Un honor contar con las notas de viaje de Joaquín Correa. Como el mismo dice, en ellas pone en juego su propia subjetividad. Y al hacerlo nos regala su mirada de una Europa convulsionada. El lector podrá a esta altura objetarnos la extensión del texto, si, pero bien vale la pena el esfuerzo de rotar la ruedita del mousse! María Laura Mazzoni (de la redacción).

La nube

Un libro de viajes es escrito en el tiempo del ocio y la distancia, con el afán de testimoniar una situación o de dar cuenta a los otros. Un libro de viajes parte de la postal ya conocida para ir más allá, para explorar el terreno, para intentar entenderlo al tiempo que se pone en juego la propia subjetividad. Un libro de viajes está hecho, así, de intermitencias, de fragmentos. Como los que siguen.

Primera parte: Frontière(s)

Fronteras

Vimos en la tele las manifestaciones nocturnas (léase: “quema de autos”) que los chicos árabes o descendientes de árabes hacían en Francia en 2007, sembrando el terror en la population. Pero ese terror no se podía mostrar así en un film de género, porque pasaba allá afuera, a la vista de todos. El género explora -la mayor parte de las veces- sus efectos puertas adentro, lo que no implica, sin embargo, el desconocimiento social.

 La voz en off cierra su duro monólogo diciendo “¿Quién querría nacer entre el caos y el odio?”, y segundos después se suceden con gran velocidad las escenas de las manifestaciones y la represión policial. “He decidido proteger a mi hijo del mal”. Caos, odio y mal, entonces, se conectan inmediatamente a los reclamos de esos pibes en las calles de París: la mierda sale a la calle, grita la ultraderecha, y los suburbios se ciernen sobre la ciudad luz para comérsela.

Nazis

Una enciclopedia quirúrgica, rifles de caza, una foto del Fuhrer y un viejo uniformado de caqui que habla en un francés muy cortés, de ése que enseñan en los laboratorios y en los libros: una típica casa de familia europea. Y mientras los otros tres chicos de la troupe están siendo gaseados, desangrados o con un grillete en la cabeza amurado a la pared, ella, Yasmine, es elegida el útero utópico de reproductibilidad masiva. Aunque claro, es lo que hay: pas pure. Un poco morenita, de ojos amarronados, pero cortale el pelo que se nota menos. El otro útero, la niña jorobada, tildada y medio monga, le corta el pelo entre sorbos de aguardiente. Es lo que hay: una árabe y una jorobada poco agraciada. Pero también son la permanencia y el futuro del nazismo: la afirmación de su existencia.

Las fronteras se escriben en plural y en paréntesis para advertirnos del aparente desplazamiento espacial y de la arbitrariedad de la cronología, que maneja sus límites y su propio ritmo: de la invasión nazi a los suburbios parisinos y de ahí a un pequeño pueblo perdido en la campagne no hay gran diferencia: si el cambio histórico se verifica en la génesis de nuevos sujetos históricos, acá no pasó nada si no el tiempo. (La película fue siempre la misma y la división de sus conflictos, sólo aparente). Una retórica de los cuerpos y una teleología en la frontera que marca la sangre de estos nuevos hijos. Del mal. Y del resentimiento. De la culpa y la memoria insufrible. Del odio. De la siempre tan cristiana Europa.

Segunda parte: conversaciones, paseos

La ciudad del futuro

Altkirch es una pequeña ciudad alsaciana, de casas típicas, de empedrado en las calles, de un tren que pasa cada tanto. Fue construida como una fortificación sobre un terreno elevado para evitar las invasiones y cuidar la frontera. Parece ser una linda ciudad, un pueblo pintoresco.

Entramos al bar y nadie nos saluda. Nos miran de reojo y cuando pedimos en la barra, con desprecio. Luis me cuenta que el partido de ultraderecha alsaciano se hizo fuerte acá, que sus consignas parecen emanar del volkgeist. Que sus alumnos le dijeron cómo venía la mano. Sin embargo, con caminar en sus calles ya nos damos cuenta de todo: miradas fuertes, esquivas o inquisitoriales, carteles y consignas del Unser Land, puertas que se entornan cuando pasamos, intervenciones públicas como

