No es fácil escribir sobre la película favorita de uno. Como si existiera alguna fuerza exterior que lo impide, poner en palabras aquello que nos llama la atención, que nos gusta, que nos invita una y otra vez a presenciarla, es sumamente difícil. Quizá la razón de estas líneas se deba a que las otras opciones exploradas no lograron prosperar: salir a buscar un columnista invitado de urgencia, escribir sobre Los vengadores, film que asistí en una proeza fílmica con mi ahijado de 5 años y que duró una eternidad, o elegir alguna película del arcón de los recuerdos que pudiera ser leída o analizada con algún atisbo de actualidad, fueron opciones que se cruzaron por la mente de este redactor. Pero allí estaba para salvarme mi película favorita, aquella que no voy a traicionar y que los invitaré a ver, si es que todavía no lo hicieron.

Lo que queda del día (James Ivory, 1993) es la historia de un mayordomo y  una mansión que transcurre principalmente en los años previos a la segunda guerra mundial. Lord Darlington es un aristócrata inglés, con buenas relaciones con los alemanes y un “aficionado” de la política internacional. Es el anfitrión de una reunión de políticos de distintos países europeos y Estados Unidos. Un congresista americano, que acude a la cita, cuestiona las bases mismas de los argumentos a favor de un rearme alemán, tal como se estaban discutiendo allí a propuesta de quien los hospedaba. La política internacional, piensa, ya no puede decidirse en las manos de aficionados, de amateurs, debe pasar por las manos de los profesionales; evidenciando un cambio que se sustanciaría luego de la posguerra. En la mansión Darlington se discute el futuro de Europa, pero como si el eje estuviese corrido, ese tema es tan sólo el telón de fondo de la historia principal, aquella protagonizada por el mayordomo Stevens y el ama de llaves Kenton. Una historia muy británica, con acento británico, con los tiempos y silencios del five o’clock tea.


Stevens es un mayordomo que se ha criado en la profesión, alguien para quien el servir representa la vida misma, no sólo su trabajo. Su disciplina y formación vienen de cuna; su padre, también ha sido mayordomo y acude a la mansión Darlington, convocado por su hijo, tras abrirse una vacante de mayordomo auxiliar que lo obliga a realizar diversas tareas que a su edad se convierten en una carga fatal. Son, ante todo, la dignidad y el honor, las que deben prevalecer en el trato entre el “servicio” y los “amos”. Es por ello que Stevens no opina, no siente, no dice, aunque opina, siente y dice mucho, aunque no en palabras. La llegada de la señorita Kenton ha revolucionado en algún punto la casa. Ella, un ama de llaves eficiente y dedicada, cuestiona y socava, uno a uno, los preceptos y premisas de Mr. Stevens. En el fondo él y ella se enamoran. En un guión donde cada palabra y signo fue ubicado con maestría, los silencios, evasivas, preguntas que no se hacen, dan forma a un diálogo ausente, que no tiene lugar, pero que sabemos en el fondo está sucediendo. En algunos casos las palabras tienen un significado más hondo; como cuando Stevens le dice a la Señorita Kenton que ella es muy importante para la casa y finaliza recalcando “extremadamente importante”, reconociendo que fundamentalmente lo es para el propio Stevens. En otro momento es la Señorita Kenton quien pregunta “¿puede qué el señor Stevens sea de carne y hueso al fin y al cabo?” y recibe como respuesta burlona un “¿sabe qué estoy haciendo Srta. Kenton? Alejando mis pensamientos mientras usted habla y habla?”. Sin embargo, a él no le está permitido exteriorizar sus sentimientos (y tampoco se lo permite), ella sufre el rechazo y la frialdad y decide casarse con otro hombre. Al darle la noticia a Stevens de su pronta partida, lo increpa: “¿después de todos los años que he estado aquí no tiene nada que decir?”; él le devuelve unas sencillas felicitaciones.

Una historia tan densa se sustancia en magistrales actuaciones de dos de los mejores actores ingleses de los últimos 50 años, Sir Anthony Hopkins y Emma Thompson. Son los encargados de ponerle el cuerpo a Mr. Stevens y Miss Kenton respectivamente, cuyos rostros se prestan a decir más con las miradas y gestos que con las propias palabras. Los acompañan un joven Hugh Grant, como el joven Cardinal; Christopher Reeve como el congresista Lewis y James Fox como Lord Darlington, entre otros. El guión, adaptado por Ruth Prawer Jhabvala, de la novela homónima de Kazuo Ishiguro, permite que las actuaciones se luzcan y nos obliga a prestar atención a lo dicho y lo no dicho por los personajes, siendo esto último quizás hasta más relevante.

El film tuvo la mala fortuna de cruzarse en los Óscars con largometrajes de enorme peso como La lista de Schindler, La lección de piano, En el nombre del padre y con las actuaciones de Holly Hunter (La lección de piano) y Tom Hanks (Philadelphia) que arrebataron a esta nominada cinta la posibilidad de alzarse con alguna estatuilla. Ahora bien, y como ya he sostenido en alguna otra oportunidad, no por esos criterios debemos ver o no un film. Es por eso que los invito nuevamente a ver esta película con un tiempo británico y un acento británico, aquella que se lleva el galardón de este cronista.

Lo que queda del día es aquello que no se dice en la rutina y el trabajo; son las miradas, son los gestos, son los silencios, son los secretos que como finas capas van sedimentando con el paso del tiempo. Stevens se reencuentra veinte años después con la Señorita Kenton con la esperanza de convocarla nuevamente a trabajar en la mansión, bajo las órdenes de un nuevo amo. Otra vez, el tiempo no está marcado para ellos.

Benjamín M. Rodríguez –De la redacción

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