Este año saldrá mi primer libro. Su escritura no hubiera sido posible sin las enseñanzas de Gastón Malgieri. Cómo escribir el silencio, cómo hablar, cómo intentar decir algo: de eso que le estoy agradecido, habla este texto. Gastón se interna en la deriva barrosa del recuerdo y la noche y va encontrando y perdiendo pequeños fulgores que lo atraviesan. “Estar a la altura de” le sale al paso y le molesta. Tanto, que se vuelve sobre sí mismo y busca en sus días algo que pueda responder la molesta cuestión. Estamos frente a un texto nacido desde la necesidad afectiva, desde el grito del deseo que no quiere más que ser atendido por el tiempo y las caricias. (Joaquín Correa, responsable de sección)

Judith Butler, Mazinger Z  y otras afrentas en las que no estoy a la altura de las circunstancias.

Son las 7 am. Dos atados de L&M más tarde, mi espina dorsal vuelve a hacer cucharita con la silla de preferencia. Mi entidad laxa se desparrama en medio del living de este hogar que hoy comparto (al borde de la sobrepoblación) con parientes que ocupan los espacios que habitualmente invado con mi cuerpo y el de mi compañero. Dormí dos horas, entrecortado, interrumpido por la maníaca afición a una versión para celular del Sudoku(1) que bajé ilegalmente de alguna ignota página non-sancta.

Tenía una idea para escribir. Salvo por algunas cartas atiborradas de falsos honores que reclaman “piedad” a instituciones del estado a las que he cedido proyectos improbables y algunos hectolitros de mi sangre, el prólogo para un libro ajeno, algún poema trunco, y un verborrágico homenaje en virtud de los quince años de la muerte del escritor Osvaldo Soriano, hace meses que estoy en blanco. Tengo muchísimas puntas sobre algunas cosas de las que quiero hablar. Pero parece que algo falla en la comunicación entre mi materia gris y mis dedos. Algo entre mi deseo de escribir y la acción que debería desprenderse de él, hace falso contacto.

Siempre me llevé mal con la electricidad y la anatomía. Podría aseverar que siempre me llevé mal con todo lo que signifique aplicar algún tipo de razonamiento práctico y/o destreza manual a la vida cotidiana. Acaba de pasar una vecina que labura de cajera en un supermercado de capitales foráneo dejándome en el enchapado buzón de entrada un papelito que dice lo siguiente: “¿Cuánto tendrá que ver en esto la construcción social hetero-sexista de las habilidades conferidas a las maricas que durante años te fuiste adjudicando hasta el momento en que te volviste insoportablemente rupturista? No hace falta que me contestes ahora. Que tengas un día de mierda”

Hace un instante tenía una idea sobre la que escribir. Ahora solo me quedan migajas. Y lo único que puedo hacer con las migajas es recogerlas e intentar armar un muñequito que simule cierta coherencia entre el desparrame y la figura terminada. Sí, también podría tirar las migas a la mierda y dejarme de tanta cosa. Bueno, supongo que no quiero. También el mal humor es parte de las irreverencias que le planteo a mis decisiones, cuando ambos nos sentamos a tomar el decimonoveno café de la mañana y maldecimos no ponernos de acuerdo. Nos pasa bastante seguido.

Lo advierto: el insomnio, el cigarrillo, R.E.M (Up, para más datos) chillando en unos enormes auriculares negros y la testaruda humedad del ambiente no me ayudan a darle un marco más adecuado a mis devaneos. Por el contrario, hacen más compleja cualquier posibilidad de coherencia.

De cualquier manera, lo intentaré. Estas son las migajas.

Nunca entendí qué significaba la expresión coloquial: “estar a la altura de las circunstancias”.

Mientras intentaba darme cuenta qué número era el que me faltaba para completar la cuadrícula de ochenta y un celdas, me vino una imagen a la cabeza: la tiesa figura de Mazinger Z(2) emergiendo de un piletón engualichado por el mismísimo Moisés. O al menos utilizando similares artimañas.

La añoranza de aquel robot ponja de la serie de animé creada por el dibujante Gō Nagai, con que deleitaba mis tardes en el monoblock frente al Mercado de Abasto de la ciudad balnearia donde nací, de alguna manera me daba el marco referencial que necesitaba para empezar a escribir sobre esto de “estar a la altura de”. O será que simplemente precisaba una excusa para apagar el teléfono, y levantarme a borronear diatribas acerca de mi persona. A lxs fanáticxs de manga lxs tranquilizo: ya volveré sobre la prematura pasión por el gigante de acero.

