Desde que la cinta corrió por primera vez el cine erigió sus propios prejuicios respecto a los géneros, los instaló, los vendió, los consolidó, hasta el punto en que es ya un lugar común reivindicar un drama y menospreciar una comedia. Pero esto se acabó. Nos hemos propuesto (como ya se ha hecho con otras filmografías y homenajes en esta sección) dar por tierra finalmente contra esa verdad absoluta. Para ello, hemos convocado a un prócer de la comedia, B de Berlanga, quién oficiará de superhéroe en esta cruzada, nuestra cruzada. Así como en el film de McTeigue (V de Vendetta, producido por los hermanos Wachowski), el protagonista venía a detener el control de la información por parte de una dictadura híper-fascista, nuestro paladín de la justicia, Luis García Berlanga, llenó de explosivos ese sentido común construido sobre la comedia, desde su producción cinematográfica. Y lo hizo en el seno de la España franquista. Hablar de este personaje nos obligó a llamar a nuestro archivero de referencia y a invitarlo a relatar sus impresiones que presentamos a continuación. Como se desprende del siguiente texto, fue Berlanga protagonista ineludible de la filmografía española y tuvo un don especial para retratar las situaciones sociales más descabelladas. Tanto es así que lo berlanguiano merece hoy una entrada en el diccionario de la Real Academia Española. ¿Por qué incluir este término? El problema está en que una situación berlanguiana difícilmente pueda ser definida con sencillez por otros términos semejantes. Básicamente se trata de situaciones aparentemente raras pero posibles, paradójicas pero reales. El aporte que presentamos de Pedro Berardi invita a ver cada uno de sus films como una agenda para el lector interesado por este cineasta. Una vez que el lector haya recalado en alguna de sus obras maestras podrá entender que lo berlanguiano está por todos lados, que uno enfrenta situaciones berlanguianas en lo cotidiano y adherirá –sin ninguna duda- a la campaña por la inclusión del término. (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección)

Efectuando una “arqueología del saber” extremadamente personal, el descubrimiento del cineasta valenciano José Luis García Berlanga, fue muy reciente. Alguna de sus películas cumbres, como “Bienvenido Mr. Marshall (1953)” y “Calabuch” (1956), pertenecientes a una primera etapa de su extensa pero desigual carrera, me inspiraron una obligada comparación con una serie de films que, vistos tempranamente, constituyeron de alguna manera mi rito iniciático al extraordinario universo del séptimo arte. Es cierto que tales comparaciones, en muchos casos arbitrarias, resultan excesivamente odiosas. Perola Españarural de la posguerra magistralmente retratada por el mencionado realizador, tenía diversos vasos comunicantes con los poblados polvorientos escondidos en las montañas abrucesas, que a través de un destartalado ómnibus nos daba a conocer Luigi Comencini en su espléndida obra “Pan, amor y fantasía” (Pane, amore e fantasía; 1953). No obstante, las semejanzas no se agotan aquí.

Puedo decir que, más allá de los aires de renovación y frescura que García Berlanga le otorgó a la industria cinematográfica en los años del franquismo, junto con otro brillante director hispano como lo fue José Antonio Bardem -creador de sendas obras maestras en las postrimerías de los años ’50, “Muerte de un ciclista” (1955) y “Calle mayor” (1956)- su visión satírica, corrosiva  y cargada de un pesimismo llevado al paroxismo, desnudaba las entrañas de una sociedad a la que los grupos dirigentes y sus acólticos imaginaban en lo absoluto “invertebrada”.  Y en este sentido también son visibles los puentes tejidos con la cinematografía de la península itálica, en donde comenzaban a asomar, aunque tímidamente, una pléyade de magistrales realizadores herederos de la comedia dell arte, que haciendo uso del absurdo más extremo mostraban una cruenta transición desde los horrores del fascismo hacía el boom económico y sus efectos en la sociedad de la época.  

No obstante, la figura de este controvertido creador tiene un aspecto sumamente significativo. Durante el período, por cierto extenso, en el que Franco controló las riendas del poder, Berlanga a través de su arte fue uno de sus críticos más directos. Incluso el mismo “generalísimo” llegó a tildarlo de “mal español”. Lo paradójico es que el director de “Tamaño natural” (1974) no era en lo absoluto un “outsider”, como tampoco era considerado un director marginal, sino que fue durante décadas un personaje central en el seno de la industria fílmica de su país. Llegando a rodar incluso con un conjunto de actores y actrices –como José Luís López Vázquez, Manuel Alexandre, Elvira Quintillá, Alfredo Landa, entre otros- que se convirtieron en afamadas estrellas durante la década de 1960.

