i.

El tiempo del blog ha terminado. Como una supernova, hicieron furor y se apagaron. Los lamentos personales y las nimiedades de todas las vidas posibles empezaron a habitar otros espacios dentro del infinito entramado de las redes sociales. Sin embargo, y gracias a esta fuga masiva de usuarios, algunos decidieron seguir adelante con sus blogs y redefinir el espacio, su utilidad y funcionamiento. Aparecen ahora más que antes como el empeño por construir una obra, lentamente, en el día a día, conservando todo lo publicado con el sentido que el tiempo y el trabajo le dan a una escritura propia.

En su Fucking Godot, Francisco Loscalzo escribió una poesía urgente. Una poesía del aquí y ahora tejida entre la desesperación y el desencanto, la violencia y el temor, el deseo, la espera y el odio. Sus textos fueron surgiendo esporádicamente, pero cada vez más se sentía en ellos la carga del esfuerzo por purgarse de todo bien, de todo mal. La poesía de Francisco parecía escrita con el miedo de atravesar cualquier puente, con el sufrimiento del que elige no ser ingenuo, con la rabia de deber seguir un camino, con el dolor desesperado de un domingo muerto.

ii.

Los poemas tomaban a veces la forma aparente de un reclamo, de una demanda, cuando no eran otra cosa que el susurro del deseo manifestándose en una plegaria urgente. Sumergirse, habitar al otro para así resguardarse del afuera, de los demás, construir un espacio y un tiempo donde un nosotros creciera tan grande y poderoso como para desterrar de la vida al dolor: semejante utopía no podía sino demorar el fracaso futuro. De ahí ese vaivén de amor y odio, esa mezcla del tono fuerte y la palabra débil. La voz, en su origen y hacia el final, siempre buscó lo mismo: llegar al otro, hacerse entender, construir el nuevo orden de las palabras y los cuerpos.

Existe un saber de la tristeza y existe una exploración de la melancolía. Para la persona triste todo lo que viene de afuera es daño y dolor; para el melancólico, el exterior es arbitrario e incomprensible. Lo ajeno, lo otro, lo real no es sino para ambos la fuente de la desdicha. El tono de la poesía de Francisco Loscalzo se escucha entre esas modulaciones, pero se aleja de golpe y sorpresivamente al despegarse, con la violencia propia de la venganza, de la pasividad en que se deja abandonar el triste, el melancólico.

iii.

El puente no ha terminado: bajo cada palabra está la nada.

 Si una noche de invierno un viajero, Italo Calvino

Con la curiosidad que da el haberse internado hace ya tiempo en la trinchera, se pregunta: “Acá no hay luz, pero allá ¿sale el sol?”. ¿Cómo es la vida del otro lado? Vale decir: ¿cómo es tu vida? Es éste el nacimiento del puente y con él, de los miedos, la indecisión, la histeria y el rechazo. ¿Valdrá la pena salir a ver qué pasa? El puente se sabe, de antemano, endeble, quebradizo, lleno de dolor e incomprensión. En él se reúnen, como en una epifanía, el pasado y el futuro en el ahora. Ante el sujeto, el camino y el puente: su utopía personal del amor y el reconocimiento, del fin de la espera y del odio. Una vez abandonada la trinchera, no queda otra que seguir adelante, abalanzarse a pesar de los riesgos, sufrir con el dolor extraordinario o, si logra llegar al otro lado, fundar su nuevo refugio. Aunque esta vez, será compartido, será pleno. De todas formas, atravesar el puente -con o sin éxito- implica una ganancia para la libertad y el conocimiento personal al haber destruido los espejismos creados por la distancia.

iv.

¿Quién escribirá la historia de lo que pudo haber sido?

“El día de la mujer mundial”, Andrés Calamaro

Frente a Ella o frente al mundo, siempre, para Francisco Loscalzo decir es una forma de la acción. Cómo decir y cómo actuar serán, entonces, sinónimos. La distancia entre dos personas o la distancia entre el sujeto y la realidad se medirán gracias al lenguaje, que todo lo corrompe, que todo lo puede salvar.

Ahí se encuentra, podríamos pensar, el núcleo de su poesía. Las ausencias y lo presente, la mentira y la prostitución de las palabras, los fantasmas y el monstruo, el puente, los refugios, la espera, los recuerdos y la idealización: todos los elementos que se encuentran y se esconden en su poesía son irradiados como los rayos de una bici desde la voluntad del sujeto por sostener al lenguaje y a la acción dentro de los límites del compromiso y la coherencia. Algo que, indefectiblemente, implica dolor al ser ésta una postura humana, demasiado humana.La noche es el tiempo y la soledad el lugar donde nace la escritura, que se definirá desde ahí como un dibujo que intenta anular a los fantasmas, hacer callar al recuerdo, desenmascarar a la mentira. El blanco de la página es el silencio de la noche, es la posibilidad de una isla que le regala al sujeto la tranquilidad frente al aturdimiento del día. Aunque claro, quedarse solo y en silencio no siempre es bienvenido y de ahí que, al final, los restos diurnos, los fantasmas, sean necesarios.

 No hay dialéctica entre el lobo y el cordero, repite una y otra vez, sino una complementariedad estrecha:

El cordero necesita del lobo para ser libre. Necesita de su ausencia (que es la forma más fuerte de presencia) para vivir su mundo, para gozar del libre albedrío.La vida se le simplifica, es un juego, nada lastima, la vida es sueño, porque el lobo está ausente; y porque el lobo representa lo real, lo único que puede terminar con el juego, el lobo es el dolor. (“Siempre gozaste la libertad de un cordero”)

La vida es, así, una ficción sin gracia, hasta que entra en ella el dolor y lo atraviesa todo y nos vuelve a advertir sobre los riesgos del olvido y la negación. El dolor es lo real y la escritura, un registro para conservar su memoria. La escritura del dolor es su forma personal de, arriesgándose, justificar la existencia y esquivar el vacío. La escritura del dolor es la opción de Francisco Loscalzo para hacerse cargo de la espera indefinida o la orfandad en que nos ha dejado el idiota de Godot.

Joaquín Correa – De la redacción

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