Una escena

-¿Tiene entradas para El gato con botas?

-No señora, todas las salas de Mar del Plata están afectadas al Festival de Cine.

La cara de frustración de la madre por tener que esperar una semana más para llevar a su hijo a ver la peli del personaje de los ojos tiernos, ahora devenido protagonista, no se correspondía con mi cara de felicidad por la respuesta, ni mucho menos con la cara de exaltación de los otros coleros, cómplices de ese momento único, epifánico.

El tiempo del cine

Extraño el marzo festivalero, aquel mes más caluroso, pero con más tiempo, con dos semanas por delante, que permitía que se corriera la voz de films que no se podía dejar de ver y que en esos quince días uno iba a poder sacarse las ganas. Más allá de ello, siempre que tengo ocasión visito el Festival de Cine, ahora en noviembre, con mucho menos tiempo que antes, pero con el entusiasmo de siempre. En esta ocasión y aceptando mi tarea de cronista de Palabras transitorias, me acredité y traté de asistir a cierta cantidad de films y tuve la ocasión de presenciar la charla que el celebérrimo actor Willem Dafoe brindó para los presentes -en ocasión de su respectivo homenaje- donde repasó su carrera fílmica, muy a pesar de las preguntas esquivas, banales y repetitivas de los presentes.

Las opciones a elegir eran tantas como films posibles. En un primer momento me dije: “Veo toda una sección completa y hago una crítica conjunta”. Imposible. No sólo la no coincidencia de mis horarios respecto a los films conspiraron contra ello, sino y por sobre todas las cosas, mi costumbre, ya asentada por lo menos desde el decimoséptimo festival, de revisar el catálogo a fondo: una invitación a asistir a aquello que me llamaba la atención y que creía, a priori, me podía llegar a interesar. Esta postura tiene sus riesgos, como bien recordará un amigo de la casa, que me acompañó hace ya algunos años, a ver cómo una familia nómada de la estepa mongola trasladaba su casa de allí para acá en el medio de una serenata de viento eterno… si es que todavía, mi amigo, consigue despertarse de aquel profundo sueño.

En esta ocasión mis criterios fueron variados, como también lo fue la oferta festivalera. ¿Qué tienen que ver Polonia, un director iraní preso, las vivencias de la última dictadura en San Clemente, el loco de la ruta, la tragedia de una familia griega (o la tragedia griega, lisa y llanamente), la acidez de Berlanga, el sindicalismo peronista del ’55 y el drama de los judíos escondidos en el alcantarillado de Lvov? No tengo la menor idea; diversidad de intereses, eclecticismo o ir directo a unas sesiones de terapia.

Impresiones

Brevemente, relataré mis pareceres:

El cine polaco que pude ver mostró una madurez sorprendente, una producción de primer nivel y unas historias de muy buena factura. La no película de Jafar Panahi (This is not a film) brillaba más por lo épico que por su contenido desde el vamos, cuestión que fue corroborada con creces. El pequeño film con reminiscencias autobiográficas de Paula Markovitch (El premio) resultó su opuesto, gracias a la gigante actuación de Paula Galinelli, una niña de tan sólo 9 años que la rompe!! (Premio a la mejor actriz en el Festival de Guadalajara). De la tragedia de la familia griega (Homeland) poco tengo que decir: sigo buscando todavía un GPS de los personajes para reconstruir una historia a tres tiempos cuya linealidad al director no le interesó hacer evidente (aquí jugó una mala pasada el famoso catálogo, ja!).

