Recuerdo con minuciosidad cada momento en que leí a Kafka. Es, para mí, una de esas personas que dicen tus palabras, que hacen manifiesto el hilito que tira del run run interno. No lo puedo explicar, pero sé lo que me pasa. Algo así cuenta Cintia en su texto: tratando de ordenar su mesa de luz, que es su vida (como la de tantos otros), tiene la desgraciada suerte de encontrarse a El castillo observándola. Y ya nada puede ser lo mismo. (Joaquín Correa- Responsable de sección).

 

Me dieron la tarea de escribir, me invitaron amablemente a recorrer mi mente buscando un tema frente al cual sienta que tengo algo que decir.

Una vez superada la etapa de miedo y negación, empecé a recorrer, en busca de inspiración,  la tabla de dos metros en la cual acumulo todo lo que llega a mí: comida, revistas, libros, apuntes, bocetos, dibujos, cuerdas de guitarra. De pronto vino a mi mente una frase que una profesora dijo de modo agresivo, sin anular por ello su observación: “nosotros siempre tenemos como mínimo un libro en nuestra mesa de luz”. Es posible que esas no hayan sido las palabras exactas, como es también probable que su objetivo haya sido más bien atacarnos que hacernos sentir parte de ese  ‘nosotros’. Sea como fuera… giré mi cabeza a la izquierda y vi, en (lo que vendría a ser) mi mesa de luz, El Castillo de Franz Kafka.

Me atrevo a hablar de la obra, cuya lectura no he terminado, únicamente porque se trata de una obra inconclusa. Multiplico así el efecto de ausencia de fin, de indefinición. Pero me pregunto, al tipear la palabra “inconclusa”, si en realidad no son todas las obras las que tienen un final provisorio, un momento arbitrario en que el autor decide detenerse. ¿Cierra ahí la historia, es ese realmente el fin? Pienso aquí en la rebuscada tarea de terminar un relato, de escribir “fin” y cerrar el cuaderno. Efecto del destino, del cansancio, de la aparente finitud, la obra no cierra. La obra queda abierta, esperando a un lector y sus movimientos “cooperativos”(1). Así, las historias conviven con el mundo y siguen abiertas aunque el autor haya escrito, o no, el fin. Porque nosotros, lectores, seres que degluten páginas y palabras, volvemos a abrir el mundo ficcional para cruzarlo con nuestro propio mundo. Me inclino ahora entonces a expresar que son nuestros ojos, en su conexión con el cerebro, los que concluyen aquello que los señores narradores dejaron sin terminar.

Habiendo “justificado” la impertinencia de hablar sobre una lectura a medio hacer, paso a introducirlos en El castillo.

I. Absurdo

Reduciendo pilas de papel en pocas palabras, la narración se organiza en base a K. y su poco bien recibida llegada a la aldea de un castillo. Su objetivo es trabajar como agrimensor, la respuesta de sus supuestos jefes: no lo necesitamos. En base a este incidente se inicia un juego casi absurdo en  el cual las autoridades admiten haberlo llamado pero dicen ya no necesitarlo. Entonces K. tiene asistentes, reuniones con los superiores, pero no un trabajo que realizar. Incluso el alcalde le remarca la insignificancia de su caso, mientras que al mismo tiempo lo baña de una cierta importancia. La mirada es dual y poco clara. Si el castillo es un lugar tan bien organizado, ¿cómo es posible que se les haya pasado por alto el contrato del agrimensor? ¿Por qué K. no expone su condición al arribar a la posada? Los discursos de los personajes se mueven en una línea inesperada y, esencialmente en las autoridades, reflejan lo absurdo de las convenciones y la rigidez burocrática.

Así, la obra continúa su camino sacándonos de los parámetros de la respuesta obvia. Ilustro un episodio: K. conoce a Frieda en el mesón, ella es amante de una autoridad del castillo. Mientras él se está ocultando, ella pasa y lo besa. Luego se revuelcan apasionadamente en un suelo con charcos de  cerveza y, al siguiente día, se comprometen. ¿Episodio esperable? Yo creo que no.

Albert Camus dice al respecto: “Constituye el destino, y quizá también la gloria de esta obra, el que admita cualquier posibilidad y no satisfaga ninguna”.(2) El libro juega con un modo de dar vuelta el mundo a cada paso, abriendo caminos entre la nieve para no llegar a ningún lugar en particular. Una gran paradoja.

II. Otredad

K., el personaje curioso y desentendido, se introduce dentro de una aldea que se figura como un mundo diferente, regido por estrictas normas y enormes idealizaciones de la autoridad. Es allí K. el otro, el que no entiende, el extranjero. La mayoría de sus respuestas se consideran impertinentes y nadie se cansa de decirle que “Él no entiende”.

Se trata de un personaje fuertemente marcado por la extranjería (término que Deleuze y Guattari usan para referirse a la escritura del mismo Kafka) y la interacción con un territorio que no es el propio. Son recurrentes las ocasiones en las que compara la aldea con su sitio natal y, más aún, los episodios en que los lugareños resaltan su otredad. “Que usted, un forastero, no lo note no me extraña” le dice el alcalde, sin escatimar su dureza. El hecho de ser ajeno a la comunidad es la justificación que ellos dan a todos los desaciertos de K., ser extranjero es despreciable y eso se muestra, por ejemplo, en la poca hospitalidad con que es tratado. No suena tan diferente a algunas frases que andan flotando por nuestras propias calles, ¿no?
De este modo, será el más grande mal el no admitir las normas del lugar, el ver las cosas con otra lógica. La diversidad no es aceptada en las inmediaciones del castillo, se trata de una sociedad fija y fuertemente presionada por la normativa. Es en este punto donde puede hablarse del castillo como un símbolo que permite la crítica a la burocracia y al absurdo del rigor excesivo.

III.

He escrito paradoja, absurdo, otredad, extranjería. Una serie de palabras no expuestas al azar, ya que son esas justamente las respuestas que se generaron mientras desplazaba mis ojos por los pedazos de papel. Tal como cuando a los quince años leía que Gregor Samsa despertaba convertido en un monstruoso insecto, me siento hoy leyendo que el misterioso K. aparece en un castillo en el que nadie parece haberlo llamado. Desorientada y sorprendida como años atrás.

Estas son la clase de impresiones que provoca la obra de Kafka en mí, y seguramente en tantos otros seres humanos.  Así los dejo entonces, estimados lectores de pantalla, con un castillo a medio construir.

Cintia Cotarelo – Columnista invitada.
Enero 2012

1. ECO, Umberto. Lector in Fabula. p. 74
2. Cita presente en la contratapa de El Castillo, Edición Losada, 2008.
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