Siempre había pensado que las compras on-line eran algo impersonal y falto de calidez. Al alcance de nuestra mano y con un solo clic podemos comprar lo que sea jactándonos de haber ahorrado un tiempo sustancial de nuestras vidas, sólo para seguir frente a la pantalla de la pc. Como si fuera una metáfora de la sociedad moderna, allí una muestra más de la futura simbiosis del hombre con la máquina. Nunca me emocionó la idea de perder el contacto con ninguno de los negocios a los que frecuento con asiduidad. No pensaría jamás en dejar de tomar un café en el bar, ir a la pizzería o demostrarle al ferretero mi incompetencia con las herramientas y materiales de construcción. Las razones son muchas, pero principalmente me niego a seguir perdiendo la posibilidad de hacer las cosas por mí mismo en pos de una productividad específica.

 La posibilidad de ser estafado o quedar insatisfecho con la compra realizada, por el simple hecho de no ir hasta el local correspondiente, me generaba cierto prurito con el tema que ocultaba detrás de  una suerte de negación  de lo moderno. A decir verdad, tampoco es que el tiempo me falte como para ir hacer las compras en persona. Es así que hasta hace un tiempo no había tenido la necesidad o la intención de utilizar este servicio, porque no es más que eso.

Como todo en la vida siempre hay una primera vez. Tras reiteradas compras infructuosas en una librería que no voy a nombrar, porque uno nunca sabe quién puede auspiciar nuestra revista, decidí husmear en las páginas web  de las editoriales que me interesaban. Allí la solución a mis problemas, realizar un pedido por internet. Un simpático changuito de supermercado llevaba la cuenta, en euros, de lo que había gastado hasta el momento avanzando en la carrera de mi ruina económica. Hasta ahí todo se desarrollaba con normalidad, ningún empleado me había molestado ofreciéndome la reciente genialidad de Felipe Pigna (si uno está en la sección de historia amerita que le intenten encajar un ejemplar del mediático historiador), ninguna señora corta de vista me había preguntado el precio de un ejemplar o sobre la sexualidad de los hombres antiguos (un tema cuyo desenfrenado interés demuestra la morbosidad de las personas: recuerdo las veces que terminé respondiendo a la pregunta ¿eran medios degenerados, no?). En la compra on-line eso no sucedía, pero yo tampoco podía preguntar ni molestar a nadie. Mi escepticismo había encontrado un nuevo fundamento para sobrevivir.

Cuando llegó el momento de efectivizar el pedido se activó  un mecanismo de consulta sobre la disponibilidad, la confirmación del precio, el modo de envío, la forma de pago y una interminable lista de etcéteras. Al mismo tiempo llegó el correo de ella, la agente comercial, que un tono de austera formalidad remitía las preguntas pertinentes de acuerdo a un protocolo de atención al cliente, aunque, en un gesto imperceptible, esta anónima inmersa en el espacio virtual ya nos había adelantado su nombre en un delicado guiño de complicidad. Ese nombre quedaría resonando como un dato más, improcedente para nuestra operación comercial, pero que nos obligaría, como una involuntaria y pesada broma de nuestro inconsciente, a fantasear acerca de su fisonomía, su aspecto, su personalidad. Contestar ese primer mensaje, con el mismo registro de pomposa formalidad, agradeciendo la pronta respuesta y eficiencia de nuestra interlocutora oculta un latente sentimiento de que este intercambio se prolongue en el tiempo.

Sin saberlo, pero añorándolo, ese fue el punto de partida de una larga lista de mails que conforme pasó el tiempo dotaron de familiaridad a la mujer, joven y bella seguramente, que me escribía. Lo que fue aún más inesperado fue que este vínculo se extendería a lo largo de meses, la evidente ineficiencia del servicio se transformaba en la posibilidad de extender esa relación furtiva, con la certeza, fundada en creencias lábiles, de que todo concluiría con un final feliz. Aunque lejano al que todos nuestros lectores perversos estarán imaginando en este momento.

Casi como en un noviazgo de los de antes, aunque probablemente más duradero que cualquier relación formal que hemos podido sostener alguna vez. La antigua carta, elemento incombustible del género epistolar, que otrora sostuviera relaciones separadas por kilómetros de distancia, era sustituida por este moderno mail que nos asistía como vehículo privilegiado para sostener la relación. Una relación por escrito que en alguna oportunidad merecía un llamado telefónico reprochando nuestra falta de comprensión ante alguna explicación ya dada por escrito, un reclamo válido que, por suerte, nos permitía al nombre detrás de la letra escrita ponerle una voz propia a quien nos comunicaba su descontento frente a nuestra impericia de noveles compradores por internet.

El vínculo que se establece con la persona detrás del servicio de atención al cliente resulta confuso para todos. Casi como en un juego, se transgreden los límites de la cordialidad. De alguna forma ella deja de ser un misterio. Lo curioso de todo esto es que uno comienza respondiendo sobre el modo en que va pagar, envía sus datos personales, contesta alguna encuesta sobre su actividad, porqué compra esos libros y termina generando preguntas de contenido incierto.  Le da la posibilidad de opinar sobre su compra, se entera de sus gustos literarios, el barrio dónde vive y la carrera que sigue. La metamorfosis se evidencia en el paulatino abandono del ‘’estimada’’ para el encabezamiento y el ‘’saludos cordiales’’ del cierre. Claro uno está en desventaja porque termina acrecentando su compra con el trascurrir de los días y nunca llegará a conocerla, pero acaso eso importa.  Es difícil establecer el tipo de relación que se genera.

Pero nuestro final está sentenciado de antemano. La relación no tiene futuro. Detrás de esos intercambios cordiales, poco a poco vencidos por la familiaridad y el cachondeo, se esconde un secreto tortuoso e inconfesable. En algún punto ella/s se convierten en cómplices nuestros para conseguir alguna ventaja de la empresa, por momentos son amigas y por otros qué va, nos tiran onda, o eso creemos. Esa confusión nos obliga a esconder nuestro inolcutable incordio por la demora, lo único que no interesa es que nos entreguen (?) lo que pedimos, sólo eso. En vez de extender indefinidamente esta relación podría, si eso estuviera en sus manos, entregarnos el motivo por el que empezamos este vínculo, aunque ya no recordemos muy bien de que se trata.

La conclusión es triste para todos y definitiva, al final son solo libros lo que conseguimos de ella. Esa vil manipuladora solo nos quería por nuestro dinero, poco pero dignamente ganado (?). Y, a menos que una nueva demostración de su ineficiencia nos traiga a nuestras manos el pedido de otra persona, tan amante de nuestra amada como nosotros, esta relación, ceñida por el interés frío propia del comercio capitalista, verá su fin antes de siquiera saber si su futuro hubiera sido promisorio alguna vez. Cada uno seguirá su camino, una buscando otro ingenuo comprando libros, y nosotros buscando otra agente comercial que satisfaga nuestras más íntimas necesidades, sabiendo a ciencia cierta que ninguna será como ella.

Juan Gerardi y Fernando Manuel Suárez – De la Redacción

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