Señora sé que le han dicho que yo soy un atorrante,

lo están diciendo de envidia porque no quieren que sea su amante.

Alguna vez escuché que sólo se pueden hacer afirmaciones con cierta liviandad de aquello que se conoce en profundidad, eso si uno no quiere equivocarse. En este sentido, siempre me pareció un despropósito sumarme sin conocimiento de causa a las frases acusatorias, un tanto estereotipadas, que asocian a determinados trabajos con, digámoslo de alguna manera, cierto celo primaveral que no reconoce temporada estival. Sin embargo, quién no comentó frases como los verduleros son unos babosos, los carniceros tienen cara de depravados, los taxistas son de derecha, y si pueden te pasean. ¡¡¡AaaH!!! Sin contar la innumerable cantidad de veces que lecheros y soderos han sido acusados de desperdigar su descendencia en los barrios donde ejercen su oficio, con eso de “¿vos no serás hijo del sodero, no?”

Como participe temporal de ese mundo de la venta picaresca, puedo decir que los Sofovich de la atención al público conocen y acrecientan su fama intencionalmente así como lo hacen sus clientas. El imaginario colectivo contribuye a que esto así sea. La sociedad falo-céntrica se representa en el más burdo sentido del término. Un contrato tácito regula los límites de lo aceptable y lo excesivo, porque no es todo joda; podés decir cualquier barbaridad con tal que no te hagas el vivo con el peso, la calidad y el precio.

¿Qué es lo que convierte a estos trabajadores en obreros del amor? Hay una cuestión de forma, de registro, que transforma cualquier enunciación en una referencia inmediata al sexo y la intención de tenerlo. Se trata de una cuestión de forma puesto que el contenido no tiene otra referencia que no sean las cualidades de los productos ofrecidos. Por tomar algunos ejemplos típicos de la verdulería, frases como: “¡¡¡No sabés la que te vas a comer!!!”, “¿Querés ésta?” o “¿Te gusta más la grande?” (importante remarcar la “s”) con una zanahoria en la mano no parecerían tener otra connotación que no sea la de satisfacer los gustos de la clienta, pero subrepticiamente siempre está ahí el tono provocador con el que se enuncian las cosas.

El mercadito deja poco tiempo para tener una vida social diversificada. En su interior se manifiestan un sin número de relaciones o de simples intenciones, tampoco quiero exagerar el rol conquistador que ejercen mis colegas del mostrador, con las personas que cohabitan el lugar. Las relaciones endogámicas predominan en este espacio. La base de la fama comienza ahí, qué mejor recomendación que la vendedora de lencería, la cafetera, las cajeras etc. Ellas son algo así como las novias del barrio de los jugadores de fútbol que perduran frente a las botineras con pretensiones de vedetongas. La misma lógica se aplica invirtiendo los géneros, no hay mayor publicidad para una mujer, acerca de su belleza, que la que pueden hacerle un par de tipos que se la pasan más de 10 horas juntos.

A sabiendas de los buenos chicos que son, las señoras con cierto ánimo casamentero ponen a sus hijas a la entera disposición de éstos porque entienden que hay una relación especial con su verdulero habitual (léase carnicero, almacenero, fiambrero, etc.), y porque para ellas ese tren ya pasó o no se animan a tomarlo. Prima lo que Cacho Castaña expresó en su canción “Señora si usted supiera”: al final, las que no se animan terminan prestando a sus hijas. En ciertas ocasiones, después de haber garantizado que varias compras salieron bien, el vendedor se convierte en el depositario de la confianza de la “señora”, “linda”, “bonita” o  “reina” y llega el pedido de ayuda para cargar con el mandado. En aquel momento se fragua un  tipo de conversación en la que se acude al doble sentido, esta vez, sin referencia que salvaguarde la situación. Si todo sale bien el mito se cumple, caso contrario se habrá perdido una clienta y ganado una enemiga que utilizará cada minuto para devastar el negocio en cuestión.

El doble sentido claramente no es unidireccional. Algunos esposos, a sabiendas de los códigos que enmascaran la aparente atención personalizada, acompañan a sus mujeres para marcar el terreno así como también para liberarse. No son pocos los que con voz fuerte y clara le dicen al vendedor “Papi pone lo que te guste, yo sé que comes lo mejor”, “que no se queje tanto (en referencia a su esposa) sabés lo que se comió en su vida ésta”, “meloncitos para jamón crudo, ¿no?” haciéndolo cómplice de sus observaciones personales. Sin contar las esposas que reniegan de sus maridos, en algunos casos justamente, haciendo referencia a los productos: “¿están firmes, no?, no sea cosa que terminen como éste que es un flojito…”, “prefiero que me cobres más caro, antes que me engañes”.

En algún punto el doble sentido deja de ser una broma y se transforma en honestidad brutal, sin rodeos ni metáforas. La verdad se expresa como forma de liberación. El mercadito del doble sentido concentra expectativas que se concretan a modo de transacciones. El código lo descifra quien quiere, se hace cargo el que puede y lo disfrutan todos.

Gente!!!!

Hola, linda, ¿Qué (…) me vas a llevar?

Juan Gerardi – De la redacción

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