Berlanga, sí…, Berlanga, un genio. Placido y La vaquilla fueron de lo más entretenido, con una crítica mordaz de la España franquista. Para no dejar de ver. Tanto es así, que en la proyección de La vaquilla, José Martínez Suárez, Presidente del Festival, se apersonó en la entrada de la sala e increpó a la gente diciendo que iban a ver la mejor película del festival, y que en caso contrario, él devolvía el dinero de la entrada. Los traidores de Raymundo Gleyser, film pendiente en mi lista de las 1000 películas que no podés dejar de ver antes de morir, resultó ciertamente un testimonio fabuloso y una representación precisa del fenómeno de mutación del sindicalismo peronista entre el ’45 y el peronismo proscripto. Finalmente, la argentina La plegaria del vidente ponía elementos de ficción al célebre caso del loco de la ruta; thriller interesante que, a mi criterio, se quedó a mitad de camino.

Universos paralelos

Más allá de esta síntesis apretada, fue In darkness el film que logró cautivarnos por completo. Sumergidos en el alcantarillado de Lvov, durante la ocupación nazi de Polonia, un grupo de judíos intenta sobrevivir gracias a la colaboración de un católico inspector de alcantarillado. La directora, Agnieszka Holland, no es la primera vez que se zambulle en la problemática del nazismo y el holocausto (ya lo había hecho con anterioridad en Cosecha amarga, de 1985, y en Europa Europa, de 1991), pero consigue, en esta nueva oportunidad, insertar un debate sobre el papel de los católicos polacos, durante la ocupación nazi de Polonia.

El film transcurre en dos universos paralelos: la superficie y el subsuelo. Arriba, donde la luz abunda, vemos la orquestación nazi, la persecución, las dificultades para la subsistencia de los polacos, la desconfianza de los amigos y conocidos de antes. Abajo, mundo de ratas y residuos cloacales, la oscuridad somete, la vitalidad amaina, y los sacrificios, en pos de sobrevivir al horror, son mayores. Leopold Socha es el intermediario entre ambos mundos, pero no sin terciar conflictos, problemas o malestares varios. Socha no es el mismo en toda la película: ladrón, buscador de oportunidades en aras de la sobrevivencia cotidiana de su familia, cobra soborno por silencio, dinero por su conocimiento cloacal a las familias judías de la alcantarilla. El día a día lo modifica. Aquella desconfianza previa vira totalmente. Los judíos de la profundidad son ahora “sus” judíos. Socha sigue cobrando al padre de la familia un dinero que con el tiempo se ha agotado, sin embargo, semana tras semana lo devuelve para mantener las apariencias y no avivar suspicacias.

Vivencia

Quien tomó el micrófono antes del film, en el marco de la proyección de prensa, dijo que el tema del holocausto y el nazismo es inagotable, que tiene múltiples aristas. Coincido. La condición humana, las situaciones límites, el sobrevivir al exterminio, tiene interminables aristas y posibles enfoques. Semprún, a quién ya una vez me referí en Nota al pie en ocasión a su fallecimiento, decía que la experiencia del campo de Buchenwald lo había marcado para toda la vida, que desde aquel día él no era español, no era Jorge, no era comunista, no era nada más, tan sólo un sobreviviente. Sin duda, el film de Holland invita a repensar estas ideas tan sutiles. A la vez, poné el “foco” en el papel de los católicos polacos que habían sido vistos como ajenos, como colaboracionistas, como impávidos que miraban el exterminio desde fuera. Obvio que las críticas pueden ser las mismas que para la alemana Sophie Scholl. Digamos, la representatividad de estos casos: el de una mujer adolescente miembro de la resistencia al nazismo o el de un polaco que esconde judíos en las alcantarillas.

In darkness, es un gran film (que esperemos llegue a las carteleras argentinas) que invita a pensar y repensar el holocausto. Sin quererlo, o queriendo -no sabemos-, la directora consigue sumergirnos a los espectadores del cine en el mundo subterráneo. La oscuridad de la sala es la del alcantarillado, un efecto de identidad entre los judíos y los que estábamos en las butacas. Como ellos, los de la alcantarilla, salimos nosotros del cine a la luz diurna y nuestros ojos tardarán en acostumbrarse al sol radiante.

La miseria es humana…pero la solidaridad también.

                                                                       Benjamín M. Rodríguez – De la redacción

Anuncios