Pregunto dónde está el baño y me señalan, pobres de palabras, el fondo. Parecía un sitio clandestino preparado para el desarrollo de un plan sistemático de torturas: azulejos amarillentos, hongos en las uniones, piso sin brillo, marcas de suciedad, olor fétido, luces titilantes de un neón pronto a quemarse. A la izquierda, la cocina; en el centro, tres puertitas rojas, caídas: un mingitorio, dos inodoros con el tacho de basura y la sopapa sobre sus tapas. Entro al tercero, y me doy cuenta tarde que el cuarto de la derecha y todo el resto del salón funcionan como depósito: botellas, bolsas de basura, sillas y mesas viejas. Entro, decía, y la luz tarda poco en apagarse. Aunque parezca exagerado, la angustia me invadió y al fin pude ponerle nombre al miedo que sentí durante este último tiempo y que intuía de alcances distintos a los de la pesadilla del primer mes (1). Tengo miedo, me dije, no a que me roben, sino a que un grupo me agarre en la calle, a la noche, y me viole o me dé una paliza. Por diversión, por mi color de piel, por mi pronunciación. Es decir: tengo miedo a un ataque de un grupo de europeos.

Europa

A esta altura del partido, nadie dice “unión europea”, sino simplemente “Europa” y lo que está en juego con las amenazas de España e Italia de querer salirse del euro es mucho más que un infundado temor francoalemán: significa el desmoronamiento del proyecto que llevó casi 30 siglos poner en marcha y que tan ufanos y orgullosos los tuvo hasta hace poquito.

Herencias

En una fiesta, me dicen que en Alemania está prohibido Mein kampf y que si lo comprás o lo retirás de una biblioteca tu nombre es inscripto en una lista de posibles neonazis. Hay, además, palabras que ya no se pueden decir, por su carga nazi. Los alemanes, me dicen en otra fiesta, cargan con el karma del nazismo, porque la asociación directa de todos es el régimen nazi. Dicen que les pesa y duele y que no se pueden sentir orgullosos de su nación. Otro dice que por eso debe ser cómo trabajan o lo callados que son.

La gringa

Ashley, la chica de Colorado, habla sobre la crisis. Dice que tiene miedo, que estamos viviendo unos días que seguro aparecerán en los libros de historia del futuro, que todo está cambiando, por ejemplo esta semana, dice: en Italia chau Berlusconi, en España ganó la derecha y da un tercer ejemplo que no recuerdo bien. Dice que somos parte de esto. Que todo está girando a la derecha, que en su país los republicanos van a ganar las próximas elecciones. Que hubo un senador republicano que dijo que los mexicanos eran una raza inferior y que podría dárseles muerte si llegaran a pasar la frontera, así, sin más. Dice todo esto, como en una enumeración. Agrega más datos, que la cosa va a ser peor, que en Bélgica el partido neonazi sacó el 6% en las nacionales. Yo le digo que eso es grave, que estamos todos jodidos. Le hablo de mi país, que es raro, que ahora es un ejemplo para salir de la crisis. Que el modelo de Brasil y el dela Argentinamás bien están “a la izquierda” y que funcionan. Que Venezuela también. La chica mexicana dice que ellos también están jodidos, que vuelve el PRI al poder, que ya volvió en varios estados y que el año que viene estará de nuevo en la presidencia. Qué mierda, parecemos decir todos. Cada tanto tomamos vino y hacemos silencio. Pero la chica estadounidense realmente está preocupada. Y sigue hablando, de la universidad, del futuro. Hay cosas que no le puedo explicar y que tampoco entendería. Por eso me callo y miro mi vaso.

 

Tercera parte: Vues  de Buenos Aires

Inicio

Estaba explorando los anaqueles de fotografía de la librería del Musée d´Art moderne et contemporain de Strasbourg y encontré un libro bastante peculiar sobre Buenos Aires: tirada reducida, edición artesanal, hincapié en la tipografía, textos en francés y español y unas fotografías que no se decidían entre el registro etnográfico y el artístico. Un libro que se siente cómodo en la mesa del living, entre otros objetos de diseño, para que lean los invitados si se aburren en la fiesta o demoran un Martini. Lo fui hojeando lentamente pero al encontrar afirmaciones y descripciones equivocadas o harto polémicas decidí comprarlo.

