Superan la decena los films sobre la guerra de Malvinas. El tema, pese a las escasas variaciones del punto de vista, parece no agotarse. Las perspectivas, en un primer acercamiento, podrían dividirse en dos: las que se sitúan del lado del soldado luego ex combatiente y las que en su momento supieron ser las “oficialistas”, aquellas de respaldo a la labor de las fuerzas armadas. Unas a otras han entablado un diálogo y cada nueva película que se estrena significa la permanencia de esta conversación y la vigencia de los relatos de ambos bandos.

En este sentido, la figura del soldado es un índice de dónde se coloca el punto de vista: soldado, combatiente, ex combatiente, el hijo que se va de casa, los chicos de la guerra, los suicidados por la sociedad, los olvidados, los locos de la guerra, entre otros. Al igual que con lo que sucede con los “pichis” de Fogwill, hay una figura en este pequeño pero representativo corpus que permanece fuera de toda clasificación posible: Máximo Nicoletti, el montonero. Aún así, el tratamiento ha variado poco y el humor no ha entrado en la composición de los guiones, ni mucho menos la parodia. Seguiremos, entonces, tejiendo el mismo diálogo a la espera de otras voces.

 

1984.

Los chicos de la guerra (Bebe Kamin)

Con este film comenzó a ponerse en imágenes el relato susurrado de Malvinas, el relato de los chicos de la guerra: el hambre, el frío, los atropellos de la jerarquía. La voz silenciada en las islas trató de hablar, como pudo, en el continente, a pesar de la locura, los suicidios, el reclamo en las espaldas sordas.

Antes del comienzo del film o, mejor dicho, sirviéndole de marco, aparece una leyenda que explica que “esta película fue posible gracias a la vigencia del estado de derecho enla Argentina”. Con esto se subrayaba la posibilidad del testimonio de los ex combatientes sólo en tales condiciones, además de bendecir a la democracia y construir el reparo que indicara el rumbo del film, ajeno a una levemente anacrónica pero peligrosa defensa de la dictadura o la guerra.

En la primera escena del film se cifra, de modo exacto, la distancia y el tiempo que se interponen entre los espectadores de hoy y los del estreno: el contraste amplificado entre un soldado inglés, esbelto, con la vestimenta justa y necesaria, de recta posición, y uno argentino que, temeroso, sale de su pozo, antes trinchera, ahora escondite, con un montón de ropa siempre nula para el frío mientras que en el fondo suena una melodía triste, sólo entrecortada por las voces de la victoria de las radios inglesas y el ruido de los aviones. Con esa rendición llena de sumisión y lástima comienza a crearse la figura del ex combatiente, una figura colectiva que, si antes fue cubierta de los grandes relatos de la patria, la nación y la familia (1), ahora intentará volverse a su condición primera de poco más que adolescente.

La película quiere explicar la formación de esa estampita del poder mediante la utilización de flashbacks y una temprana estructura coral, lo que produce cierta circularidad del relato al tiempo que identifica a los actores sociales (2) que, directa o indirectamente, llevaron a esos chicos a la guerra, conformándose ésta finalmente como una síntesis perfecta de la sociedad argentina, personificada, con mayor o menor grado de entusiasmo, en los combatientes. A fin de cuentas pareciera que hubiésemos visto la construcción y resolución de un silogismo lógico: si la guerra fue nuestra, de esa sociedad que tanto alentó a sus épicos jóvenes, ahora sólo nos quedan ellos, los chicos de la guerra, sus hijos. Y así, se reparten cargas y se van formando palabras como “injusticia”, “olvido”, “lástima” para llegar al final de la película y ver a los verdaderos ex combatientes marchando por las calles de Buenos Aires, uniendo la ficción con la realidad y dando lugar a una responsabilidad y una deuda histórica que el film quiere dejar, como una pesada culpa, sobre sus espectadores.

2004.

Operación Algeciras (Jesús Mora)

            El film comienza con un desfile de ex combatientes por las calles de Ushuaia y un hombre que dice que debemos rescatar a Malvinas como un hecho positivo, sin sentir vergüenza por ello, porque había allí un espíritu de Nación muy fuerte, hasta ese entonces tal vez inédito. Que la actitud de ese momento, sacando lo ideológico y otras posibles diferencias con el régimen, hay que rescatarla. Dice todo esto y pensamos que quien habla es un defensor de la guerra o la dictadura que la llevó adelante. Pero nos queda la duda: quien habló era Máximo Nicoletti y la historia que se narrará será la suya, digna de una novela de Clancy, de esas de espionaje en la guerra fría.

