A los recién graduados

A los que pronto lo serán.

Comencé a escribir la nota del mes con la intención de hacer un balance de lo que pasó en la sección y en la vida de alguno de sus escritores en el último tiempo. Pensé que era la mejor manera de acompañar el ciclo de graduaciones, de estar a tono con las despedidas de fin de año y la imperiosa necesidad de buscar saldos que florece por estos días. Una intención convalidada por la pregunta de un amigo sobre si iba a escribir “Un hecho, un tema y un texto II”. Al plasmar las primeras líneas advertí que el saco de cronista me quedaba grande, quizás, porque resulta difícil voltear la mirada cuando todo está sucediendo. Leí las notas de Albergue transitorio de principio a fin en busca de los rasgos salientes del año y, mientras lo hacía, me di cuenta que cualquier balance condicionaría los principios de inteligibilidad atribuidos a la sección –confieso, principios que yo no veía al comienzo, pero que estaban allí– por los lectores.

Recordé los intentos de definir una sección que en sus inicios sólo tenía un título provocativo y la promesa de ocuparse de las notas de color del blog, ahora devenido en revista. En particular, me vino a la mente una que decía algo así como “las notas de Albergue te ponen en contacto con lo que piensa y experimenta una persona frente a una determinada situación que, en algún punto, logra satirizarse a sí misma”. Entonces supe que sería bueno preguntarse, dado que todas estas experiencias se ponen por escrito, qué nos pasa tanto al momento de escribir como también con lo que de allí resulta. La respuesta, sin duda, tiene mucho de autorreferencial pero algunas características pienso que son generalizables.

En los últimos meses leí y escribí sin la mediatez de fines coercitivos impuestos por la autoridad inmanente del sí quiero aprobar tengo que… Leí y escribí, por demás, porque tenía ganas de hacerlo, quizás, por el impulso del oficio. Lo hice signado por una carencia absoluta de economía de tiempo y sencillez, mucho menos de síntesis. Sin la pretensión de satisfacer algún tipo de vanidad infundada, divinidad de dos cabezas que se erige sobre la nada y se sostiene a costa del disfrute de lo que hacemos. Leí y escribí sin cálculos aritméticos y proporcionales de los resultados esperados, sin la necesidad de hacer gala de ellos. Sin la certeza de hacerlo correctamente o, por lo menos, por alguna cualidad destacable.

Me introduje en el mundo de los autores, en sus preguntas, en sus incertidumbres, en sus falencias y en sus inquietudes irresolutas. Me enojé, insulté y desprestigié a alguna Sra. madre cuando la liviandad de los debates pasaba por el desacuerdo cordial y las conclusiones socarronas. Intenté en este último tiempo escribir para encontrar mis propios cómo, dónde y para qué. Me pregunté qué hay que tener en la cabeza para llegar a decir o escribir algo que sea aceptable por nosotros mismos. En algún punto me di cuenta que escribir es luchar contra uno, escribir es cristalizar el pensamiento y graficar la palabra.

Para muchos escribir es una actividad de despojo, de liberación, es su mejor forma de decir las cosas. Es una actitud intelectual que permite comprender ese doloroso manojo de pensamientos entrecruzados que quieren salir todos juntos por la misma puerta. Permite superar el malestar interno que se exterioriza en papeles arrugados, golpes al teclado -sin contar, claro está, las veces que reaccionamos descontroladamente frente a la pregunta más inocente o hablamos solos como si alguno de los objetos inanimados que nos rodean nos fuera a contestar, ni hablar del perro (gato en su defecto, cuando no tortuga) que nos mira azorado-. Escribir es una forma de decir, de decirnos a nosotros mismos, algo. Leernos es un combate contra nosotros mismos por las ideas estúpidas que teníamos en la cabeza.

En otros casos, escribir nace del problema de conciliar la carga de recuerdos, lecturas y experiencias que nos acompañan, aceptando que éstas son variables como también lo son los resultados obtenidos. Superar la contrariedad implícita de escribir a sabiendas que pasado el tiempo encontraremos los mismos errores que, al momento de hacerlo, señalamos en nuestras lecturas o experiencias. Pocas son las veces en que uno se encuentra totalmente tranquilo con lo que escribe, y sólo sucede cuando se trata de algo que no está preconcebido. A veces, la escritura fluye inexplicablemente en los momentos menos pensados y en las situaciones menos propicias.

Escribir puede ser gratificante cuando las necesidades y las obligaciones coinciden o insoportablemente frustrante cuando son opuestas. Así como hay ámbitos y modos de decir, esporádicamente, uno prefiere no frecuentarlos. Encontrar otras formas, otros modos de expresarse para confrontar lo que uno dice es una cuestión constante.

Escribir es la necedad de enfrentarse a uno mismo sabiendo que lo que allí se representa pronto nos va contrariar, porque no existen las verdades sempiternas.

 Juan Gerardi – De la redacción

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