Desde temprana edad, diría para ser más exacto, desde que aparecieron las primeras “poluciones nocturnas” (ya que hablamos de lugares comunes) tuve cierta predisposición genética a convertirme en esta figura lánguida que llevo a cuestas, como si se tratara de una mala obra que Modigliani forjó con desdén para que deambulara por los rincones con la necesidad imperiosa de colisionar con todos los muebles que decoran el mundo moderno. Más allá de esos centímetros de más que me separan de alguna medida estándar (establecida vaya a saber unx por quiénes), supongo que la lejana información genética proveniente de Grecia que se aloja en mi ADN, es poco útil, sin garbo, sin pretensiones. Intuyo que debe tratarse de una molécula no muy agraciada que se preguntará con qué objeto fue a parar ahí, habiendo tanta otra corporalidad a la que podría haberle sacado más provecho. Es que he sabido por allegados científicos que las partículas también se plantean estas cosas de corte existencial. No estoy aquí para responder a esas demandas. Demasiado tengo con cargarlas en este recinto de piel, músculos y huesos con el que habitualmente no sé qué hacer. Demasiado tengo con no poder dormir y andar pensando estas cuestiones a esta hora del día.

Siempre fui el último de la fila; el que podría haberse convertido (otra vez, según los estándares de otrxs) en granadero, basquetbolista o maniquí de alta costura; el que obtenía fácilmente las cajas que otrxs compatriotas de la longitud habían depositado en los estantes inalcanzables de todos los sitios; el que cargaba sobre los débiles hombros a las amigas en los recitales de melosos cantantes latinos que me negaba a ver; el que luego, una vez que el ídolo sobre el escenario se iba a tomar cocaína con los plomos, “intimidaba” a los muchachos que querían aprovecharse de ellas, con la excusa poco original de compartir gustos musicales. Ellas creían que podían convertirme en el patovica que velara por sus púberes devenires. Jamás supieron (probablemente tampoco lean estas líneas) el pavor y el deseo que me suscitaba hacerles frente a esos chongos románticos de transpiración premeditada.

Así las cosas, jamás entendí qué significa la expresión “estar a la altura de las circunstancias”.

No se trata de una simple cuestión de postura o predisposición biológica. Parece que el asunto va mucho más allá. Intuyo que tiene cierta vinculación con hacerse cargo de las acciones, con poder responder de una manera “esperable” ante los acontecimientos, o ser coherente con la proyección que otrxs hacen sobre unx.

Pues acá estoy. Siendo las 7 y pico de la mañana de un lunes, en mi morada de un barrio proleta de la ciudad de Córdoba (a donde trasladé toda mi longitud hace casi dos años) preguntándome cuántas veces estuve “a la altura de las circunstancias”. O si alguna vez lo estuve.

Presiento no haberlo estado nunca, y eso dificulta aún más la concreción semiótica de esta duda existencial.

Para facilitarme/les la tarea, recurriré al ejemplo didáctico, tan caro en la enseñanza de labores manuales de los canales del cable arbitrariamente consignados a las mujeres.

Técnicamente se podría seguir que soy escritor. He editado algunos (pocos) poemarios. Tengo en el disco rígido de mi máquina dos novelas que jamás me animé a presentar en ninguna editorial, y que cada tanto releo para saber si finalmente se enviaron por correo electrónico por motus propio. He leído en festivales de poesía organizados con la carencia inaudita de quienes tenemos todo para perder y a los que han asistido lxs incondicionales de siempre que estoicamente aplauden cada vez que unx larga sus pretensiones en versos interminablemente libres. También pululan por ahí, algunas crónicas, algunos berrinches y todos los lugares comunes (otra vez) de alguien a quien la sola atribución del sustantivo “escritor” para su persona, le provoca incomodidad. No la típica “falsa modestia”. No. Cuando hablo de incomodidad, hablo de urticaria, de sonrojo, de ganas irrefrenables de prender un cigarrillo y ponerme a monologar sobre los inconvenientes del cambio climático en Nueva Escocia. Y no. No es gracioso. No, al menos para mí.

Podría inferir entonces que, como autor, no estoy a la altura de las circunstancias. Se me podrá decir que lo que me constituye como tal es “mi obra”.  Y estaremos de acuerdo. Medianamente de acuerdo.

Lo que quiero decir es que jamás “me creí” escritor. Así como la torpeza invade la tesitura de mis gestos, la palabra, en tanto oralidad, se me cae por la boca como la baba irredenta de quienes duermen gracias a los psicofármacos. Escribo por necesidad. Supongo que por necesidad afectiva. Si el arte es la manifestación de la interioridad del ser humano, la proyección de su visión del mundo, quizás le haga falta una buena panzada de caricias a este adentro mío tan precarizado.

También escribo para no decir. Pongo en letra, lo que mis labios prefieren callar para poder atribuirme los mínimos rasgos de sociabilidad que me exige un mundo que cada vez entiendo menos.

