Existe una imprecisión semántica en el uso coloquial de la palabra amigo que hace tiempo me viene molestando. La incomodidad no es tanto con la incorrección etimológica, sino con la extensión de su utilización a extremos insospechados. Una suerte de cotidianeidad irreflexiva hace que la palabra resuene constantemente a lo largo del día con diversos registros. Como emisor y receptor no utilizo el plural porque no intento generalizar, aunque aventuro que muchos pueden estar de acuerdo,  me siento impelido a fingir la aceptación de una categoría relacional superior aún cuando pienso que debe ser reservada a contados casos.

Los antiguos romanos entendían que la amicitia (amistad) era una institución sacrosanta regulada por los valores de la fidelidad y la piedad. No cualquier individuo era un amigo y, mucho menos, un igual, de tal manera que pudiera arrojarse la denominación sin previo consentimiento del otro. Ahora bien, desde aquellos tiempos la cosa ha cambiado y mucho. La tendencia general a lo largo de la historia ha sido la de desacralizar las relaciones y los vínculos, incluso lo que hoy se entiende por familia dista de la definición decimonónica que hasta hace poco resonaba en los medios de comunicación. Una visión un tanto individualista, que destaca la autarquía de las decisiones, pone el acento en la posibilidad de elegir con quiénes nos relacionamos, olvidando, a mi entender, el contexto en el que se producen nuestras elecciones.

La palabra goza de una efectividad inexpugnable al predisponer la buena voluntad del interlocutor apelando a la proximidad. Desde el típico “eh amigo” del desconocido que se acerca con la intención de obtener algo de uno -voluntaria o involuntariamente- hasta aquellos que se la pasan buscando la amistad de quienes los rodean reforzando la idea en cada encuentro, todos abusan del término. En la medida en que uno no contradiga al pretendido “amigo”, carente de afectividad y atención, se acepta que uno corresponde recíprocamente esa ilusión psicológica formalizada por cierto decoro social. Pero allí se fija la razón de nuestro futuro incordio. En algún momento, y esto suele pasar con asiduidad, nuestro ignoto amigo buscará nuestro auxilio, ayuda o consejo entendiendo que nuestra pretendida amistad, que muchas veces no pasa de una charla en movimiento o un saludo con una insigne sonrisa, es meritoria de la confianza suficiente para hacernos participe de sus necesidades. Así llegan los pedidos más incómodos: “Che, no me cubrís…”, “me prestás el auto”, “pagás vos, después te lo devuelvo”, “hola, amigo, soy X, te acordás de mí, necesito…”, “me dejó XX, estoy mal”. Situaciones que con los verdaderos amigos no es necesario ni siquiera formular. Uno se enfrenta a tales indisposiciones por el hecho de no ser claro, por no decir condescendiente, con el otro; sumado a una falta total de perspectiva de las personas. Si es necesario preguntar si se acuerdan de uno es porque el otro no te registra. En efecto, lo mismo pasa cuando te dicen “tanto tiempo”, si transcurrió todo un verano o incluso un invierno sin cruzar una palabra ¡¡es porque tan amigos no somos!! No se trata de una simple apatía, sino más bien de dimensionar las cosas tal como son. Un hecho que puede reducir las frustraciones de las relaciones humanas notablemente. No se pueden poner expectativas en personas que no tienen la capacidad o la intención de cubrirlas.

Particularmente creo que los amigos no deben contarse por montones. Realmente no veo la necesidad de hacer gala de cierta popularidad intrascendente, mucho menos de considerar al mundo una gran comunidad signada por la amistad. En parte las redes sociales fomentaron la desmesura, el equívoco. Pasamos de tener contactos en el correo, poseer amigos indiscriminados en el facebook y seguidores en el twitter. El mismo sistema te impone la nomenclatura relacional y, por ello, reproduce el exceso. Nunca entendí cuál es la razón que impele a las personas a enviar solicitudes de amistad a desconocidos o a personas que han hecho todo lo posible para ignorarlas en la vida real. Tampoco puedo entender a aquellos que aceptan las solicitudes sin mediación alguna, esa obligación de corresponder satisfactoriamente las expectativas de los otros e incrementar su autoestima en relación equivalente con  la cantidad de amigos virtuales (algo casi tan triste como tener una novia por correo).

Los verdaderos amigos son algo más que un simple contacto. Con ellos no hace falta decir nada, porque con ellos vivimos todo, nos conocen y se adelantan en cada momento a lo que vamos a decir. Un verdadero amigo se distingue por sobre el resto al comprender la gestualidad específica de cada grupo al que pertenece, los códigos, las manías y las obsesiones. Entre amigos el recuerdo no es tedioso, es símbolo de glorias pasadas, el presente nos convoca para opinar y el futuro es la oportunidad para hacer algo juntos. Cuando uso la palabra amigo siempre pienso en las condiciones que acabo de nombrar, si existen no importa el tiempo que haya transcurrido, entonces será mi amigo. En su defecto, si nada de todo ello nos une, será  un simple conocido, alguien más.

Juan Gerardi – De la redacción.

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