En la década de los setenta, Len Wein, uno de los escritores y editores más influyentes de la historia del cómic norteamericano, creó una revista conocida como La Cosa del Pantano (“Swamp Thing”, DC Comics, 1972). Ésta relataba la historia de Alec Holland, un científico de las regiones pantanosas de Louisiana, quien, junto a su esposa, intentaba desarrollar una fórmula bio-regenerativa que permitiera hacer crecer plantas en territorios hostiles o escasamente fértiles. Según avanza la historia, un grupo secreto interesado en el descubrimiento de Holland le instala una bomba en su laboratorio. La explosión lo recubre en la fórmula, y éste, prendido fuego, busca refugio en el pantano donde perece. Su mujer también fenece en el atentado. El temita es que un tiempo después, el científico reaparece en la forma de un monstruo recubierto de plantas comunes en el ecosistema de la región. Así nace La Cosa del Pantano.

En sus inicios la historieta fue pendulando entre el misterio/terror y la acción, muy a la usanza de los comics de menor calibre comercial que habitaban el universo DC. Aunque con un núcleo duro de seguidores decentes, el interés por The Swamp Thing comenzó a mermar una vez iniciada la década de los ’80. Para entonces, ya había experimentado la aparición de una película sobre su historia (algo novedoso para la época) dirigida por la leyenda del cine de terror Wes Craven. Llegado un punto en el que nadie, absolutamente nadie daba dos mangos por esta interesante historieta, Len Wein ofreció renovar el personaje a uno de los escritores más promisorios del momento: Alan Moore, quien ya había realizado un trabajo genial con Miracleman.

Abrimos un paréntesis. Como todos los que leen La Novena Musa sabrán, Alan Moore es Dios. De hecho, es más que Dios. Cuando Dios quiere ir a comprar yerba, le pregunta a Alan si le deja cruzar la calle solo. Y generalmente solo lo deja salir para que le compre facturas y cigarrillos. En fin, prosigamos.

Alan Moore agarró y destrozó el personaje, pero lo “destrozó” entendido con una connotación positiva. Agarró su origen y lo dio vuelta como una media. Lo primero que hizo fue matar a La Cosa del Pantano. Uno dirá: “bueh, tampoco es algo tan grosso”, pero es que la mató… dos veces. Paso a explicar: Alec Holland, en forma de Swamp Thing, es asesinado a traición mediante un disparo. Uno de sus enemigos, un megamagnate, contrata a un científico para que examine el cuerpo del difunto. Durante la autopsia, este encuentra que el cuerpo tiene pulmones, cerebro, corazón, riñones… pero que no funcionan. Simplemente son formaciones de plantas que tomaron el aspecto de los órganos internos de un humano, pero que son incapaces de llevar a cabo sus funciones vitales. Entonces alcanza una conclusión sorprendente: La Cosa del Pantano no es Alec Holland, sino que la fórmula en la que estaba empapado cuando fue a refugiarse al pantano hizo que las plantas que devoraron sus restos absorbieran su consciencia, sentimientos y recuerdos. No es el hombre transformado en monstruo, sino que simplemente no es humano, ni nunca lo fue. De esta forma, Moore mata dos veces a su personaje. Primero de un tiro, y después exponiendo ante él y ante el mundo que nunca realmente existió.

Y así arranca una etapa completamente nueva en The Swamp Thing. Y es que hay mucha tela para cortar. Básicamente el interés de la historieta había pasado de residir en el algo ajado relato de un hombre que habíase transformado en monstruo, a ser la historia de un monstruo que había logrado alcanzar la humanidad. La Cosa del Pantano debe lidiar con el tener pleno conocimiento de que no se trata de una persona de nacimiento. Que nunca fue realmente lo que se dice vulgarmente “humano”. Y es allí donde se vuelve mucho más importante, mucho más esencial su pelea, su lucha por lograr mantener lo poco que le queda de humanidad. Algo que no es parte de su naturaleza, sino que es una elección. Y viendo muchos de los enemigos que van apareciendo, personas normales pero despreciables en su forma de ser, uno entra en razón: es y será siempre mucho más valiosa la decisión del héroe que cualquier hecho dictado por los avatares del destino, como puede ser el nacimiento.

Allí arranca otro punto alto en la historia. La Cosa del Pantano inicia un romance con una amiga, Abby Cable, (en un principio casada con un marido alcohólico y abandónico). Cuando el resto de la población de la región de Louisiana se entera de este affaire la reacción de estos se desborda completamente alcanzando la violencia explícita. Todos consideran una aberración que esta mujer se relacione de forma afectiva, romántica e incluso sexual con un fenómeno como es el otrora conocido como Alec Holland (nombre por el que ella lo sigue llamando). Cuando, por obra de sus rivales, La Cosa del Pantano abandona la tierra temporalmente, Abby es perseguida y aislada del resto de la humanidad como una paria (algo de lo cual su amante habría de vengarse eventualmente). La analogía es simple y clara. Hasta mediados del siglo pasado, en los Estados Unidos, la simple sospecha de que un hombre de raza negra estuviera llevándose, (ejem), “demasiado bien” con una blanca podía desatar la furia de una turba de blancos, los cuales habrían de linchar al hombre en cuestión. No por nada Alan Moore aprovecha el contexto del personaje principal (el sureño y racista Estado de Louisiana) para llevar un poco más al extremo este razonamiento.

La Cosa del Pantano es mucho más humana que la inmensa mayoría del resto de los personajes que pululan por las páginas del cómic. Y no es una cuestión de biología, sino de elección. De decidir ser realmente humano. En su ceguera todos lo consideran un monstruo, porque anatómicamente y en apariencia, no es una persona. No es el punto. La pluma y talento de Moore transforman al personaje en una de las imágenes más icónicas de la lucha por los derechos civiles en la historieta. Swamp Thing era los negros, sí, pero también era los gays (estando mucho más presente en la década de los ‘80 la homofobia que el racismo). Y la historia planteada tomaba la siguiente posición: no importa lo que se diga, no importa lo que se exprese en la sociedad. No importa la intolerancia, el odio, la violencia. Simplemente no importa. Importa la elección. El ser uno y respaldarlo con acciones. Importa el ser humano, no como naturaleza, sino como opción, como senda a recorrer. Y allí, en definitiva, radica la verdadera grandeza.

David Fernández Vinitzky –De la redacción

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