Pablo Montoya es un gran escritor. Y acá lo demuestra con creces, entre citas y ese discurso elíptico de los recuerdos que no termina de decirnos lo que el deseo nos puso dentro. Los argentinos somos propensos, como alguna vez le dijo Borges a una amiga de su madre en su funeral, al acontecimiento redondo. Pablo Montoya viene a decir que sólo es una efeméride simple que hayan pasado 10 años del 2001 porque alrededor, por encima y por debajo de él pasaron, estuvieron pasando y pasarán, muchas más cosas. (Joaquín Correa -responsable de sección)   

Tu tiempo es un vidrio, tu amor un faquir

Hace diez años estaba leyendo Antígona, poco importa si porque la realidad es prolija o por capricho del azar. La cuestión es que era prácticamente inevitable pensar el modo en que todo lo que pasaba afuera se reproducía simétricamente en el texto, en la crisis desatada por esa mujer entre dos tipos de leyes: la del Estado, por ese entonces en manos de Creonte, y la de la familia, agobiada por el karma de Edipo, que había ubicado a la nieta de Layo ante la obligación de transgredir la ley para otorgarle a su hermano una digna sepultura. Interrogada por el representante del pueblo acerca de las causas que la llevaron a violar un edicto por todos conocido, esa mujer respondió: “No he creído que tus edictos pudiesen prevalecer sobre las leyes no escritas e inmutables de los dioses, puesto que tú no eres más que un mortal. (…) Si hubiese dejado insepulto el cadáver del hijo de mi madre, eso me hubiera afligido; pero lo que hecho no me aflige. Y si te parece que he procedido locamente… venga, acusada estoy de locura por un pelotudo”. Esa misma noche De la Rúa declaraba el estado de sitio.

Ayer conocía la noticia de un desalojo en una casa grande del barrio porteño de San Cristóbal. “La legislatura intervino y recomendó que atendieran a estas familias en el marco de la ley” (Telam, 18/12/11, 21.30hs). La escena parece no dejar de repetirse, una y otra vez, hace un año en el parque Indoamericano. Con firme decisión, las fuerzas del orden procedieron. “Ni siquiera nos han dado la tierra”, dijo una mamá de siete hijos, no sabemos ahora dónde está. Hubo en épocas del menemato en la tv pública una gran serie, producida por tinelli, Okupas. A puro machetazo la casa de ricardo, el pollo, walter y el chiqui fue ganada para la legalité, y así terminó todo: se los devoró la selva. A tinelli lo podemos ver de lunes a viernes a la noche -excepto los miércoles- por canal 13.

Quise acercar a mis alumnos de 3° 2ª el Martín Fierro y no se me ocurrió mejor idea que empezar por Maradona. Vimos de todo tipo de entrevistas y artículos, el documental de kusturica. Supimos que en la casa de Fiorito cuando el barba estaba triste llovía más adentro que afuera. Y que la tota, mamá, mentía o disimulaba un dolor de panza siempre a la hora de comer “porque sino no alcanzaba”. En relación al Martín Fierro, acompañé la lectura con la versión animada por dibujos de Fontanarrosa. Es inmediata la empatía que les genera a los pibes la figura del gaucho matrero… ¿a pesar de haber matado a dos personas? Sí, aún así. Muchos que no lo vieron jugar entendieron más al alcance de la mano hablar sobre diego basados en la historia de passman. Camino al pajonal en donde se guarecía el malevo desertor, elegí ser el sargento cruz: comprendí mi íntimo destino de lobo, no de perro gregario. Comprendí que el otro era yo.

Ese día de hace diez años se me tenían que terminar los cigarrillos y bajé a la estación de servicio. Mientras salía me cruzo con rodrigo martel y otros que llegaban agitados, querían ver lo que pasaba por tv como si fuese un partido de fútbol, “antes que sonara la primer bala salimos corriendo”. Fuyendo a piede e insangüentando il piano, diría Calabrese. El empleado del lugar estableció que el televisor no funcionaba. Hay una hora de la tarde en que la llanura está por decir algo… la revolución no será transmitida.

Hoy, abrí los ojos y supe que había sol, la ví a carlí con los codos apoyados en el marco de la ventana, tenía florecitas amarillas en la mano y se reía.

Pablo Montoya – Columnista Invitado

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