En el prólogo, Priscilia Thénard explica su obra. Recorrió Buenos Aires en 2009 y quiso captar detalles de la vida cotidiana. “Las fotografías y las entrevistas escogidas revelan aberraciones. Éstas descubren anomalías que se normalizan, sin sentidos que se vuelven lógicos”, agrega, y nosotros pensamos que frases similares hemos leído una y mil veces en el asombro tan católico y puritano de los conquistadores (2). Esboza una especie de explicación sobre lo que es Buenos Aires y Argentina. Le da la misma relevancia (a juzgar por el espacio cedido) a la definición de “cuadra” y “esquina” que al “abismo entre la capital y las provincias”, para concluir diciendo que “los argentinos viven sobre ruinas modernas, reflejo de un crecimiento urbano generalmente mal controlado”. Y yo, que miro hacia abajo para ver si me vine en taparrabo.

Índice

Los barrios porteños recorridos fueron Balvanera, Belgrano, Chacarita, Constitución,La Boca, Palermo, Puerto Madero, Ramos Mejía, Recoleta, Retiro, San Nicolás y San Telmo. Del resto, Santiago del Estero y Salta, no más. La mayor cantidad de fotos se pueden agrupar en el conjunto Balvanera – San Telmo – Santiago del Estero, aunque a las dos provincias incluidas se les otorgue escasa relevancia. Si Buenos Aires es el culo del mundo, la habitación sobre la ruinas de la modernidad, Santiago del Estero es lo inconcebible, el finisterre de la desolación, un viaje al pasado en pocos kilómetros, una “no man´s land”, el desastre de la cultura occidental, lo aberrante como dirá en su prólogo, la pobre.

Fotografías

A un argentino que ve estas fotos y recorra el libro se le generará inmediatamente una pregunta: “¿qué está haciendo esta mina?”. Son fotos comunes, ni artísticas o empeñadas en una estética, ni etnográficas o antropológicas. Los encuadres tampoco ayudan mucho a descifrar su intención y en muchos de ellos hay elementos que producen ruido o cortan una posible armonía. La pregunta es, entonces, “¿qué está viendo Priscilia Thénard en Buenos Aires?”. Fácil: lo que un europeo de la comunidad entiende por “las ruinas de la modernidad”: el caos, el desorden, el abandono, el trabajo en la calle, los contrastes, la épica de la supervivencia, la religiosidad y cosas así. Nuestra cotidianidad mostrada a los europeos forma parte, todavía, del imaginario del realismo mágico, del nuevo cine argentino, tan iraní, de las portadas de las guías turísticas con una gaucho de piel curtida tomando mate o jineteando. Somos la barbarie, porque ellos creen estar en el lugar de la civilización y no entendernos es un lindo consuelo frente a la crisis que los desconcierta.

Alter ego

Del mismo modo con que sufrimos la ambivalencia de gobiernos “progres”, el discurso de la alteridad en la ciencias sociales puede tendernos trampas parecidas: bajo el manto de lo bien pensante, la tolerancia, la atención del otro (que no es sino la creación de un “otro”) y de los distintos intentos, en grado y modo, de comprensión se oculta lo mismo de siempre: el eurocentrismo (o en nuestra pampas, para continuar con la comparación, el egocentrismo, la retórica de “Yo, el/la supremo/a”), la falta de voluntad real por eliminar todo tipo de frontera.

La comprensión de la alteridad es, así, el movimiento que da impulso a la etnografía que, vuelta hacia uno mismo como Narciso, se vuelve una antropología. El riesgo parte del respeto hacia el otro, devenido sujeto o tan sólo objeto de estudio, análisis, disección. Es decir, si comprender al otro implica, siempre, una mirada sobre uno mismo, el acento sobre uno de estos dos elementos coparticipantes define la voluntad del acercamiento. En el caso de Vues de Buenos Aires encontramos la inclusión de palabras típicas en cursiva que intentan, tal vez, ir un paso más allá de los propuestos para los turistas. Thénard repara en los tugurios, la miseria, “les cartoneros”, el abandono, el cartón de las casas, los espacios ocupados, las sogas para la ropa como marcas territoriales, los reclamos y el descontento, las veredas cuidadas por sus propietarios, las calles devenidas en “museos del automóvil”, las palomas, los trabajadores en negro y hasta se preocupa por entender la división de clases argentina: “Podemos discernir cuatro clases sociales: pobre, modesta, media y media superior. Además de la diferencia de ingresos, las mentalidades singularizan estos estratos sociales. El fatalismo argentino es alimentado por la religión cristiana.” Está viendo ala Argentina, pero hay algo a lo que no puede llegar porque su mirada no deja de lado un gran lastre europeo y la comparación, así, está siempre presente. No es capaz de otorgarle una lógica propia al universo que está viendo sin recurrir al desastre, la ruina, los deshechos de la modernidad.

