a Juan Gasques,

que desplegó ante mí el atlas de la curiosidad y lo posible

i.

Benjamín llegó a casa después de haber paseado por Bâle durante el día mientras yo trabajaba. Llegó y me regaló dos libros en alemán que había encontrado en una caja que decía “GRATIS”, así, en español (no en alemán, no en francés, en español), que estaba arriba de una mesa en una calle pequeña. Quise pensar que esa podía ser una buena imagen para terminar de entender el significado de un viaje: un amigo te trae un libro en un idioma ajeno -que tampoco él puede descifrar- encontrado en una caja inverosímil en una de las tantas calles que perdió su nombre en el olvido de la memoria. La experiencia del que vuelve, su vida en el otro lugar, pese a los esfuerzos, pese al regalo y las palabras que dibujan anécdotas, no puede salirse de su interior, no puede hacerse entender. Cuando vemos a ese amigo que vino del otro lugar, que llegó de su viaje, entendemos que algo en él no podrá formar parte de la comunicación de un diálogo, y que no nos será dado conocer su tiempo de vida en el espacio ajeno. Podrá contarnos sus historias una noche entera de vino y risas. Pero no su vida, el idioma de los sentimientos que habló lejos de nosotros.

Escuchamos en la voz del viajero una modulación distinta, adivinamos la incorporación de nuevos giros, nuevas palabras y hasta el cambio del tiempo y su tono al hablar. Algo percibimos que no podemos calificar ni entender, que no podemos terminar de darle una descripción. Queremos negar que la voz del otro haya cambiado mientras estuvo lejos, queremos negar que su vida haya sido otra cuando no estuvimos cerca suyo. Nos cuesta aceptar que el tiempo que vivió en otro lado, otras calles, otros silencios, otras distancias y otro idioma de ahora en más sólo le pertenecerán a él y que por más amor que podamos darle, el viajero ya está lejos nuestro, aunque haya vuelto.

ii.

                El viajero lleva su diario porque desea dejar un registro de sus días en movimiento. Sabe, sin embargo, que la escritura no le deparará ningún consuelo y que sólo podrá obsequiarle una graciosa mutilación de lo vivido. La escritura será una relectura del viaje, una sobreescritura de la experiencia radical de encontrarse en otro lado: escribir el viaje es modificarlo, seleccionar recuerdos, guardarlos, intentar buscarle una lógica y una coherencia a lo sucedido desde la partida. Pero el viaje seguirá siendo puro movimiento en la soledad del hombre.

iii.

                Existe en el núcleo de todo viaje un riesgo. Para amplificarlo o resaltar sus simbolismos, se extreman las condiciones: un viaje al norte, al sur, un viaje al frío, al sufrimiento. Un viaje interior que busca corresponderse con el exterior. Elegimos, las más de las veces, una compañía para salir airosos de tal trance: nuestra pareja, un amigo, un libro, la escritura, la fotografía, los croquis. El silencio, la soledad y el vacío seguirán estando ahí, arropándonos en la noche o perdiéndonos en una multitud de idioma desconocido. La nostalgia se presenta como un enemigo poderoso; la melancolía, una ingenua evasión. El camino del recuerdo se puebla de fantasmas, voces y monstruos que una vez más nos dicen que todavía no nos hemos ido tan lejos.

iv.

Necesita un lugar. Un lugar seguro. De él y de las sombras. Que no sea éste, sino otro. Otro lugar. Dice que necesita otro lugar (“any where out of the world: -n´importe où, hors du monde”). Al cual pueda dejarse llevar, aclara. Una casa llena de silencios. Que sea toda silencios. Y que no hablen. Vivir y habitar ahí. Una temporada.

v.

A todos nos duele andar como un completo desconocido, no tener en el camino ninguna casa que habitar. A todos nos duele no poder encontrar eso que llevamos tanto tiempo buscando. Pero al viajero más, mucho más. Lo único que se arraiga con firmeza en el cuerpo del viajero es el recuerdo y el dolor.

El viajero está constantemente buscando algo: la sorpresa de un nuevo lugar, más fotografías y experiencias, el conocimiento. Cada tanto se sorprende diciendo “qué lindo, qué tranquilo este lugar, cómo me gustaría vivir acá” y comprende que todas sus búsquedas se reducen a la de la casa propia, el hogar donde construir un espacio y un tiempo del amor y los sentimientos. El viajero por más solo que vague también está persiguiendo el deseo de formar un nosotros tan grande y pleno como la felicidad de un niño.

vi.

                Quise entender por qué cuando vuelvo de un viaje paso una noche, una ducha, dos té y un día ordenando lo que traje conmigo. Como si quisiera acomodar lo nuevo al orden existente, como si deseara aplacar lo urgente en el día a día, como si me provocara temor el cúmulo de cosas nuevas. Como si la vuelta a casa me exigiera una rendición de cuentas. Como si todo viaje me partiera en pequeños pedazos que el umbral de casa quiere juntitos o, al menos, pegados con cinta scotch.

                Paradójicamente, la única enseñanza posible de todo viaje es saber cuándo es el tiempo de volver, saber cuándo aceptar el regreso.

 Joaquín Correa – De la redacción

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