Escapando un poco al perfil que ha adquirido esta sección a lo largo de las sucesivas ediciones, nuestra primera entrevistada en Palabras Transitorias, nos concede el privilegio de convertirse en columnista, siendo la segunda ocasión en que esto ocurre. No pudiendo renunciar al rigor académico que defiende con ardor, la docente e investigadora Valentina Ayrolo nos ofrece un análisis distinto sobre un tema que se encuentra en el centro de la escena – hoy parcialmente postergado por el accidente ferroviario – y que ha engendrado múltiples versiones contrapuestas. Sin cultivar anacronismos, que dan de fauces contra su celo profesional, Ayrolo encuentra algunos ejes articuladores que otorgan sentido histórico a la cuestión más coyuntural en torno a  la región de Famatina y su explotación minera, y procura poner en diálogo ambos registros, a la vez que fija con claridad los límites de esa operación. Repleta de información novedosa para los lectores interesados, este ensayo histórico permite develar algunos puntos opacos de las discusiones políticas actuales y poner en contexto cuestiones que, sin este aporte, quedarán sepultadas en la lógica siniestra de la novedad periodística y el efectismo mediático. (Fernando M. Suárez, responsable de sección)

Ramírez de Velasco, el fundador de la ciudad de La Rioja, llegó a Famatina en 1592 para tomar muestras de azogue y plata. Según se dice habría escuchado narraciones en las que se contaban las riquezas que ocultaban las montañas del valle. No obstante, según el historiador Armando Bazán, “a treinta años de su fundación la ciudad registraba un promisorio adelanto” pero “el proyecto minero no se había realizado.” (Bazán, 1979; 99)

Casi doscientos años después de estas expresiones, en 1806, el cura doctrinero de Famatina, Nicolás Ortiz de Ocampo, también exaltaba las posibilidades del valle cuando decía:

“… en todo el corazón del zerro se descubre oro alto, y bajo, y en algunos vecinos de tan subidos quilates, que se ha reconocido superior al de todas estas Provincias hay cobre y bronce riquísimos cuya abundancia es increíble, y de los cobres se han trabajado algunas piezas que no envidian la Tumbaga mas fina hay mucha piedra imán y hierro, el plomo y el estaño, según cuentan algunos, azufre, alumbre, alcaparrosa y otras especies metálicas cuyo nombre ignoramos. Arenillas tan finas y diversas que llenan de brillantes los escritos, colores exquisitos en sus panizos propios y utilísimos para la pintura. El está en muchas partes poblado de tamberías gentilicias y minas aterradas, en cuyos desmontes se encuentra ser unas de plata, y otras de oro riquísimo, y en fin, según le describen los prácticos que han corrido todas estas provincias, vendrá à ser este su mineral el más interesante el más permanente; el más universal, que se ha visto en el Reino” (AAC, Leg. 20)

Sin embargo, este panorama más que alentador era acompañado por una preocupación que tenía mucho más de doscientos años: la escasez de agua. Y así lo explicaba en 1806 el cura:

“Sin embargo de esta grandeza, y de la copiosa nieve, que mantiene en sus quebradas y cumbres tiene este zerro [se refiere al de Famatina] muy poca agua, à lo menos en la comprehensión de este curato; por que el mayor arrollo que despide, y fecunda este valle en la parroquia, y sus inmediatas poblaciones, se duda llegue à la cantidad de treinta marcos en el tiempo de su mayor abundancia. Es verdad que despide otros muchos en toda la extensión del beneficio; pero el mayor no pasa de catorce, ó veinte marcos, y todos escasean demasiado, en el verano al paso que se disminuye la nieve en sus cumbres, bastarían, sin embargo, estos arroyos a enriquecer el País [se refiere a Famatina] con la abundancia de nieves, y diversidad exquisita de frutos que promete la fecundidad de sus valles, si pudiéramos ver logrado el buen orden en el repartimiento de agua”.

Pese a que hoy nadie tiene que explicar dónde queda Famatina, ni de qué estamos hablando cuando nos referimos a sus minas, no existen trabajos que hayan estudiado sistemáticamente el tema y menos aún alguno que se haya dedicado a su historia, al entorno social de las minas o a las tradiciones económicas de dicha comunidad, por citar sólo algunas cuestiones. En las historias locales sólo aparecen algunas menciones aisladas que indican que la región había sido explotada bajo la dominación inca y que se extraía plata, oro y azogue.

Así y todo resulta muy curioso que Famatina haya disparado tantos sueños, los de Ramírez de Velasco, los de los encomenderos y hacendados de la zona, los de varios foráneos quienes con experiencia habida en otras minas como las del Alto Perú, hoy Bolivia, México, Perú o Chile se acercaron a Famatina esperanzados de poder continuar sus negocios. También diversos gobiernos pusieron sus ojos en esas minas. En primer lugar, la propia Junta de 1810 que por la pérdida del Alto Perú y la decadencia de las minas del Potosí pensó en las riojanas como un paliativo ante la escasez de metálico. Del mismo modo pensó el Triunvirato en 1812, o Pueyrredón en 1818 y también Rivadavia quien intentó avanzar en el sentido de dotar de institucionalidad al estado que pretendía construir, para alentar inversiones extranjeras en varios rubros, entre ellos el de las minas. Pero nada funcionó, ni siquiera más adelante cuando el Estado Nacional también miró el valle y sus riquezas.

