Eric Hobsbawm, historiador marxista británico, sostiene que el surgimiento de algunas instituciones de origen occidental en las “zonas periféricas” del mundo “tipificaban la ‘zona de desarrollo’ o de dominio europeo, fundamentalmente la secular institución de la universidad, que no existía fuera de esa zona y, por motivos diferentes, el teatro de ópera. Ambas instituciones reflejaban la penetración de la civilización ‘occidental’ dominante.”(1)

Y el surgimiento del Teatro Colón tiene que ver precisamente con este proceso de “demarcación” de la zona desarrollada de América del Sur. Y a Argentina especialmente, o mejor a sus élites dirigentes, le interesaba demostrar que se parecía más a Europa, que a sus vecinos latinoamericanos.

A poco de haberse reinaugurado después de una larga restauración –aún no concluida-, visitamos el centenario y famoso teatro.

Se dice que es, junto a L’Scala de Milán, el teatro con mejor acústica para espectáculos musicales. Artistas de la talla de Richard Strauss, Igor Stravinsky, Arturo Toscanini y Daniel Barenboim, entre otros, han pasado por este escenario.

Mientras Europa estaba en guerra, o durante los períodos de crisis económica en la entreguerra, su escenario albergó a los artistas europeos de mayor renombre, que recalaban en “la París de Sudamérica” para hacer sus representaciones ante públicos ávidos de las estrellas europeas y de este tipo de experiencias artísticas.

Una visita a este gran teatro nos ofrece una experiencia de los sentidos. La música no sólo entra por los oídos; también por los ojos. La lira, el símbolo del teatro, culmina cada una de sus columnas, capiteles y ventanas. Obras de renombrados artistas argentinos y extranjeros cuelgan de sus muros. La cúpula interior del teatro, por ejemplo, está pintada por Raúl Soldi, y el artista plástico Guillermo Kuitca y la vestuarista Julieta Ascar diseñaron y confeccionaron el nuevo telón del teatro cuya tela tiene un tratamiento a prueba de incendios.

Dentro del Teatro Colón funciona, además, una escuela que forma bailarines, cantantes líricos, músicos, vestuaristas y escenógrafos. Sus aulas se encuentran en los dos subsuelos del teatro, por lo que las dimensiones del edificio son monumentales. Lamentablemente esta parte del coliseo aún no está incluida en la visita guiada por encontrarse en pleno proceso de restauración.

El edificio fue construido bajo la dirección de tres arquitectos diferentes a lo largo de 20 años, debido a la muerte prematura de los dos primeros (lo que creó una especie de mito o leyenda negra alrededor del Teatro por aquella época). Eso le dio a la construcción un eclecticismo único. El primer arquitecto fue Francesco Tamburini quien fue sucedido por su socio, Víctor Meano. Ambos eran italianos y por eso la primer parte de la edificación contaba con detalles propios de la arquitectura romana (la preeminencia del mármol en las paredes interiores, por ejemplo). A la muerte de Meano, el belga Jules Dormal terminó la obra e introdujo los detalles de decoración propios de la escuela francesa.

Por otra parte,  para la construcción del teatro –que comenzó en 1890- se empleó como mano de obra a inmigrantes italianos, en su mayoría, que conocían las técnicas para este tipo de edificaciones. Y fueron ellos, precisamente, el público privilegiado de la zona de Cazuela y Paraíso en los comienzos del teatro.  Estas son las tribunas más altas del teatro, reservadas para la plebe, con una entrada por la calle por donde entraban las carrozas, y la imposibilidad de ver el escenario. Sin embargo, muchos músicos expertos hoy en día utilizan estas ubicaciones para escuchar conciertos de cámara ya que se dice que es un lugar único para oír música.

El teatro es testigo vivo de la historia. Sus muros nos permiten acercarnos a finales del siglo XIX y ver la gran influencia que la inmigración tuvo en la construcción de la identidad nacional. Y por otra parte, su construcción acercaba a las élites deseosas de tener su propio teatro de ópera a Europa, a la civilización que con tanta admiración y respeto miraban continuamente.

 

 María Laura Mazzoni -De la redacción

 

(1) Eric Hobsbawm, La era del Imperio (1875-1914), Crítica, pg. 33.
Anuncios