Todavía me acuerdo bien de ese día.

Estaba en la biblioteca para niños del Centro Cultural Osvaldo Soriano, y debía tener entre 7 y 9 años. Ya había ojeado bastantes de las cosas de mitología griega para chicos, y por una vez pintó acercarse a donde estaban las historietas. No era demasiado lo que había para elegir, y no iba a agarrar Mafalda porque para esa altura del partido ya me había leído todo lo que podía haber de Quino en mi casa. Cuando encaré lo que había en stock en aquella especie de estante giratorio, que eran varios de esos libros publicados por Grijalbo/Dargaud, otros dos pibes enfilaron hacia lo mismo. Teníamos enfrente, básicamente, tres opciones entre las cuales elegir, y tres pendejos dispuestos cada uno a manotear alguno de esos extraños libros europeos. Me gusta pensar que cada uno tomó una decisión que marcó su vida de allí en adelante. Tengo que decir que en mi caso fue así.

El primero agarró un libro de Tintín.

El segundo, uno de Lucky Luke.

Yo manoteé uno de Asterix, el galo. Y ya nada sería igual.

Con el tiempo empecé a entender que había tomado la decisión correcta en más de un sentido. Me encantaría poder decir que todo tiene que ver con lo ideológico, pero la verdad es que nunca pude tragar siquiera al periodista belga ni a las aventuras que transcurrían en el oeste norteamericano. Después lo disfrazaría por ese lado. ¿A qué me refiero? Bueno, Tintín, más bien su autor, Hergé, suele ser visto por buena parte del público lector de historietas como el equivalente en cómic a la obra de Rudyard Kipling en la literatura. Y uno generalmente prefiere desligarse de estos comentarios. Son libros de aventuras, entretenidos y con un desarrollo inteligente y de excelente calidad (algo que se aprecia cuando la mayoría de los que arrancan a leer a Tintín son, aún, niños). Eso hasta que uno cae en la cuenta de que Hergé alguna vez escribió algo llamado “Tintín en el Congo”. Y si no fuera porque el autor era belga, y porque justamente fueron estos los que en aquella zona de África realizaron todo un genocidio en la región a fines del siglo XIX y principios del XX, sería casi incómodamente simpático (en el sentido políticamente incorrecto y casi dentro del humor negro) el retrato de los nativos del lugar como prácticamente retrasados mentales y culturales que veían a los blancos y a sus adelantos tecnológicos como deidades. El que el primer álbum de este anodino personaje fuera lisa y llanamente una pieza de propaganda anticomunista (disfrazada de anti-soviética) no me generó precisamente demasiada simpatía más adelante.

Lucky Luke tampoco me llamó demasiado la atención nunca (incluso cuando durante un tiempo compartió guionista con la historieta que a la postre sería mi cómic europeo de cabecera, René Goscinny). El personaje no me terminaba de cerrar. Sí, el espíritu “buena onda” del cómic no estaba mal, pero para esa época las referencias constantes al western no me tocaban de la forma que podrían hacerlo hoy en día.

No al menos tanto como podría haberlo hecho cierto espíritu “indianajonesco” de Tintín, o el marco de historia antigua de Ásterix. Entiendo que por la época en la que había aparecido Lucky Luke era una referencia ineludible a la potencia cultural que representaban las películas de vaqueros alrededor de todo el mundo. Ser niño en la década del ’60 era muy distinto a serlo durante los ’90, y la falta de afinidad que desarrollé para con el cowboy, supongo, venía más por ese lado que por cualquier otro elemento, fuera ideológico o no.

¿Qué puedo decir de Asterix? Nada. Todo. Es al día de hoy que, por ejemplo, dentro de la literatura francesa “El Extranjero” me parece un libro para adolescentes mientras que “Asterix: El Escudo Arverno” se me hace uno de los más grandes logros de la literatura francófona. El humor sutil, las referencias a troche y moche sin que estas opaquen unas historias maravillosamente contadas, personajes entrañables, totalmente llenos de defectos todos ellos, las peleas constantes, pero siempre teniendo en cuenta dónde era que estaba el enemigo realmente. Pero se sumaba además la riqueza ideológica de esta historieta, y era la referencia constante a la resistencia. El pueblito de los irreductibles era el último bastión de la Galia contra el invasor romano. Pero también hacía referencia a la solidaridad entre los que resistían. Este pueblito y sus habitantes, el druida, los guerreros, terminaban apoyando directamente a aquellos que hacían frente al Imperio en Bélgica, en la península Ibérica, en Gran Bretaña, en el resto de las galias… en fin, allí donde hubiera alguien dispuesto a hacer frente a las legiones de César. 
Así como Tintín y su eurocentrismo tienen su génesis a finales de la década del ’30, y como Lucky Luke es un reflejo de la importancia de ciertas palancas culturales norteamericanas del siglo XX, me termina siendo imposible deslindar a Ásterix del espíritu que se vivía en Francia a finales de la década del ’60. Absolutamente imposible. La reescritura de la resistencia gala ante la superioridad tecnológica, militar y política de Roma era simplemente demasiado obvia. Pero a mí siempre me gustó por otros motivos. Los personajes eran geniales. Las historias y el humor, mejores aún. Yo solía ser un friki de la historia antigua. Y digamos que ideológicamente tuve la suerte de caer en el lugar adecuado. Igual, no es lo realmente importante.

David Fernández Vinitzky – De la redacción

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