He decidido tomar la figura del curador y dejar que mi voz pierda peso, abandonada entre la de mis amigos, mis invitados. Y así, este año, Nota al pie será de los otros y representará las escenas interrumpidas del diálogo cordial entre amigos. Esta vez, Nancy Fernández nos va sumergiendo en su reflexión y lentamente vamos siendo hipnotizados bajo el influjo de la voz agónica de Sherezade. Nos contará una historia, no ya la de Extinción. Un desmoronamiento, de Thomas Bernhard, sino la de una lectura que el tiempo ha ido llenando de sentido y vida.  (Joaquín Correa, responsable de sección).

La muerte en Venecia, de Thomas Mann, termina en la suspensión de los días de Gustave von Aschenbach. Esta última frase no quiere ser el mero eufemismo para no repetir la primer palabra (que nunca será transitoria), seca y definitiva. Esos días llegan a su fin en una playa de Italia, envuelta en una epidemia que si afecta a otros el narrador subraya la experiencia que el protagonista asume como la continuidad de una gradual decrepitud contrastada con la belleza luminosa del adolescente Tadrio. Los otros son, el fondo, el soporte de un rostro que hubiera horrorizado a Dorian Gray por su provisoria esencia. ¡Cómo no acordarse del Adagietto de Mahler en la versión fílmica de Visconti y no pensar en la potencia sensible de la música! Es verdad, la muerte es el mojón que sostiene la eficacia de la literatura, en el sentido de palabras inventadas para aplazar un final, como Sherezade con el sultán (pueden obviar la rima). Pero el fin (como corte, no como meta, aunque en un punto convergen), tampoco implica una clausura irreversible sino más bien un estado, una instancia donde la percepción y la sensibilidad del sujeto están (y no “son”) en la posición de la inminencia, en la zona donde un giro, si bien supone una elección definitiva, también, en un punto, asume el riesgo necesario de una continuidad. En la tensión que trama los movimientos cómplices entre el recuerdo (consciente, elaborado) y el olvido (la manifestación del síntoma, la estocada manifiesta del efecto) el final parece tener otros suelos inconclusos, más fértiles para cultivar el arte de elegir. Eso parecería decir una de las grandes novelas de la literatura contemporánea occidental, Extinción. Un desmoronamiento, de Thomas Bernhard (el nombre de pila de los autores es una simple coincidencia). Bien podemos preguntar quién es el extinto, el que recibe en el cuerpo los signos inciertos de un cansancio, la simple manifestación de otro orden de cosas, o quizá sean extintas las hermanas que, sin el capital heredado, real y simbólico, delatan el comienzo impropio de una historia. Después de todo, son ellas quienes ceden ante la vigilancia materna consintiendo con abnegado oportunismo, el cálculo que las reduce a meras custodias de una vejez improbable. Novela sin moraleja ni moralismo, Extinción delata la posibilidad irrevocable de la contingencia: los padres mueren en un accidente. Hacerse cargo de la metamorfosis voluntaria es una condición del sujeto en la modernidad; para Murau, el narrador protagonista, el grado máximo de lucidez consistió en advertir la íntima necesidad de una autoexigencia, “arreglar su cabeza” después de los destrozos y la parálisis que obraron en ella la educación de sus padres. En cambio, fue su tío Georg maestro y guía en el arte de apreciar, con la precisión de una temporalidad concientemente subjetiva, el arte y la naturaleza, el esplendor inapelable del mundo entero. Liberarse del tormento de una existencia pasiva e innoble, implica asumir los riesgos de una elección definitiva: el mundo en lugar de Wolfssegg, en vez del sitio de origen reducido a la rigidez de los hábitos ancestrales. Así, la toma de partido por los propios principios en vez de la ideología instalada en la casa de los padres (el nazismo), es el signo clave de la autoafirmación. Por ello, la extraordinaria experiencia de Murau implicó registrar en un relato (detallado, hiperbólico, implacable) su progresivo alejamiento, su búsqueda personal, el abandono legítimo y la separación que le permite optar por los vínculos elaborados en la auténtica afinidad. Ese grado sumo de perspicacia le permite cobrar la fuerza necesaria (la voluntad de poder), para destruir y desmentir, la supuesta natural constitución de los lazos familiares. Entonces podrá detenerse en el examen de la indiferencia, el recelo y el odio del núcleo familiar hacia su “independencia megalómana”, su “despiadada libertad” y podrá advertir en una mirada retrospectiva, el germen de una educación cimentada estrictamente en la conveniencia pecuniaria y en la histriónica hipocresía que, ya de adulto, supo capturar en las fotografías de sus padres en la Estación Victoria y de su hermano en Sankt Wolfgang: allí reside el deliberado deseo de representación que preserva la realidad de aquellos seres, de apócrifas tolerancias y mitologías que el paso del tiempo puede deparar. Esa inteligencia fuera de lo común (por el trabajo que supone) es la vía que le permite a Murau asociar la innoble y grotesca actitud corporal de los suyos con el acatamiento de una proverbial interdicción: la necesidad de impedir que se disgregue el patrimonio familiar. Asimismo, también será el camino para medir la intolerancia y el desprecio que registra su memoria. De ahí en más, a Murau le queda un camino: el mundo, abierto e infinito, en la dimensión sensitiva de la vida auténtica. Sólo allí podrá liberarse para siempre a condición de hacer notar esa atávica constitución de lazos fundidos en un conglomerado patrimonial. Si la exageración es el modo de poner énfasis en la historia, el efecto de este procedimiento será la extrema visibilidad de lo descripto y lo narrado, como si respondiera a otra necesidad, la de un perentorio llamado a presenciar e intervenir en el desmoronamiento colectivo de los mandatos ancestrales de la cultura cristiana. Reordenar las piezas para elaborar los recuerdos y volver a situarlos en otro lugar desde el presente, es el reverso de la deliberada condena de la avaricia familiar; reconocer como propios afectos, lugares y prácticas, implica escribir nuestra biografía desde la necesidad de saber perder las inciertas garantías de los viejos mandatos para hacernos cargo de una vez y para siempre, de nuestras propias “afinidades electivas”.

Nancy Fernández – Columnista invitada

                                                                         (CONICET-Unmdp)

Anuncios