            La figura de Nicoletti es inédita dentro del marco de lo esperable en los sucesos de Malvinas: Máximo Nicoletti era montonero. Estuvo secuestrado, pero por sus habilidades de buzo táctico fue incluido, junto con alguno de sus compañeros, en las fuerzas especiales del ejército. Esto no es lo más increíble. Anaya forma un comando cuya misión es detonar algún barco inglés fuerte y significativo en Gibraltar, durante los primeros días del conflicto. En ese comando, sólo lo supo después, estuvieron hombres que cometieron muchos errores en sus biografías pero que se redimieron al poner en peligro sus vidas por la patria, quiso decir Anaya refiriéndose a los montoneros. El relato de Nicoletti es imperdible y sus trajines y peripecias en España propios de la mejor literatura argentina.

2005.

Iluminados por el fuego (Tristán Bauer)

            Iluminados por el fuego podría verse como la síntesis de todas las películas existentes sobre Malvinas, la guerra y la postguerra. Si bien se acerca bastante a una actualización lisa y llana de Los chicos de la guerra, tal vez sea la que se haya preocupado más hasta el momento en tender los lazos entre las temporalidades que separan la guerra del presente de los ex combatientes, para indagar allí en las rupturas, los cortes, los suicidados por la sociedad. Enunciar esta figura representa un doble gesto: quebrar el pacto de silencio que los soldados hicieron para obtener la baja y exigirle algo a la sociedad que vivó a Galtieri en la plaza:

“El final del conflicto cerró el capítulo de la dictadura y fue un factor decisivo para la reinstauración de la democracia, pero, en cuanto a la guerra, la sociedad no se hizo cargo de sus responsabilidades.

Al volver, las autoridades y la sociedad se comportaban como si los soldados fuéramos los responsables de la derrota. Hubo un acuerdo tácito para olvidar la guerra, esconder a los que regresábamos y borrar de las mentes lo vivido. Para obtener la baja militar, los oficiales hicieron firmar a los soldados una declaración jurada, en la que nos comprometíamos a callar y por ende a olvidar. Hablar de lo ocurrido durante la guerra fue lo primero que nos prohibieron. Así, el dolor, las humillaciones, la frustración, el desengaño, la furia, quedaron dentro de cada uno de nosotros hasta tornarse insoportables en muchos casos. Es que hablar, contar, era el primer paso para exorcizar nuestro infierno interior y empezar a curar las heridas. Pero no se podía, eran cuestiones de Estado. De modo que el regreso fue cruel, en silencio, a escondidas”. (3)

Y así, nos reparten la culpa y por primera vez el enemigo inglés no juega un papel importante, porque, nos damos cuenta, durante todo este último tiempo ocupó el rol no del enemigo sino del chivo expiatorio.

 Las preguntas sobre la actualidad de la guerra hacen progresar al guión: ¿cómo vuelve Malvinas?, ¿cómo se hace presente en la vida de los ex combatientes?, ¿en qué parte el silencio deviene en suicidio? El discurso errático del recuerdo hilvana las idas y venidas espacio temporales, una trayectoria que a fin de cuentas parece ser siempre la misma y que habita en aquellos soldados como un fantasma acuciante, de empecinada presencia. Volver a las islas significa un reencuentro con aquello que se fue, con aquello que se dejó de ser, con aquella parte del hombre ya muerta y con aquella otra insoportable para la memoria. “¿Por qué no hablar de Malvinas?”, se pregunta Esteban, el protagonista hacia el final. Porque hablar, hablar es muy difícil. (4)

Joaquín Correa – De la redacción

(1) “Si salís a la calle te vas a dar cuenta de lo que está pasando. No hemos convertido en una nación, por primera vez. Hace 150 años que estamos esperando este momento. Mis abuelos, mi padre y yo…”: la Nación como un relato que se teje y defiende desde el falo.
(2) No sólo los militares sino también la televisión, los padres que no desearon un desertor en su familia, el mozo del bar, y así.
(3) ESTEBAN, Edgardo; “Malvinas: la guerra, el hombre” en Página 12, domingo 3 de abril de 2011.
(4) Inmediatamente posterior a este film es el mini documental: Iluminados por el fuego o iluminados por la mentira, un ataque a Edgardo Estebán, guionista del film y autor del libro homónimo en el cual se basó todo. Lo acusan de traidor, cobarde y mentiroso y lo hacen responsable de la muerte de Vallejo, uno de sus amigos en la película de Bauer.
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