos, algo para comer, una libretita y la pluma. Llevo un mapa donde voy marcando en rojo el camino de cada día y cuando regreso a casa lo paso en limpio en otro que guardo en mi diario. No quiero perderme esquina, boulevard ni rincón de mi ciudad antes de irme y por eso pongo todo mi empeño obsesivo por conocerla.

Andar en monopatín es una sensación hermosa, plena del espíritu de la adolescencia, guitarras con distorsión, palmas y canciones con panderetas. Tengo ya mis calles preferidas y cuando la confianza en mí es plena, voy hacia las lomas, para intentar algún día no terminar estrolado contra el cordón de la vereda, siempre tan atento conmigo. Por las tardes, cuando el sol empieza a caer, voy hacia los campos sembrados, la ruta, el bosque y el río. Me detengo ahí y descanso en el pasto con un vino francés al lado. Tomo fotografías y aliento. El otoño europeo es algo de lo más hermoso que hay en el mundo, lleno de paz, de árboles en plenitud, de brisas frescas, de vino y siestas.

Y vuelvo a casa, sonriente, pleno, con ganas de abrazar por doquier, de llorar con películas en blanco y negro, de comer helado, de quedarme hasta tarde charlando con esos amigos que están tan lejos, de tener nietos, de fundar un pueblo, ser Tintin, escribir un libro, plantar un árbol, donar mis órganos y tirarle un tomate bien podrido a los presidentes.

iii.

Manejaba (casi) totalmente el monopatín. Hasta recién, que me fui a la granza casi llegando a una esquina, intentando hacer no sé qué cosa. Tenía cuatro litros de coca en la mochila, que están intactos, por suerte, para el bien del litro de fernet que beberé a la noche, en una fiesta aburrida, solo. Me levanto inmediatamente, miro alrededor y le digo a un viejito que dejó de lavar el auto para compadecerme: “ça va, ça va”. Cuánto glamour, por dios. Si tan sólo se diera cuenta del estado de mi rodilla, de mi cabeza y de que me acabo de tragar una muela.

iv.

Cuando voy a una casa, pido agua. Y ya cuando me dan el vaso, agrego “de la canilla, eh, no te molestes”. Eso es una toma de posición. Puede ser también falsa modestia, afán por mostrar humildad u cosa similar. En mi caso no: no quiero nada que sea de más para mí, lo justo y necesario.

Andar en monopatín es una toma de posición, profundamente ideológica, profundamente comprometida. Golpearse duro intentando ser feliz, llegar cansado pero pleno a casa, es una elección que no implica tan solo al medio ambiente, sino también a la persona, hecho casi perdido en el huracán del tiempo enfermo del video clip y el consumo.

 Joaquín Correa –De la redacción

 

 

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