En pocos días se cumple un nuevo aniversario del desembarco argentino en las Islas Malvinas. Es un momento oportuno para ofrecer algunas reflexiones sobre un hecho que condicionó la vida política del país en las últimas tres décadas. Las líneas que siguen no pretenden ser un abordaje exhaustivo, para ello el lector podrá recurrir a una bibliografía diversa que incluye investigaciones periodísticas (Cardoso, Kirschbaum, Van Der Kooy, 1983) académicas (Lorenz, 2006; Rosana Guber, 2001) y ensayos (Palermo, 2006). Sólo buscan revisar algunos hechos de la política postautoritaria que permiten pensar las formas de incorporación de la cuestión Malvinas a la conflictividad política.

 “La fuga hacia adelante”

Tomando como punto de partida 1982, la primera  y más exitosa utilización de la causa Malvinas es, por supuesto, la llevada a cabo por las FF.AA. el 2 de abril de ese año. Es verdad que no se cernía sobre el gobierno una amenaza seria de parte de los partidos políticos, que tímidamente y sin alarmar demasiado a los militares habían conformado un año antes la Multipartidaria. El “problema” de los derechos humanos, aunque enfrentaba a los militares en la búsqueda de una solución, exponía al gobierno en el ámbito internacional y comenzaba a tener cierta publicidad en los medios locales, y sólo después de Malvinas articularía el rechazo generalizado a la dictadura militar.

El principal problema que afectaba a las FF.AA. era el de su propia construcción política en cuyo centro de situaban las instituciones castrenses y en torno a las cuales se articulaban actores individuales -como los numerosos políticos que ocuparon espacios en el aparato estatal  y en las administraciones provinciales y municipales- grupos empresarios, medios de comunicación y miembros de la jerarquía católica. Para 1982, muchos de esos actores, aún cuando siguieran despotricando contra la política tradicional y el populismo, comenzaron a convencerse de que la refundación de la Republica no podía venir de la mano de las FF.AA., hasta entonces incapaces de concertar un proyecto político sustentable y susceptible de heredar al Proceso (Canelo, 2008).

Es ante este panorama que el gobierno lleva adelante su incursión bélica. Las primeras reacciones ante tal decisión no podían sino confirmar las expectativas castrenses. La recuperación de las islas modificó el mapa político. Temiendo que el éxito los dejara aislados, los partidos se sumaron a la jugada que había sacado a la sociedad de su letargo. Raúl Alfonsín fue, entre los políticos más importantes, uno de los pocos que esquivó el compromiso y a la larga esa actitud sería el “acto” desde donde construiría una frontera política frente al pasado reciente (Aboy Carles, 2001). Los dirigentes sindicales acordaron una pausa en sus conflictos con el gobierno y la jerarquía católica legitimó la recuperación de hecho aunque afirmando la necesidad de una salida pacífica.

Esta drástica redefinición del escenario político llegó a su clímax cuando la Plaza de Mayo colmada estalló ante las arengas de Galtieri y ofreció una imagen impensada en los meses previos. Los apoyos civiles del régimen militar dejaban en un segundo plano el hecho de que ese general “embriagado” por la pasión popular les trajera a la memoria a otro general y ex presidente que condensaba los males de la política argentina. Lo importante era el nacimiento de una comunión con el pueblo capaz de hacer olvidar la pasividad (¿complicidad?) que había imperado desde 1976.

El fracaso final de la “huida hacia adelante” hizo imposible retornar a la situación previa al 2 de abril. De todas formas, la derrota a manos de una potencia extranjera condicionó la democracia en gestación. Cómo se ha dicho recurrentemente para explicar la resistencias que encontró el gobierno de Alfonsín -y también sus claudicaciones- no hubo “toma de la Bastilla” y los militares pudieron mantener el poder aunque no consensuar su salida. Es verdad que el empuje de la sociedad civil, que ahora sí se articuló en el reclamo por las violaciones a los derechos humanos, reposicionó a los partidos políticos. Pero estos acusaban todavía los golpes de la represión y eran conducidos por dirigentes que, aunque quisieran, no disponían de pergaminos democráticos desde los cuales reclamar la retirada militar. Alfonsín era uno de los pocos: en el peronismo el protagonismo de Herminio Iglesias lo dice todo.