El Primer Mundo

“Todas las características de los países del tercer mundo son perceptibles en ciertas ciudades de provincia. Los maestros comienzan su clase dando de comer a los niños. Los alumnos van descalzos a la escuela”; “Las abuelas con perros aman la compañía, las cacas de perro invaden las aceras”; “Las palomas y las cotorras están juntas, se pelean el mismo pedazo de pan”: lo único que quiere decir el libro parece ser: “estamos frente al caos, la inseguridad, la pobreza, el no futuro, la ausencia absoluta del Estado, esto es: el tercer mundo”. Y se maravilla en su descubrimiento, en su valentía por adentrarse en los terrenos ignotos de estos seres que sobreviven librados a la buena de Dios y sus ídolos, que, según ella, dejaron de ser tributados hace rato en el viejo continente.

La niña extranjera habla de “estos pueblos” como si hubiera descendido dela Santa María(3) armada de anotador, pluma y una cámara digital y cada tanto nos llama “euroamerindios”, intentando meter en su denominación un poco de las enseñanzas europeas de la conquista, con la evidencia de la tez morena y un toque de color local: “En esta ciudad euro-amerindia, las personas son morenas, rubias o pelirrojas de ojos claros u oscuros, de piel blanca o morena. Una segregación existe entre estos pueblos, se miran de arriba abajo en el metro”; “En el metro, niños amerindios depositan sobre las rodillas de los viajeros colitas para el pelo, lapiceras, libros de cocina, señaladores, la guía T…”.

Hallazgos

Un par de escenas, tal vez buscadas o de efectos ignorados, no podemos discernirlo bien, se encuentran en Vues de Buenos Aires y podrían ser la mejor descripción o definición de la Argentina: un stencil que dice “Prohibido fijar carteles”, “Un joven empleado de aseo limpia la vitrina de la boutique Nike. Su balde de agua está escondido dentro de una lujosa bolsa de papel de la marca”, “Para las grandes sumas los argentinos hablan en dólares” o la historia de Boca que “en la búsqueda de sus colores, el equipo (…) había escogido llevar los de la bandera del primer barco que entrara en el puerto dela Boca. Era sueco”. Eso que no somos y queremos ser, eso que somos (una contradicción andante), eso que somos y ocultamos. La convivencia carente de conflicto, desinteresada entre lo viejo y lo moderno, entre nosotros, entre lo extranjero y lo de acá. Es ahí donde pudo haber apuntado Priscilia Thénard y sin embargo no lo hizo porque cayó en una de nuestras trampas, disimulada bajo la ostentación, los contrastes y el chamuyo. (4)

                                                           Joaquín Correa –De la redacción

 

(1) Vuelvo a mi ciudad, estamos con mamá y Lara en una parada de colectivo, pasado el mediodía, un lugar que se adivina ser la costa. No hay nadie. De pronto, aparece un chico en bicicleta. Después otro. Dan vueltas alrededor nuestro, como cuervos. Entro en pánico. Mi mamá me reta, me dice que esto es Argentina, que ya está. Le digo que no, que me quiero volver a Europa donde no le tengo miedo a las bicicletas.
(2) El procedimiento utilizado para describir es, además, el más característico de las crónicas de Indias: la descripción por asimilación y diferencia, la incorporación de palabras típicas a partir de una glosa.
(3)  En el epílogo del sociólogo Nicolas Mensch de la “singular expedición a Buenos Aires”: si le agregáramos un simple artículo e hiciéramos de “a” “al” estaríamos, sin duda, frente a un libro escrito hace 500 años.
(4)  Los fragmentos de la primer parte del texto fueron extraídos del número 9 de La boca del miedo (labocadelmiedo.blogspot.com); “Herencias” y “La gringa” (con algunas modificaciones) forman parte de la serie de Las pequeñas crónicas publicadas vía fb y para saber más del libro de Thernard se puede consultar aquí: http://prisciliathenard.free.fr/blog/; http://prisciliathenard.free.fr/blog/index.php?2010/10/15/35-chroniques-porteas

 

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