i.

La lógica que rige el muro de Facebook y con él todo ese universo, es la de la meada de perro. Firmar en un muro ajeno, agregar gente, rechazar otra, subir tal o cual foto, etiquetar al por mayor: cualquier acción que se realice sobre esa plataforma tiene la intención de marcar el territorio. El propio y el ajeno. La misma lógica, lamentablemente, rige el mundo universitario. Llamar a tal o cual alumno, sumar o restar becarios, asociarse con un grupo de investigación o el otro, darle bola o ignorar a los mercachifles del centro de estudiantes, trabajar con un profesor sí, pero con otro “no, nunca”, publicar en tal lado, desear tal otro y menospreciar, pero envidiar, los ajenos. En todo, las personas, “los profesionales”, van levantando la patita para marcar el territorio sino se decidieron ya por la otra opción, más chabacana y destructora pero lamentable: echarse un garco sobre los demás, literalmente cagarlos, hablar mierda de los otros.

ii.

Ya son varios los papelitos que acumulo y testifican mi asistencia a jornadas, congresos y demás empeños de la palabra. En pocas oportunidades presencié un debate, y el único que recuerdo fue por motivos personales, es decir: no cuenta. El resto, la gran masa de tiempo que he escuchado – paciente- ponencias, conferencias y todo tipo de exposiciones imaginables, ha dejado siquiera una marca en mi memoria. Les criticaba a mis amigos de historia las nimiedades que los desvelaban: los registros de un asentamiento rural que sólo ellos conocieron, la venta de algodón en aquél rincón, la conformación de la familia Pérez de Batán en 1864, y cosas así. Aunque, poco tiempo después, me dolió asistir a ponencias de mi carrera y darme cuenta que no decían nada, pero que tampoco se esforzaban en hacerlo. La metodología para que el tiempo corra y poder llevarse un certificado sin culpa es la misma: quedarse en el plano de lo descriptivo y patear las conclusiones para más adelante o darle a todo el carácter de lo posible pero en vías de investigación. Trataba de consolarme pensando que en el sistema se encuentra la primera perversión y que mis compañeros temen decir algo definitivo porque con ello se les acabaría el objeto de estudio, la investigación y, lo que es peor, la beca o el subsidio. Esbozos, tentativas, planes: y así pasa la vida intentando decir algo que nunca se termina de decir. Como si los investigadores o becarios fueran más pecho frío que la Selección Nacional y jamás se jugaran por decir algo, poner en tela de juicio las hipótesis de un autor ya consagrado o entablar la polémica con un colega.

Todas esas horas de exposición son más soporíferas que un recital de Spinetta y tienen la misma finalidad que el tiempo muerto de la adolescencia: la masturbación. ¿A quién le sirve lo que investigo? ¿A quién le interesa esta exposición? ¿Cuánto tiempo real le dedico al desarrollo de mi investigación? ¿Cuál es el impacto de esto que hago en la sociedad? Los controles sobre los becarios y el desarrollo de sus trabajos son más bien pocos y fácilmente eludibles. El trabajo del becario, entonces, se traslada a la órbita de lo personal y es entera responsabilidad suya su desarrollo. El compromiso con la tarea y el rol del investigador se adhieren a este desempeño ubicado en lo personal y corre por cuenta de cada uno el hacerlo bien, mal o más o menos, el dedicarle tanta cantidad de horas o el firmar y rascarse. Corre por cuenta de cada uno el formar parte de los ñoquis del Estado Nacional y ser una garrapata sucia y despreciable o jugarse por decir algo que uno crea, honestamente, importante.

iii.

En una jornada de historia, alguien -ya no recuerdo quién- dijo que la fuente no habla y hay que interpretarla y que ahí recae el aparato teórico de cada uno y su metodología. Se armó un debate un tanto bizantino sobre la aplicación de modelos epistemológicos contemporáneos en los siglos anteriores, como si esto fuera un anacronismo propio de la periferia que no sabe hacer otra cosa que aplicar elementos ajenos. La fuente habla, y lo hace a los gritos. Sólo que su idioma pereció con el correr tiempo y es el historiador quien debe prestarle su voz y su oído.

iv.

Un historiador, un investigador, un licenciado o un profesor en letras, todos, todos son escritores. Y los buenos escritores dicen cosas, se expresan, hablan y ponen su voz entera en esas palabras. La empeñan al ofrecer en ellas el corazón y poner en la escritura algo de sí, si no ya el todo. Todos tienen una rara mezcla de Proust y de novela policial negra, entre el deshilvanar la memoria y ofrecerla y defender lo último que nos queda. Si se niega esto, el camino de las becas se vuelve cínico e inmoral y una estafa al estado: perpetuarse en el sistema abarcando pequeñas cosas, muy particulares, nimias, sin arribar a nada y sin tener siquiera la altura suficiente de afirmar algo. En un determinado momento, hay que decidirse.

Joaquín Correa – De la redacción

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