Las Malvinas en democracia

Luego de la guerra, Malvinas deja de ser una cuestión centrada en un conflicto territorial para galvanizar en una madeja de potenciales conflictividades que incluía cuestiones tan diversas como el procesamiento social de esa experiencia o la responsabilidad de los altos mandos en la conducción del conflicto.

En la Semana Santa de 1987, en medio de lo que desde entonces se conocería como el primer levantamiento carapintada, el capitán del ejército Gustavo Breide Obeid dialogó con Alfonsín a la salida de una infructuosa reunión con el líder de la rebelión, Aldo Rico, y visiblemente emocionado -según las crónicas- le pidió comprensión para su actitud, le aseguró que no tenían pretensiones golpistas y que eran héroes de Malvinas. El presidente repitió esto último desde los balcones de la casa de gobierno y, al hacerlo, legitimó el principal recurso identificatorio que los militares rebeldes pretendían mostrar a la sociedad y, al mismo tiempo, hacer pesar en sus conflictos con los mandos del ejército. En primer lugar, le dio cabida a la pretensión de los militares levantiscos de utilizar la “causa Malvinas” para desviar la atención  sobre el reclamo de fondo que los unía y que era, ni más ni menos, el fin de los juicios seguidos por la violación a los derechos humanos. Hay que recordar que en ese primer levantamiento la espectacularidad no la dio tanto la acción de un grupo en proceso de definición identitaria -los carapintada- sino el apoyo generalizado de su reclamo por parte de casi todos los oficiales. Malvinas permitía desviar la atención del hecho de que el ejército, en conjunto, rechazaba violentamente la forma de procesar el pasado dictatorial que la mayoría los argentinos había legitimado.

En segundo lugar, aquellas palabras de Alfonsín confirmaron la principal línea divisoria en el ejército. Efectivamente, la idea de que el ejército se debía reconstruir desde la experiencia bélica y a partir de sus protagonistas se venía gestando desde 1982. Los carapintada le dieron forma a ese reclamo. La experiencia malvinense era su principal recurso identitario gracias al cual articulaban la solidaridad interna para enfrentar al ejercito de “oficina”, los burócratas que habían escondido a los ex combatientes y que negociaban con el gobierno alfonsinista la “depuración” de las FF.AA. (Donadio, 2000). En definitiva, si bien no todos los carapintada habían combatido en las islas, su identificación ordenaba los enfrentamientos internos y constituía un recurso destinado a lograr solidaridades más allá de la institución o, por lo menos, mostrar una cara más amena a la sociedad. Hay que recordar que el levantamiento se había iniciado por la negativa del mayor Ernesto Barreriro a compadecer ante la justicia civil y este, lejos de poder ser considerado un héroe de Malvinas, representaba cabalmente el prototipo del militar represor y torturador. Pero en la Semana Santa de 1987 él también fue un “héroe de Malvinas”.

La participación en la guerra de Malvinas y la defensa de su causa siguió presente como recurso en las disputas internas del ejército. Por ello, Menem buscó desactivar el conflicto latente promoviendo los indultos pero también eligiendo para la conducción del ejército a militares que nada tenían que ver con el modelo de “general de oficina”. Primero Isidro Cáceres y después Martín Balza, ambos con pasado en Malvinas, rompieron con la lógica del enfrentamiento y consolidaron la autoridad necesaria para llevar adelante la desarticulación definitiva de los “carapintada”.

En este aspecto, como en otros, el gobierno de Menem ofrece imágenes contradictorias. En 1989, en medio de la campaña electoral que lo depositaría en la Casa Rosada, anunció desde Ushuaia que se proponía recuperar las Malvinas a “sangre fuego”. El temerario anuncio reforzó la imagen agresiva de su liderazgo -echando mano a una causa cara a los sentimientos nacionalistas- y lo alejó de la anodina mesura del candidato radical, Eduardo Angeloz. Malvinas aparecía, nuevamente, como ese hecho maleable susceptible de ser articulado para despertar el compromiso con un proyecto político que, en realidad, no ofrecía por entonces demasiadas certezas. Lo que vino después, lejos de la opción bélica, fue la política de seducción de los habitantes de las islas con el recordado envío de cartas, libros y osos de peluche. Este nuevo giro en la política de la Cancillería frente a Malvinas tuvo poco que ver con la política domestica y mucho, en cambio, con la necesidad de aportar un gesto -uno más- de buena voluntad que hiciera creíble el alineamiento argentino con EE.UU.