Si bien es cierto que importa saber cuándo, quiénes y cómo pretendieron explotar las minas, en estas líneas me interesa detenerme brevemente en dos cuestiones. La primera es una experiencia que está cumpliendo doscientos años, y como estamos de festejos bicentenarios los invito a conmemorar. La segunda es sólo la evocación de una constante, un elemento constitutivo del lugar, una preocupación de todos los hombres que habitaron Famatina: el agua.

En 1812, Francisco Xavier Brizuela y Doria, titular del mayorazgo de Sañogasta en el valle de Famatina, amparándose en las ordenanzas de Nueva España impulsó la conformación de una diputación territorial de minas con el fin de sustraerse de la autoridad del Teniente Gobernador de La Rioja Francisco Pantaleón Luna. La Diputación territorial de minas fue una institución colonial, creada en Nueva España para la administración de los asentamientos y distritos mineros, que tenía amplios márgenes de autonomía. Algunos autores mencionan que el espíritu de esta institución fue primordialmente político y organizativo y que “representaba a la comunidad política de propietarios mineros de características oligárquicas” (Enciso Contreras, 1995)

Como Brizuela y Doria no había logrado ser elegido para ocupar la gobernación, ideó una forma de convertir a Chilecito en una jurisdicción “cortada” de La Rioja. Para ello, según Luna, Brizuela y Doria “desnudó a este Pueblo […] de sus derechos sementales; habiéndose fundado esta República a expectación del famoso Cerro de Famatina, comprendido en su inmediato territorio” (AGN, X-21-9-1. La Rioja, 20 de junio de 1812).

Aunque la creación de la diputación territorial parece anterior al año de 1812, ese año tomó un cariz diferente y, como fue denunciado por el gobernador Luna, su instauración además de “fomentar la ambición” de los de la Casa de Brizuela y Doria, “levanta una nueva e independiente República dentro del territorio de mi mando para que me insulte con libertad, desobedezca mis providencias”. (AGN, X-21-1-9, 17 de agosto de 1812)

Lo que resulta muy interesante es la estrategia utilizada por los Brizuela para tener poder y legitimidad frente al gobierno de La Rioja. En su plan, la red de relaciones fue muy importante y ésta les permitió lograr el apoyo del gobernador de Córdoba Santiago Carrera quien les dio plenos poderes sobre el espacio del mineral de Famatina. Para contrarrestar, el Teniente Gobernador Luna escribió una extensa presentación ante el gobierno central acusando al gobernador de Córdoba de beneficiar a los Diputados en su contra siendo que él había sido elegido por el gobierno central. Claramente, la búsqueda de apoyos y legitimidad de los contendientes llenó muchas fojas documentales y el conflicto terminó de resolverse a favor de Brizuela y Doria quien demostraría en los años a venir su capacidad para movilizar gente, recursos y someter por la fuerza a los díscolos y enemigos de su Casa.

El primer punto entonces, el del control del espacio y sus recursos por parte de un grupo que en ese momento tenía y podía ejercer poder, muestra una Famatina rica en recursos y en conflictos producidos por su propia riqueza. El segundo tema, el del agua -bien escaso, necesario y carencia del Valle hasta hoy- plantea otra cara de la riqueza de Famatina.

 Sin hacer transpolaciones absurdas y obturadoras de la compresión de los procesos históricos, en ese año de 1812 como en este de 2012, la pelea parece darse por la definición de qué tipo de sociedad republicana queremos y por ende, en su interior, qué calidades y capacidades pueden ejercer sus ciudadanos, cuál es el alcance de sus voces.

Sin duda, la Republica de la que hablaban Luna y Brizuela y Doria en 1812 era de las antiguas y quienes la habitaban obedecían a un ordenamiento social en el que la “naturaleza” dictaba la posición de los hombres. Hoy, lo que se discute en Famatina tiene que ver con las necesidades de esa comunidad que en nada se parece a aquella. La disputa política que llevan adelante los ciudadanos de Famatina es por sus derechos y sus intereses, y en ese punto es una contienda por el ejercicio de la soberanía -al igual que en 1812 pero con signos diversos- que enfrenta a la sociedad local y al país entero al dilema de los derechos de la extracción de riquezas del suelo y sus límites. Recursos (suelo y minerales) ¿de quién y para quiénes?

Valentina Ayrolo – Columnista invitada

Bibliografía:
Ayrolo, Valentina, “`El sabor a soberanos` La experiencia de la diputación territorial de minas como espacio local de poder. Famatina, La Rioja del Tucumán, 1812”, en Revista Secuencia, México, en prensa. Bazán, Armando Raúl, Historia de La Rioja. Buenos Aires, Plus Ultra, 1979. Enciso Contreras, José, “La diputación de minas en Zacatecas en el siglo XVI”, Memoria del X Congreso del Instituto Internacional de Historia del Derecho Indiano, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995, pp. 437-472.
Fuentes:
Archivo General de la Nación (AGN) y Archivo del Arzobispado de Córdoba (AAC).
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