Dedicado a vos, diez años después. Donde quiera que estés.

(Aclaración para el lector desprevenido: el siguiente artículo está escrito por un fanático. Sepa entender que carezca de objetividad, si es que eso realmente existe).

Domingo de lluvia en Mar del Plata. De esas tormentas de verano que llegan de pronto, rompen todo y se van. (En esta ciudad, lo primero que llega del verano son las tormentas, antes incluso que el calor). Como sea, me dirijo al teatro Auditórium. Por suerte, queda a tres cuadras de casa. Así que la lluvia no es un problema. ¿A qué voy al teatro? se preguntarán. No voy a ver una obra, nunca verdaderamente adquirí esa costumbre (cuenta pendiente, otra más…). Voy a ver un recital.

 Hacer la crónica de un recital no es algo realmente interesante. El que lo vio, tiene su propia versión. El que no lo vio, o no le interesa o bien, se queda a mitad de camino: las palabras no pueden reemplazar lo que captan los sentidos. Por todo ello, es que, más que un relato de un evento, estas líneas son una excusa para compartir algunas sensaciones.

Retomo el hilo. Estoy en el Auditórium. Llegué temprano. Sólo (hace rato que tenía ganas de ir a un recital sin compañía de nadie). Vengo a escuchar una banda. Pero no cualquier banda. Vengo a ver a Divididos. Sí, en un teatro. ¡Sí! con butacas. O sea, sentado. (El primero que piense que es una “careteada”, se puede ir retirando). Suena raro, lo sé.

La sala se va llenado de a poco. Es curioso notar la mixtura de gente que asiste. Una franja etaria que va desde los 15 años (no todo está perdido, los Wachiturros no pudieron con ellos) hasta los 50. Hombres y mujeres. Muchas mujeres (¿siempre fue así?). En fin, me ubico en mi asiento. No es del todo bueno, pero la ventaja que tiene el teatro es que se ve bien de todos lados. Mala suerte la mía. Adelante se sienta una rubia de casi metro ochenta (aunque está muy buena, por cierto). Son tres en realidad, están más para un recital de Casi Ángeles que para uno de rock, pero bueno.

 

La gente aplaude. Está ansiosa de que empiece. No hay canciones de la hinchada. Tampoco hay banderas. Me olvidaba, esto no es GAP (perdón por el chivo) o la playa. Se apagan las luces. Aparece la banda. Ahí están los tres. Ricardo, Diego y Catriel. La gente aplaude, yo aplaudo. Y enseguida, se hace silencio. La sala enmudece.

 Los primeros acordes se hacen sentir. Suaves. Versiones sensibles de temas al palo. La voz de Mollo envuelve la sala (cada día canta mejor, debe ser de los pocos cantantes de rock que con el tiempo ha mejorado la voz y no al revés). Los temas se suceden y la gente se mantiene en silencio, sólo aplaude entre canción y canción (qué bien vendría un whisky…). Como en el teatro (cierto, estamos en un teatro). Me acordaba de un recital en Obras donde transpire como loco. Diez años atrás (cómo pasa el tiempo). La rubia de adelante me tapa, encima habla con las amigas (¿Por qué no miran el recital tranquilas? ¿Qué es lo importante que tienen que decirse? ¿Por qué las mujeres hacen eso? ).

Ahí están los tres. Coordinan como pocos. Catriel, ese animal de la batería que aprendió a acoplarse con los dos “viejitos”. Arnedo, el cerebro, el del talento silencioso. Y Mollo, el “fantasista” (se me ocurre pensar que hoy está más influenciado por un David Gilmour que por un Jimmi Hendrix). Por un rato, la aplanadora se convierte en el más liviano de los aviones.

Un párrafo especial para el segmento dedicado a Sumo. Ahí el ambiente cambia. Los más grandes ganan la escena. Los más jovencitos parecen no tenerla tan clara. Las versiones de “Brilla tu luz para mi”, “Nextweek” y “Cinco magníficos”, entre otras, traen el recuerdo de Luca a todos los presentes (y cuánto le hubiera dado al rock si hubiese vivido algunos años más).

Me cansé de la nuca de la rubia. Ya fue, me paro y veo el resto del recital de pie. Llega la parte del folklore. Con “La flor azul”, esa chacarera escrita por el padre de Arnedo, la fiesta está asegurada. Mollo pregunta si hay alguien en la sala que se anime a subir al escenario a bailarla. Dos chicas lo hacen. El público estalla. Por un momento, el Auditorium se transforma en una peña de cualquier ciudad del interior.

La última parte del show nos devuelve a la versión más power de la banda. Para no perder la costumbre, vió. Algunos no saben si saltar arriba de las butacas o improvisar un pogo en el pasillo. El recital termina a puro rock. Pidiendo un bis tras otro. Y así nos vamos, cantando. Todos, en ala delta.

      Martín Tamargo – De la redacción

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