En el último tiempo la cuestión Malvinas volvió a ganar un espacio considerable en la discusión política. Algunos cruces entre el gobierno argentino y el británico, la llegada del príncipe Guillermo a las islas y las declaraciones de funcionarios volvieron a poner a las islas en las tapas de los diarios. El oficialismo logró el apoyo de sectores de la oposición para denunciar la militarización de las islas y reafirmar los derechos argentinos. Además contó con el respaldo de los países vecinos.

Posiblemente uno de los aspectos más relevantes de esta reactualización es la incorporación de la cuestión Malvinas al enfrentamiento kirchnerismo – antikirchnerismo. El disparador de las discusiones más álgidas fue un documento en el que un grupo de intelectuales y periodistas expuso una visión “alternativa” sobre el conflicto. La propuesta de esta “visión alternativa” se centró, básicamente, en la necesidad de reconocer a los habitantes de las islas el derecho a la autodeterminación. A decir verdad, la argumentación descansa sobre una idea que obturaba desde un inicio la posibilidad de dialogar y discutir sobre Malvinas. Es una obviedad, reiterada sin titubeos por los isleños, que su deseo es seguir formando parte de Gran Bretaña. La mirada que ofrecieron no era novedosa ya que Vicente Palermo, uno de los responsables del documento, la había expuesto en su libro editado en 2006. Lo novedoso fue la trascendencia y la resignificación de su tesis a la luz del conflicto que el gobierno mantiene con una oposición apenas sostenida por un grupo de medios de comunicación. En el fondo, el peligro era que el gobierno, del que ya se denunciaban  “actitudes autoritarias”, hiciera uso de Malvinas para lograr el apoyo y la complicidad de la sociedad para seguir construyendo su proyecto hegemónico. Deteriorada la figura opositora  de los dirigentes partidarios desde octubre del año pasado, la palabra la toman los intelectuales que participan de la contienda muñidos con la objetividad que traducen los medios de comunicación al incorporar el discurso de quien dispone de un conocimiento específico

En definitiva, la inconclusa cuestión de Malvinas se resiste a formar parte del pasado. La imposibilidad de alcanzar una solución que inevitablemente implicará las negociaciones –o el olvido que mantenga el status quo–  entre ambos países se alimenta de las necesidades políticas de los diferentes actores acá y, seguramente, también en Inglaterra.

Mariano Fabris – Columnista invitado

Aboy Carlés, Gerardo (2001); Las dos fronteras de la democracia argentina. La reformulación de las identidades políticas de Alfonsín a Menem. Homo Sapiens, Buenos Aires.
Canelo, Paula (2008); El Proceso en su laberinto. La interna militar de Videla a Bignone. Prometeo, Buenos Aires.
Cardoso, Oscar, Kirschbaum, Ricardo y Van Der Kooy, Eduardo (1983); Malvinas. La trama Secreta. Sudamericana-Planeta, Buenos Aires.
Donadio, Marcela (2000),  De los golpes a la cooperación: una mirada a la mentalidad profesional en el Ejercito Argentino. Tesis de Maestría en Ciencias Sociales, FLACSO Argentina, Director de tesis: Gustavo Adolfo Druetta en  http://www.resdal.org/Archivo/d0000177.htm
Guber, Rosana (2001); ¿Por qué Malvinas? De la causa nacional a la guerra absurda. Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires.
Lorenz, Federico (2006); Las guerras por Malvinas. Edhasa, Buenos Aires.
Palermo, Vicente (2006); Sal en las heridas. Las Malvinas en la cultura política contemporánea.  Sudamericana, Buenos Aires.

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