Nuestro espacio de música hoy cuenta con un nuevo aporte externo. Un relato que se hizo desear, no por las demoras de su autor, -y no estaría demás agradecerle su paciencia-, sino por los acontecimientos de actualidad que nos fueron marcando la agenda editorial y a la cual no podíamos esquivar. Un sentido homenaje al querido Flaco Spinetta y el número especial de Malvinas, demoraron la publicación de este impecable artículo de Agustín Barovero que hoy tenemos el agrado de presentarles. Fito Páez ocupa el centro de escenario, trayendo bajo el brazo su último disco (editado no hace más de un año): Canciones para Aliens. Es un disco de covers. Y un disco de covers siempre es dificil de digerir; se lo rumea por largo tiempo; cuesta procesarlo. Se tiene la sensación que, o puede ser muy nutritivo -las menos- o  termina siendo una cagada -un número considerable de veces-. Pero los matices también existen y Agustín nos convence de ello. Rescatando los pasajes destacables y los momentos flojos, valorizando todo aquel vagaje cultural que la música representa por si misma, y que en algunos de los temas queda plasmada sabiamente. (Joaquín Marcos, co-responsable de sección).  

No es fácil escuchar hoy a Fito Páez si el primer álbum musical del que se tiene memoria en la vida es ‘El amor después del amor’. Menos contando que, junto con Serú Girán, Spinetta et al, fue también con los primeros seis discos de Páez (esos que podían contener en “segunda línea”, Carabelas nada, Tatuaje falso, Alguna vez voy a ser libre, Dejaste ver tu corazón, Fuga en tabú, Canción sobre canción…) que la década del ’80 desarrolló los músculos del cuerpo que hoy trata de escucharlo. Pero todo cambia inexorablemente, artista, obra, cuerpo… y a veces la madurez no es tal para domar el brío de las expectativas.

El disco propone algo que Páez viene haciendo, esperable en una persona cuyo árbol de melodías va secando y sólo da vestigios de la carnosidad turgente y roja de antaño: el cover…  palabra horrible para decir “versión”, que junto con break, locker, drink van sodomizando lenta e inexorablemente nuestro rioplatense.

De inmediato resuenan las palabras del local Alfredo Di Florio, figura perenne de la Rock and Pop Beach: “Mar del Plata es una ciudad llena de bandas de covers”. Escuchando el disco de Páez y poniendo oído a uno y otro fenómeno, se podría concluir: una versión de un tema es lo que se hace allí con, por ejemplo, ‘Las dos caras del amor’ o ‘Construcción’. Mar del Plata es una ciudad de viles imitadores.

En Canciones… Páez hace muchas cosas, que en promedio salen muy bien. Hace justicia a la versión Bowie-Jagger de “Dancing in the street” en dueto con Juanse, a quien dada la naturaleza ochento-pop del tema sólo habrá conseguido porque junto al camaleón cantaba (y bailaba…) el líder de los Stones, y si lo hizo Jagger cómo no lo va a hacer Pomelo. “Rata de dos patas”, infaltable ranchera para purgar rabias virulentas, añade a teclados e influjos orquestales casi de música incidental a la larga diatriba de su letra. “Las dos caras del amor” pasa a segunda voz una plegaria en primera. Sería imposible pedir (-le a Paez) que se atenga con rigor a los ceñidos espacios de la métrica en la que la proporción casi monosilábica del inglés dice tanto y tan cómodamente. Sólo se objetaría a la versión la forzada línea ‘verás el amor’, que aparte de sonar barata y querer emular –rústicamente- el sonido final de ‘somebody to love’, no rima y cae en el vacío. Por demás, la libertad del enfoque la hace suficientemente nueva para no suscitar comparaciones que no convendrían. Su punto alto acaso sea Páez haciendo el cerrado eslalon vocal cuesta abajo que Mercury sortea favorecido del hecho de tener la voz que tendría dios si bajara a la tierra y cantara rock-pop de los 70-80. “Te recuerdo Amanda” merece una advertencia; es la más definida oportunidad en que Páez tiene de bajar un corazón de un piedrazo, y lo hace. Con su voz en reconstitución por estas décadas, sorprende y logra que la ejecución medida dé una contundencia de peso inesperado a la letra y el piano incesante.

* * *

Basta.

Construcción, de Chico Buarque, por Fito Páez.

Páez y Sujatovich cambian disonancia descendente por potencia, socialismo coral por armonía arrabalera, guitarra mareada de bossa por línea de piano de herencia garciana al modo Tráfico por Katmandú / Led Zeppelin. Tomando ciertas melodías del original, bajan el tempo y le dan un color fusionado en tanguero rioplatense. Resuena Piazzolla y Buenos Aires Hora Cero, con cuerdas y vientos fuertes de ecos de adagio sinfónico.

La letra, en versión de Daniel Viglietti, constituye el retrato de un obrero suicidado en clave de crónica monótona, con tintes de mirada extrañada por la lejanía del transeúnte desde la vereda. El acecho desde el inicio de las cuerdas graves evoca un travelling lateral perentorio. Su juego esencial es la naturaleza cíclica y variativa de las construcciones. Historia repetida, repetitiva de la rutina que lo conduce a la caída. Historia de las microhistorias mínimas al descenso, juego de modificadores en juego de conmutación estática.

Una versión de la variación ilumina la otra, las palabras se tocan poco a poco como un caleidoscopio donde las puntas se desprenden unas de otras y hallan espacio y sentido en contacto. Y los pelos se paran poco a poco cuando la figura del obrero se dibuja de la mano de los modificadores que se repiten y transmutan, embebiendo de alcohol, flacidez, delirio, liviandad y muerte su caída al vacío indiferente de la calle. A contramano entorpeciendo el sábado.

La variación juega con la acumulación intensificando las líneas del cuadro, donde no hay descripciones insulsas o desprovistas de peso, porque cada atributo está signado de la gravedad que estrella al obrero en el pavimento. A contramano entorpeciendo el tránsito.

Lo que en la original de Buarque es un tropel de vientos y voces en ascenso desprendidos de la tónica de la guitarra con una búsqueda ligeramente volcada hacia lo acumulativo y disonante, Páez/Sujatovich trasmuta lo urbano típico brasilero en porteño (incluídos el “cri-cri” y toda la caterva de ruiditos que Astor explotaba en los ejecutantes y el uso “no convencional” al tango de los instrumentos). Las cuerdas parecen ser el pasaje al momento “Kashmir” de la canción, donde se desnuda la vocación rock de sus versionantes y la muerte toma forma de música que rememora a ‘Ciudad de pobres corazones’.

 Páez decía, en una vieja entrevista previa a Giros (1985), hablando de cuál era la identidad musical argentina que él veía plasmada en su trabajo, ‘somos una mezcla concreta de muchas culturas, o sea, el mundo arjo, la berretada… y la cosa linda como el Cuchi, el Chango, el folklore, los trovadores, la milonga del sur, el candombe, y la cosa de afuera…’. En momentos donde la música de hoy (con contadas excepciones, y siempre por fuera del circuito masivo) parece no negar sino desconocer el bagaje latinoamericano profundo (los viejos viejos), se hace agua en un presente que no hace pie en el pasado. Hermosa y necesaria operación anacrónica la de las mejores versiones de este disco, Construcción entre ellas.

Agustín Barovero – Columnista invitado

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