Algún tiempo atrás en La Novena Musa ensalzábamos la forma en la que Harvey Pekar había creado una especie de “neorrealismo” dentro del mundillo de las historietas a través del cual podía relatar y transmitir aquello que iba contemplando, viviendo y realizando a lo largo de su vida. Vecinos, amigos, compañeros de trabajo, conocidos, todos eran personajes, y las historias, simples, cortas en general, giraban en torno a lo que él vivía. Se basaba en lo ordinario. A partir de experimentos como éste surgidos desde las entrañas del underground norteamericano, comenzaron a aparecer, de forma lenta pero constante, autores que iban descubriendo el cómic como un formato a partir del cual la realidad podía reflejarse de forma mucho más fidedigna de lo que inicialmente se creía. Una de las “escuelas” que derivaron de ello fue la que empezó a utilizar el medio como forma de realizar un tipo de periodismo. En la última década dos autores han esplendido por sobre los demás dentro de esta tendencia: Guy Delisle y Joe Sacco.

Delisle es un autor franco-canadiense de 46 años que ha vivido en distintos países asiáticos como resultado de su trabajo en distintos estudios de animación. Durante su estadía en Shenzhen, ubicado como trabajador en una de las “zonas mixtas” de la China continental, comenzó a llevar un diario y a realizar esbozos de lo que terminaría siendo su ópera prima estilo “novela gráfica” (no soy un simpatizante, precisamente de este eufemismo) en el que relataba su vida en aquel país del lejano oriente. Esto terminó convirtiéndose en un exitoso libro (Shenzhen, 2000) publicado por una editorial independiente en el año 2003. Luego siguieron Pyongyang (2003), en Corea del Norte, donde estuvo adiestrando a grupos de dibujantes; Crónicas Birmanas (2007), probablemente su obra maestra, en  la Myanmar gobernada por una junta militar, y Crónicas de Jerusalem (2011), estas dos últimas acompañando a su mujer, miembro de la ONG Médicos sin Fronteras, y ya con su prole incorporada al viaje.

Delisle escribe sobre todos estos lugares desde una óptica simple, como un observador de lo cotidiano que es capaz de encontrar las implicancias políticas y sociales de lo que contempla dentro de la sociedad en la que se está moviendo, pero sin caer en la obviedad, el panfleto o la proclama idiota. Sus libros podrían ser catalogados como “crónicas de viaje”, pero lo más valioso que tienen para aportar, en realidad, son las pequeñas observaciones, los detalles que capta con los mismos ojos occidentales del lector. Es circunstancial, en buena medida, pero uno aprecia, entiende y supone que tendría el mismo filtro que el autor para ver las cosas en tan exótico contexto. Además, para el que no lo tiene leído, pongámoslo de esta forma: se nota que Liniers ha leído mucho a Delisle. Lo del canadiense viene por ese lado. Detalles, espíritu curioso, cierto halo de romanticismo. Todo con un trazo simple pero demoledor. Y las ideas levemente expuestas van cuajando de a poco a medida que uno lee el libro (y mientras piensa en él con el paso de las horas y los días).

Joe Sacco, nacido en Malta (algo que ya emocionaría a cualquier adepto a las historietas europeas), en tanto, la va de enviado de guerra. Allí donde Delisle hace crónicas de viajes desde la vida en un lugar diametralmente opuesto al que uno creció, mostrando el costumbrismo local tamizado por su visión occidental, Sacco es casi un cronista bélico, exponiendo directamente las visiones de las personas que han sido afectadas por  distintos conflictos en diferentes lugares del mundo. El narrador opina, obviamente, pero gran parte de su trabajo es dar voz a gente que uno nunca sospechó que fuera a terminar escuchando. Donde Delisle cuenta, casi bromista, cómo se cuela en una manzana bloqueada por el ejército para saludar desde la calle a Suu Kyi, líder opositora birmana, Sacco se centra íntegramente en un músico, pintor y veterano de guerra bosnio y en su relato acerca de cómo toda esa gente ha intentado reconstruir sus vidas luego del fin de la guerra en las ex Repúblicas yugoslavas. Sacco escribe desde Bosnia Herzegovina, desde la Repúblika Srpska (de los serbios de Bosnia), desde Palestina, desde Iraq, pero generalmente termina dejando a los locales el relato. Lo suyo es, un poco, cómic de barricada, pero su talento y la capacidad que tiene para llevar a cabo una tarea periodística impecable, hace que prácticamente todo lo que ha publicado (Gorazde: Zona Protegida, Palestina, Después de la guerra, entre otros) sea extremadamente recomendable.

Desde enfoques bastante distintos, ambos autores han demostrado que el cómic es un formato al que el periodismo y la crónica le sientan más que bien. Ha sido mucha el agua pasada por debajo del puente desde que el underground norteamericano inauguró la mayor parte de la no-ficción dentro de la historieta. El “neorrealismo” de Harvey Pekar y su American Splendor, o el Maus de un Spiegelman abrazado por la urgencia de bajar a la tinta y al papel el relato de su padre, sobreviviente del holocausto, han dado paso a obras como Crónicas Birmanas de Delisle o Después de la guerra de Sacco. Distintas a sus “antepasados”, ya abrazados por el mainstream, estas obras están a la vanguardia, a mí entender, de lo que el mundo de la historieta tiene para ofrecer, justamente porque fuerzan el formato hasta llegar a límites que nunca pensábamos que iban a ser alcanzados. Señor, señora, el cómic también contiene al periodismo. Quién lo hubiera dicho. Y es eso el que hace a los grandes autores. Si Allan Moore aprovechaba el formato para narrar como nadie, si Pratt y Oesterheld incorporaron la literatura a la historieta o si Moebius resultó una revolución estética enfrascada en un one-man-army, Sacco y Delisle son la punta de lanza de este nuevo movimiento en la actualidad.

David Fernández Vinitzky –De la redacción

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