En marzo del año 1982, un mes antes de que comenzara la guerra en el Atlántico Sur entre Argentina y Gran Bretaña, Dios (también conocido en La Novena Musa bajo el nombre de Alan Moore) vio como comenzaba a ser publicada, dentro de una revista de comics independientes inglesa llamada Warrior, una de sus obras magnas. El título de esta historieta era V for Vendetta, y relataba la historia de una Gran Bretaña que, luego de una guerra nuclear, y el caos consecuente al haber sido arrasada buena parte de Europa, se sumía en un régimen abiertamente fascista. En semejante futuro diatópico, un misterioso anarquista conocido sólo como V y disfrazado de Guy Fawkes (un católico del siglo XVII que intentó volar el parlamento inglés con rey y todo, para terminar con el predominio protestante en el gobierno), combatía contra este Estado totalitario. Mucho tiempo después, gracias a la película de los hermanos Wachowski (V for Vendetta, 2006) este personaje se convertiría en un ícono de los ultraliberales políticos alrededor del mundo (siendo tomado en el proceso como símbolo de la agrupación Anonymous). Pero en 1982 la cosa era muy distinta.

Promediando el régimen conservador de Margaret Thatcher, (primer ministro británica entre 1979 y 1990), Moore diagramó un relato que contaba como Gran Bretaña caía en el fascismo más abierto gracias a la utilización de una guerra por parte del partido en el gobierno. Como decíamos, el cómic comenzó a publicarse antes del inicio de la guerra en el Atlántico Sur, pero es más que claro cuáles son los detalles de la sociedad británica que Moore tenía en mente mientras escribía V for Vendetta. El miedo constante a todo lo que fuera externo a Gran Bretaña. La desconfianza generada por el disentimiento natural inherente a las islas entre católicos y protestantes (la figura de Guy Fawkes no es gratuita), conservadores, liberales y laboristas, ingleses y… bueno, el resto de las nacionalidades del Reino. Y ante todo una violencia que parecía latir, bombear y fluir en y por las calles de Londres y la mayoría de las ciudades del país. La década de 1980 fue la misma que concibió los extremos de hooliganismo que derivaron en los desastres de Hillsborough (96 muertos en una estampida humana) y de Bruselas (39 muertos); la huérfana de la música y el movimiento punk; la que habría de desencadenar la concepción de una obra tan unívoca como Trainspotting, de Irvine Welsh; la misma década que celebraría, desempolvando los viejos cánticos del imperio perdido, la victoria en las Falklands. Es con este trasfondo de violencia condensada en el aire de cada día que Alan Moore escribe semejante obra maestra.

A diferencia de la popular película, en la que V es personificado como un justiciero, y el régimen totalitario y personalista es visto como el típico villano unidimensional hollywoodense (lo que no quiere decir que no funcione como historia), en el cómic, V es un terrorista anarquista abiertamente, y la conformación del gobierno es mucho más compleja, variada y… gris, de lo que el film plantea.

En la historieta los miembros del gobierno conforman una mixtura más que interesante de fanáticos, burócratas, voyeurs, técnicos y ebrios de poder. Hay de todo allí, y uno no puede terminar, incluso colocándose en las antípodas ideológicas de semejante amasijo de humanidad, de entender. No justificar. Nunca. Pero entender seguro. Moore toca muy bien todos los cables para que estos villanos no queden encasillados simplemente como “los malos”, sino que realmente se los pueda descifrar y se llegue aceptar que tienen motivaciones dignas, racionales. Lógicas para cualquiera. Desde el hombre que sacrificó su vida personal para lograr impartir orden en una sociedad que había descendido en el caos a través del encauzamiento de la violencia, método que sentía como el único posible para recuperar la paz, hasta el pandillero barriobajero que aprovechó la situación para hacerse siempre con algo más de poder para poder controlar su quintita en un ecosistema donde no cabía, desde siempre, otra regla que el “comer o ser comido”.

Ante esto se contrapone la figura de V, como decíamos, un anarquista en un sentido no tan estricto históricamente. Alan Moore describe a un individuo que parece más bien sacado de las fantasías de cualquier persona de a pie (es, a fin de cuentas, y para bien o para mal, un terrorista) que algún sujeto que haya leído al menos a Bakunin. Hay una escena muy clarificadora en la que el enmascarado dialoga con una estatua de la justicia y le dice, teatral, enfurecido “La anarquía me enseñó mucho más como amante que vos. Me enseñó que la justicia sin libertad no tiene sentido. Ella es honesta. No hace promesas para luego romperlas como vos, Jezabel”. Su posición es estrictamente concisa. Para el V de la película, la culpa era del gobierno. El V del cómic culpabiliza directamente al pueblo por haber permitido, por comodidad, por no hacerse cargo, que el fascismo copara el país. Porque, da por sentado, a la hora de elegir la justicia es más cómoda que la libertad.

El intrincado plan de V en la historieta deriva en una situación de caos desencadenada por la anulación del sistema de vigilancia, los atentados y la incitación al caos. Él llama al resultado The land of Do-As-You-Please (“La tierra de Hacé-Lo-Que-Se-Te-Cante”). Básicamente devuelve a Gran Bretaña a un Estado dela Naturaleza en el que las calles son dominadas por pandillas, y la gente puede saquear, violar o simplemente desnudarse y vivir contenta en los bosques como más les plazca.

Esta obra se publicaba al mismo tiempo que el gobierno británico comenzaba a instalar cámaras en lugares públicos para combatir el crimen. Al mismo tiempo que un conflicto externo era utilizado como método de unificación bajo la Union Jack. Al mismo tiempo que el progresismo y las izquierdas inglesas e internacionales se escandalizaban ante el desguace del Estado de Bienestar británico. Ante la militarización del extinto Imperio. Ante el auge indetenible de estos uncompassionate conservatives. Alan Moore proponía el terrorismo como una forma de frenar aquello en lo que estas políticas podían terminar resultando. Como paradoja, del otro lado del Atlántico, un gobierno mucho más parecido al de V for Vendetta que el dela Thatcher, agotaba el discurso del terrorismo como excusa para sus injustificables manejos, y encaraba contra aquellos en quienes Moore veía como amenaza real.

                                                           David Fernández Vinitzky –De la redacción

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