Para contrarrestar tanta labilidad en público, probé armarme distintos personajes, basados en la antojadiza visión que de ciertxs artistas he construido con los años. Por allí pulularon oportunamente “el bohemio”, “el intelectualquehabladificilsinsacarseloslentesdemarconegro”, “el gracioso”, “el panfletario”, “el poeta maldito”, “el que cita todo el tiempo”. Ninguna de las veces que compuse esos personajes “para estar a la altura de las circunstancias” me sentí cómodo. Y muchísimo menos auténtico. E intuyo que esto tiene que ver con la caracterización, con la postura barroca que de mis composiciones hice para el resto.

Había algo falso allí. No era yo quien leía esos poemas que sí había escrito. Fue entonces que tomé conciencia de que no quería seguir exponiéndome ante la mirada de otrxs. Que pretendía hacerme cargo del pudor inaudito que se me ha hecho carne con el transcurso de los días, y dejar que mis textos se leyeran solos. Pero esto no es posible, tal como oportunamente lo discutiera con mi vecina, la que trabaja de cajera en el supermercado de capitales foráneos.

En la era del panóptico en que se han convertido las redes sociales, en la era de la imagen como principio y fin de cualquier acción (incluso la más pueril), en tiempos donde la trascendencia se mide en puntos de rating y algunxs intelectuales se conglomeran en cofradías ponzoñosas desde las que esgrimen sus “ideologías”, no puedo pretender la idea naif de la botella al mar empujada por un vientito de morondanga, como método de salvataje en medio de mis angustias en verso.

O sí puedo. Pero es entonces cuando concluyo que, como “escritor”, no estoy a la altura de las circunstancias.

Como no estoy a la altura de las circunstancias en este preciso instante que parte del clan familiar invasor, recorre la casa atentando contra mi único hilo narrativo en meses. Una digresión, a propósito de clanes: por allí andan los estudios de género, con la Judith Butler a la cabeza, intentado desempaquetar las identidades del patriarcado para empaquetarlas en moradas dialécticamente más complejas. ¿Qué pensará la filósofa post-estructuralista de los vínculos “nuevos” que se han generado en tiempos de “matrimonio igualitario”? Ya me gustaría a mí discutir las figuras de lxs suegrxs con semejante eminencia queer. Aunque seguramente, no esté a la altura de sus circunstancias.

Pero quiero retomar los comentarios acerca de Mazinger Z. Hay una imagen de la presentación de la serie que marcó mi infancia de una manera que recién hoy, y hablando de esto, puedo dimensionar. Es el momento en que la enorme estructura de hierro que performatea su devenir robot, emerge de las aguas divididas de un piletón. Una especie de coming-out heroico que tiene por objetivo el acople con la minúscula navecita roja que pilotea Kōji Kabuto, el huerfanito-golpe bajo de la serie animada.

Y es que algo de esto me sucede con mi cuerpo. A esto me refería anteriormente, cuando hablaba de “falso contacto”. Yo siento que soy ese montón de hierros coloridos sin vida, que solo cobran sentido, una vez que “mi minúscula navecita roja” hace contacto con toda esa corporalidad metálica. Cosa que está sucediendo cada vez con menor frecuencia.

Y es allí, en la desconexión entre el resto de mi cuerpo y la cabeza, donde intuyo que se encuentra parte del problema existencial que hace que esté escribiendo estas líneas y no pueda bosquejar alguna obra de ficción o algún poema sobre los movimientos imperceptibles de mi gata (“minimalismo poético” que le dicen aquellxs que leen sus textos en los recovecos de Palermo Sensible).

Quizás, todo se trate finalmente de eso: de la insuficiencia abusiva de afecto entre quien soy cuando estoy en partes y cuando logro hacer contacto. Quizás toda esta verborragia sea un pedido de caricias, en tiempos donde postrarse en la abyección se paga con aplausos. Quizás, finalmente, este sea el primer texto en años que está a la altura de mi deseo.

Gastón Malgieri – Columnista invitado

(1) Sudoku: pasatiempo japonés cuyo objetivo es rellenar una cuadrícula de 9 × 9 celdas (81 casillas) dividida en sub-cuadrículas de 3 × 3 (también llamadas “cajas” o “regiones”) con las cifras del 1 al 9 partiendo de algunos números ya dispuestos en algunas de las celdas.
(2) Mazinger Z: es un manga y anime creado por Gō Nagai sobre un epónimo robot gigante que lucha contra las fuerzas malignas de su enemigo, el Dr. Hell. La serie de manga Mazinger Z pertenece al género mecha por estar dedicada a un personaje mecánico (mecha, diminutivo de mechanical en inglés). Mazinger Z se estrenó en el canal Fuji Tv el 3 de diciembre de 1972
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