Pocos son los iniciados en el techno folclor andino. Hasta su triunfo histórico, estaremos condenados a la repetición sin sentido ni piedad de la música deshumanizada. Delfín Quishpe es el creador de este género, esta tendencia, esta nueva cosmovisión. La música retorna con él al origen de su ser: la alabanza de la naturaleza, el amor, la expresión del temor frente a las catástrofes futuras que está provocando la desidia del hombre.

Delfín Quishpe posee una larga y prestigiosa carrera artística. Si bien se inició desde pequeño, en su Ecuador natal, en el baile y el canto, no fue sino hasta su éxito mundial “Torres gemelas” que los reconocimientos llegaron como laureles a su vida. En esta composición de arte mayor encontramos el aleph de la obra delfiniana: la revelación del universo y su historia reducida en un mínimo punto. El ruego a Dios por el destino de la humanidad, la advertencia sobre el erróneo camino tomado en la tentación del dinero, la búsqueda de la Verdad que sane y salve, el poder del amor y la celebración de la vida se encuentran allí magníficamente entrelazados. Una historia de amor doloroso se imbrica en el contexto más general de la caída de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Los terroristas no sólo exterminaron a miles de personas sino también, y sobre todo, la posibilidad del reencuentro de los amantes y el recuerdo del ser querido. La voz cantora se lamenta en una curiosa frase donde, como en una epifanía, confluyen todos los tiempos: “cuando quería estar contigo nunca pensaba que vas a morir”. El mayor logro de la canción es, a mi humilde entender, la perfecta ósmosis entre el ritmo y la letra: cuando el cantante se está lamentando de la noticia breve pero contundente que le envía su amada desde un golpe telefónico tan definitivo como la muerte (“Adiós mi amor”), el movimiento pujante de la música asciende impidiendo que el escucha se abandone en los peligrosos caminos de la melancolía, sino que, gracias a esta perfecta dosis de “malegría”, tome consciencia del lugar que como sujeto histórico Dios le ha legado.

Le debemos a Delfín Quishpe la entrada definitiva de Latinoamérica al primer orden mundial.  Situando su punto de enunciación en su Ecuador querido, representa con su pujante tono a todo la Patria Grande. La voz de Delfín es la de Miranda, Martí, Bolívar, el Mono Navarro Montoya, San Martín y Evita Perón: la voz de los desvalidos, de los pobres, los desamparados, los exiliados, la voz que hará la revolución. El Gran Sueño Americano es compartido, al fin, por todos nosotros, compatriotas de este continente tan rico y vasto.

Sin embargo, como todo artista incomprendido, Delfín Quishpe ha tenido sus detractores. La exclamación que enarbola cual bandera de brava lucha, “¡no puede ser!”, fue catalogada de cínica, incestuosa, desoladora, partidaria de la pasividad. No han querido ver allí un grito a la no desesperación, a la toma de consciencia necesaria para la futura acción, el segundo paso del proceso dialéctico. En sus numerosas performances televisivas ha sido vilmente ridiculizado ya sea por su modo de hablar en tercera persona (ignorando con ello la humildad de Delfín y el deseo de que, por fin, Delfín sea no él, ni yo, ni tú, sino todos nosotros reunidos bajo un nombre que nos cobije y dé seguridad), ya sea por la incomprensión de su estética kitsch & pop que le ha valido varias censuras en el medio que hoy día, y sólo aparentemente, es el más democrático de todos los hasta el momento ideados: YouTube. Aun así, no debemos ser injustos con este medio ya que gracias a él podemos apreciar la evolución de nuestro artista, desde su primera placa y la mixtura cumbia folk de “La oveja” hasta la vanguardia del sonido que resulta ser el techno folclor andino, según sus propias palabras.

Su último corte de difusión ha sido “Todo hombre es un minero”, incursión fugaz pero certera en la canción de protesta. Ha convertido a este género ya desgastado por las circunstancias inexorables de la historia en el non plus ultra de la humanidad: la identificación profunda con cada uno de los mineros chilenos, su familia, su historia de vida, para, a partir de allí, regalar, como el Buda, máximas de su sabiduría de corte ancestral: “La gente tiene que entender que el trabajo tiene riesgo”. Su voz es la del futuro, es la de la utopía, lo no realizado aún pero que su sensibilidad ve plausible de ser para nuestros descendientes. En otras de sus canciones, permítaseme otro ejemplo clarificador, la alegría se funde con el paisaje bélico cotidiano de Israel y él, como enviado por sus ancestros incas, le dice a aquel pueblo que la historia ha maltratado, con confianza y ternura: “En Jerusalén, yo bailaré”.

El de Delfín Quishpe es un canto a la vida, a Dios, a la familia, al trabajo y al futuro frente a los incendios, la pobreza, la deforestación, la contaminación global y el odio. Latinoamérica ha sido despertada de una vez y de modo definitivo con su canto. “No puede ser” repetimos con él y bailamos esa tristeza que purgará nuestras almas y nos llevará a constituir la realidad de la otrora inalcanzable, y hoy posible, Patria Grande.

Joaquín Correa – De la redacción

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