Nos gustaba tanto el punk rock, el grunge, el trash de grupos como Pantera. Nos encerrábamos a escuchar Death Embrionyc Cells, de Sepultura, las poesías oscurísimas de Alice in Chains, y cantábamos a los gritos los temas combativos de las bandas del movimiento Buenos Aires Hard Core y los más simpáticos de Los Brujos. Y entonces un hombre aparecía y nos hablaba del amor, del alma.

El hombre usaba sobreesdrújulas con acentuaciones cambiadas y hacía preguntas desgarradoras.

El hombre era una marca: todos conocíamos quién era Luis Alberto Spinetta. Sabíamos que era flaco, que era un prócer, y que era objeto de culto: o te gustaba Spinetta o no. Y a nosotros, trece, catorce años, ¿nos gustaba? Habíamos empezado a escuchar más su nombre después de Tango Feroz. Él mismo opinaba que esa película había revivido cierto interés por el rock nacional. Pero además de su nombre y sus señas, ¿qué sabíamos de Spinetta? ¿Sabíamos que en la década del 60 les había preguntado a los integrantes de lo que luego sería Vox Dei por qué cantaban en inglés teniendo todo el idioma español a disposición?

¿Éramos conscientes de que incluso los temas de sus primeros discos que sonaban más sencillos eran imposibles de cantar y que no eran sólo cancioncitas hippies sino un sonido rockero de vanguardia total? ¿Sabíamos en nuestra adolescencia turbulenta que no se puede cantar como él, que no se pueden meter tantos acordes en un estribillo sin rima como hace en A estos hombres tristes?

Era extraño: nada de eso sabíamos, pero apenas abrimos las puertas de su mundo fue como si supiéramos todo de golpe. Y sin abandonar las tardes de guitarras mal tocadas ni los recitales de Hermética o Flema nos dejamos llevar por ese otro costado complementario y tierno en el que un hombre esbelto le cantaba a un poeta incomprendido como Antonin Artaud y decía “Despacio, también, podés ser la Luna”.

El poeta, escribió Susan Sontag, es poeta en su actitud, en su ética, y no sólo en su arte. Ser poeta es una forma de pararse en y frente al mundo, y ser. Pero cómo es que alguien –nos prenguntábamos entonces- puede aplicar al límite esa máxima en su modo de vida, y ser, además, y sobre todo, un poeta estéticamente notable, alguien capaz de escribir: “Como el viento voy a ver, si es que puedo amarte”. Qué tontos nos sentíamos queriendo ser poetas, que golpe de humildad era cada tema que descubríamos; quién se iba a animar a improvisar medio verso después de que este tipo viniera y nos cantara que el tiempo se había quedado a vivir, que todas las hojas eran del viento, que podía ver reír a la azafata del tren fantasma, y nos decía que cantáramos con él, toda la vida, porque una chica llamada Maribel se había hundido, en ese tema que es el texto más sutil y precioso que se haya escrito y cantado para hablar sobre los vuelos de la muerte.

Cuánto lo habrá odiado la muerte por las veces que se burló de ella y por la intensidad con la que le cantó a la vida.

En La Caída, uno de sus libros menos conocidos, Albert Camus escribió una idea provocadora. El viejo Camus decía que el hombre moderno no va a los velorios a llorar por los muertos. A los velorios, opinaba él, uno va llorar por uno mismo; no llora por el dolor del muerto, ni por imaginar el terror o el vacío que pueda haber experimentado esa persona en los instantes finales: se llora por el dolor de uno mismo frente a la ausencia nueva e inapelable de esa persona; se sufre al pensar en el cataclismo que esa ausencia significará para uno mismo o el impacto que tendrá sobre el universo de los vivos. Es una idea corrosiva, como tantas planteadas por Camus, y lo es sobre todo porque no intenta culpar a nadie por eso. La primera vez que leí esas líneas me sentí infantilmente tranquilo porque siempre había creído lo mismo y me incomodaba ser de los que pocos que pensaran en los muertos y no en las penas de los vivos. Pero la muerte de Luis Alberto Spinetta, no me avergüenza decirlo, me acercó mucho a aquella idea del Nobel francés: no dejo de pensar en el dolor del Flaco, y en todo lo que lo jodieron en sus días finales; pero no puedo evitar pensar en mí, en nosotros, que nos quedamos sin él. Pido permiso para ser un poco egoísta esta vez, escribir avergonzado estas líneas desordenadas, y para hacerme bolita como un chico y llorar porque nacemos a un mundo que es más feo sin Luis.

Vamos a tratar de cantarle; porque llorarlo es poco como decía Martí. Y soñemos con que quizás se sienta gorrión esta vez.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

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