Estamos en Granada, Andalucía oriental, la ciudad símbolo de la Reconquista española, donde lo musulmán y lo católico se mezclan permanentemente. Será por eso que la Semana Santa en Granada hay que celebrarla a lo grande, como si quisieran demostrar que acá son cristianos y no morillos.

Todos los años, las distintas cofradías o hermandades sacan a relucir sus imágenes y hacer un peregrinaje por la ciudad. Esto no es algo que un andaluz de a pie se tome a la ligera. Los miembros de las cofradías se preparan todo el año para ese único día en que sacan a pasear a la virgen y, algunas, a una imagen de Cristo. Las imágenes se sacan en plataformas (pasos) que entre la estructura misma, los adornos que lleva engarzados y la imagen que llevan arriba, llegan a pesar varias toneladas. Así que, desde que termina la Semana Santa hasta la del año siguiente, los “costaleros” ensayan el paseo. Los costaleros son los cofrades más jóvenes y fuertes, que están debajo de las plataformas y las cargan durante todo el camino, con un pasito al compás que tiene que ser parejo para que no se caigan la imagen ni las velas y los adornos.

El recorrido comienza en la Iglesia a la que pertenece la hermandad. Pasa por un palco en una de las calles principales de Granada, donde están las autoridades -el presidente de la federación de cofradías y el representante del obispo-. Ahí piden la venia, para poder pasar y seguir camino hasta la catedral.  Hay algunas cofradías de barrios alejados que recorren hasta diez kilómetros en una tarde. Son caminatas de 5 y hasta 10 horas.

La procesión la encabeza la cruz, después viene el hermano mayor o mayordomo, y atrás, penitentes que cargan sirios, incienso o las reglas de la cofradía. Delante de la imagen de la virgen marchan las camareras (que son señoras vestidas de dama antigua, ni más ni menos). Las camareras son miembros conspicuos de la comunidad, todas de negro; con peineta y tacos aguja van la esposa del dueño del diario principal de Granada, la presidente de las Mujeres empresarias granadinas, y muchas otras señoras paquetas granadinas.

Los palcos por donde pasa la procesión se alquilan, porque desde ahí se pueden ver cómodamente sentado todas las cofradías. Estos lugares están reservados para las familias granadinas tradicionales, todos nacidos en Granada, van desde abuelos a nietos, vestidos con las mejores galas: traje y corbata los hombre y niños, y tacos altos y tapado de piel, las mujeres.

Al terminar la Semana Santa aumentan los accidentes de motos porque el piso queda todo resbaladizo de la cantidad de cera que cae de los sirios. La diversión de los chicos durante las eternas procesiones es poner una pelotita de cera debajo del sirio de algún penitente que pase por al lado para que le caiga más cera y hacerla más grande. Hay competencias a ver quién logra la pelota de cera de mayor tamaño.

El regreso a la iglesia se la llama “el encierro”.  Los seguidores de cada cofradía se ponen delante de la imagen y van caminando para atrás, en una multitud que lo lleva a uno como en andas, a las 12 de la noche, mientras adelante viene un palio que puede pesar toneladas, cargado por costaleros y lleno de velas encendidas, con una imagen de la virgen.

Cada cofradía tiene por lo menos una virgen (algunas, también una representación de la vida de Cristo). Algunas esculturas son del siglo XVI o XVII. Esta imaginería sacra barroca, la orfebrería de plata que recubre los palios, y los mantos de las vírgenes bordados de oro que llevan los pasos, tienen una factura que cuesta años a los cofrades adquirir y está valuada en fortunas. Por eso, si llueve, la Semana Santa se arruina, porque estos “tesoros” no pueden mojarse. Por eso esa semana todo el mundo está mirando el pronóstico.

En Granada, y en el resto de Andalucía, cada cual es afín a una cofradía: si no participa de ella, por lo menos es la que va a ver siempre el día que le toca salir en Semana Santa, o es la que le parece más linda. Mal que mal, quien no está involucrado en algún aspecto de esta costumbre, por lo menos siente afinidad por alguna de las hermandades. Es como si fueran de Boca, de River o de Independiente: no todos van a la cancha pero de algún club son. Acá, todos son hinchas de alguna cofradía. El sentimiento religioso queda reservado para algunos –no pocos-; para el resto, su sentimiento hacia una de las imágenes tiene que ver con que es la parroquia de su barrio, con que sus amigos son costaleros de tal o cual cofradía, o con que tal o cual imagen es la más guapa y la mejor adornada. Están la Inmaculada, la de la Alegría, la Candelaria, la de la Paz, la Macarena –en Sevilla-, y la de las Angustias, claro, que es la patrona de Granada. Por eso muchas chicas en Granada se llaman Angustias. “Es que nosotros somos especialistas en vírgenes” –comenta, exultante, un cofrade mientras una señora le tira besos a una virgen cuando pasa por delante. Y un Sevillano le dice a una chica al pasar: “Guapa, eres guapa, que muy guapa! No como la Macarena, pero después de la Macarena vienes tú”.

Sí señores, especialistas en vírgenes, así como lo leen. La Semana Santa en Andalucía se basa en admirar precisamente eso: vírgenes, y santos, y pasos, y penitentes, y velas, e incienso. Por eso, esta Semana Santa los granadinos lloran, porque justo esta semana, después de meses de sequía “dios ha querido que llueva….es que a él, tanto boato no debe gustarle mucho”, concluye un penitente.

Y lo peor es que hasta los Granadinos (furibundos rivales de los Sevillanos) lo admiten: esto al lado de Sevilla es nada.

Laura Mazzoni – De la redacción

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