Es cierto que la calidad estética, y por que no argumental, de su producción fue empobreciéndose durante el proceso de la transición democrática, iniciado a mediados de los años ’70. Principalmente porque el flanco de su crítica mordaz había envejecido y muerto en el ejercicio del poder. No obstante, esta percepción que se emparenta en cierta manera con el posicionamiento que asumieron tanto los espectadores como la crítica especializada, no puede soslayar el aporte significativo de la que, para quien escribe, fue una de sus obras maestras: “La vaquilla” (1985).

En esta radiografía de la guerra civil española con un evidente tamiz antibelicista, es notoria la intencionalidad de Berlanga por mostrar la irracionalidad de los conflictos bélicos, dando por tierra además, con las nociones prescriptivas de los tajantes posicionamientos ideológicos que dividieron al pueblo español. Desde las trincheras, el director se afana en demostrar que la pertenencia al bando republicano como al nacionalista, respondía a la configuración de fuerzas en el escenario local de los futuros milicianos. Y esto queda demostrado en el irrisorio trajinar de un grupo de “rojos” que quieren capturar una vaquilla que pretenden torear para la festividad patronal en las filas enemigas. En una de las escenas más significativas del film, los soldados republicanos confluyen en el arroyo con un grupo contrario, a lo que el comandante de la tropa (Alfredo Landa), exclama: “pues aquí en pelotas, parecemos todos iguales”.

Ahora bien, no puedo evitar transmitirles que mi predilección se centra en el corpus fílmico que se corresponde con su primera etapa. Películas como “Plácido” (1961) o “El verdugo” (1963), trazadas por esa carga de humor irreverente, próximo al límite de un anarquismo disgregador, que asemejaba a Berlanga con otro genial coterráneo, Luis Buñuel. En ambas -realizadas en colaboración con un guionista excepcional, como lo fue Rafael Azcona, quien junto al italiano Marco Ferreri, le otorgó al cine español dos magistrales obras de acentuado humor negro: “El cochecito” (1958) y “El pisito” (1959)- hay una clara manifestación política, pero alejada del tono panfletario que caracteriza a las producciones de este género. Partiendo de situaciones anecdóticas que en principio parecen carentes de toda complejidad resulta patente la intención de atacar a las instituciones del franquismo. En la primera, un anunciante que participa en una bochornosa campaña navideña en la cual las familias más encumbradas deben compartir su mesa con un pobre desea pagar una letra de cambio del transporte que utiliza para trabajar, mientras que en “El verdugo” un joven sepulturero (Nino Manfredi) es forzado ante sus holgados ingresos a suceder en el oficio a su suegro (el genial Pepe Isbert)  en la aplicación de la pena de muerte.

Quizás el empleo del humor, con altos niveles de corrosividad, sea uno de las dimensiones que me resultan más atrayentes de la producción de García Berlanga. Asimismo, porque en la puesta en escena y en la composición de sus personajes, enfatizando con gran acierto las interpretaciones colectivas, hay una clara intencionalidad de satirizar in extremo a la burguesía hispana y a su “falso” universo de valores. Pero también, y esto es otra clave buñuelesca, los oprimidos, marginales y desclasados que magistralmente son retratados en sus films, están despojados de toda espiritualidad y subordinación. Berlanga les otorga dentro de sus historias un rol enteramente activo, y como espectador constituye una experiencia fascinante observar esos personajes grises –en matices- que arrasan a su paso con el orden establecido. (Me es imposible evitar las disgregaciones, pero en este “libre” sistema de referencias no puedo dejar de pensar en las no tan claras influencias de los pioneros del splastish americano, principalmente de esa pequeña joya de alegato contra la propiedad privada: “Grandes negocios” (Big Business; 1929)).

Es ineludible afirmar, incluso hasta resulta una frase hecha, que el cine español, o podríamos decir el cine, no fue lo mismo después de García Berlanga. Él, como nadie, pudo plasmar a través de un manto de socarronas e irónicas carcajadas las miserias y las humillaciones a las que fue sometido el pueblo español con la llegada y la perpetuación del franquismo. En su cine, España distaba de ser la nación elegida por mandato divino y destino (supuesto) manifiesto para custodiar la “cristiandad” terrenal. Queridos lectores aún el polvo que cubre a los desahuciados habitantes de Valle del Río, abandonados por el último ómnibus que se aleja ante un Plan Marshall que nunca cumplió sus sueños y aspiraciones, continúa hoy irritándome los ojos.

     Pedro Berardi –Columnista invitado

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