Entre los años ’60 y principios de los 70’ del siglo XX se desarrolló en los EEUU una movida que habría de ser denominada como “Underground Comix”. Basándose en el cine europeo, los beatniks, el jazz, la cultura del rock, los hippies, San Francisco, Greenwich Village en New York, los bares, el consumo creciente de distintas drogas, y de la mano de Robert Crumb como líder, inspirador y vanguardia del movimiento, así como figura que terminaría llevándolo a lo más cerca que jamás estuvo este mundillo del mundo del pop.

A mediados de los años ’70, e inspirado por Crumb a quien conocía personalmente, un hombrecito de Cleveland, Ohio conocido por el nombre de Harvey Pekar (1939-2010) empezó a escribir guiones de historietas. Guiones como nunca antes habían sido desarrollados. Autobiográficos, contemplativos, historias ordinarias, en el buen sentido, que eran recopiladas en su publicación “American Splendor” y en algunas novelas gráficas. Porque con talento, capacidad narrativa y de observación, todas las vidas son extraordinarias. Y termina haciéndose imposible no relacionarse estrechamente con este empleado público, amante del jazz y de las historietas, derrotista, controlador, paranoico amargado y brillante personaje/autor que es Pekar. No hay un alter-ego, esto es 100% Harvey. Ninguna de las que componen su inmenso catálogo de historias tiene ningún tipo de espectacularidad. Algunas han alcanzado el estatus de mito dentro del mundo de las historietas, como la ya clásica “Cómo hacer la cola en el supermercado detrás de ancianas judías”.

Personalmente conocí la obra de Harvey Pekar a través de la fantástica película “American Splendor” (Shari Springer Berman y Rober Pulcini, 2003) protagonizada por el crack de Paul Giamatti, y que fue proyectada en el Festival de Cine de Mar del Plata hace ya varios años. Hasta entonces mis conocimientos en el rubro del cómic underground yanqui no pasaban de lo obvio (Mr. Natural, Maus) pero lo que este hombre proponía era realmente novedoso para mí incluso cuando hacía casi 30 años que su obra había aparecido por primera vez. El origen de su primera incursión en el formato de las historietas lo decía todo: de forma análoga a como la falta de material, la utilización de actores amateurs, una ciudad en ruinas y de situar las historias en lo más parecido al presente posible, habían dado a luz al Neorrealismo Italiano, con la película “Roma città aperta” (Roberto Rossellini, 1945), Harvey Pekar había comenzado a escribir historietas dibujando con palitos, en parte por su nula capacidad como dibujante (ya era un tipo entrado en años) y en parte porque tan solo le interesaba enfocarse en contar historias pequeñas, su vida, la vida de la gente que lo rodeaba en el trabajo, lo que escuchaba en el barrio, en la calle. Había llegado a esto inspirado por la obra del anteriormente mencionado Robert Crumb que le había hecho entender que las historietas (las cuales siempre le habían gustado) eran un medio artístico tan válido como cualquiera para transmitir algo, y que no habían sido explotadas aún lo suficiente para lo que era su potencial realmente. Harvey ahorró durante un tiempo, y apenas tuvo la oportunidad (en 1976) publicó de forma independiente el primer número de “American Splendor”. Con el tiempo, apadrinado por Crumb, y con guiones que rezumaban magia por todos los wines, comenzó a ser ilustrado por varios de los mejores dibujantes que el under estadounidense tenía para ofrecer. El suyo fue lo más parecido a un “ascenso al estrellato” que podía ofrecérsele a alguien de ese rubro. Llegó a participar en el Late Night con David Letterman, se transformó en uno de los autores más reconocidos del medio y por último llegó la mentada película sobre su persona.

Lo cotidiano, el tedio, la música, el afán por coleccionar, lo increíble que puede encontrarse dentro de cada situación ínfima. Alguna frase genial de un compañero de trabajo, o una gran historia o anécdota contada por alguien que se conoce en el barrio. Con una vida aburrida como la de cualquier persona de a pie, pero iluminada por el talento de un verdadero genio, Harvey Pekar desencadenó una verdadera revolución dentro de la historieta moderna. Hoy cualquiera escribe un cómic sobre su vida (algo demasiado común para mi gusto en la Argentina, aunque hay algunos exponentes geniales como “El Granjero de Jesú”, de Ángel Mosquito), pero él fue uno de los principales responsables de que en los Estados Unidos el “noveno arte” comenzara a ser interpretado no solo como un lugar a partir del cual se podían entretener a los niños o con el cual podían representarse fantasías de todo tipo de los jóvenes, sino que podía ser un vehículo que apuntara a un público más “adulto” (en sentido literal y figurado).

Luego de muchísimo tiempo enfocado en sus “pequeñas” historias recopiladas en los distintos números y antologías de “American Splendor” (y ya trabajando para editoriales de peso dentro de la industria, y aunque manteniendo su trabajo como empleado público) Pekar se dio el lujo de realizar un par de obras “mayores”. “Our cancer year” (1994) escrito junto a su esposa Joyce Brabner sobre la experiencia que ambos debieron atravesar cuando a Harvey se le encontró un linfoma, y “The Quitter” (2005) directa y abiertamente una autobiografía de principio a fin en la que entraba en detalle rememorando su infancia, sus comienzos como escritor en revistas de jazz, sus tempranas experiencias laborales, universitarias y el rumbo que su vida fue tomando.

Su deceso en 2010 fue una verdadera pena por partida doble. No solo se fue un precursor dentro de un arte que, él bien lo sabía, no estaba ni cerca de explotar todo su potencial, sino que además la resonancia que tuvo su muerte fue demasiado escasa para lo que hubiera merecido. Era una muerte pequeña, en una ciudad pequeña, llena de historias pequeñas, la muerte de un hombre pequeño con un talento inmenso.

David Fernández Vinitzky –De la redacción

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