Antes, cuando Buenos Aires era una aldea lejana y perdida del Imperio Español, Lima se erigía como la metrópolis del Virreinato del Perú. Hasta allá nos trasladamos para hacer un viaje hacía el pasado colonial de esta parte de América. 

Lima es un caos ordenado. Todo funciona a la perfección pero a un ritmo frenético y ensordecedor.

El tráfico es una constante lucha contra las leyes de la física para que la materia ocupe espacios que no existen. Los autos se esquivan, se cruzan, se juntan y se funden en uno solo. Todo acompañado por una melodía de bocinas utilizadas tanto para avisar que una maniobra peligrosa ya fue hecha, como para protestar por las tretas de otros conductores, como para advertir a transeúntes despistados que un auto se está acercando (y que por ello debe correr por su vida), o desde los taxis para captar la atención de posibles pasajeros.

La ciudad tiene unos niveles de contaminación que son totalmente palpables y que llegan a estresar al más zen de los monjes tibetanos. La polución no sólo se ve en la basura en las calles, y en el color de la bruma que cubre la ciudad. También se escucha, en el ritmo de bocinazos, gritos y músicas provenientes de los taxistas, los conductores de autobuses, los vendedores ambulantes y los “arbolitos”. Y se siente en la piel, en las manos, que se llenan de una humedad pringosa apenas entran en contacto con el aire.

Y sin embargo, cuando uno consigue aislarse, sentarse en un barcito a tomarse una chicha o una Cuzqueña helada el caos se desvanece. En los comercios los mozos tienen una paciencia ancestral, un ritmo cansino y una amabilidad que contrasta con la lucha por la supervivencia de la especie humana que se desarrolla en el asfalto.

Con esto no quiero desanimar a nadie que esté pensando en conocer la Ciudad de los Reyes. No solamente porque vale la pena recorrer su casco histórico plagado de reminiscencias coloniales, y por su más presente aun, pasado prehispánico. Sino por su malecón, sus calles y la vida de ésta gran ciudad.

Pese a la humedad y contaminación que envuelven a la ciudad, es sorprendente el estado de conservación del patrimonio histórico limeño. Probablemente la presencia de abundantes edificios coloniales que aun hoy quedan en pie también esta relacionado con una cuestión de estadística: Lima era el centro del Virreinato del Perú y, como tal, la cantidad de edificios comerciales, administrativos y religiosos en el periodo colonial superaba ampliamente aquellos presentes en ciudades tan periféricas al sistema imperial como Buenos Aires en aquella época. El tamaño de las iglesias y conventos, la casa del Oidor y los mercados nos hablan de la centralidad que este espacio tenía para la Monarquía católica.

Los museos que rescatan el pasado de las civilizaciones preincaicas son muchos y, en general, muestran un buen tratamiento del guion museográfico, explicando al curioso que los visita cuan importantes son los desarrollos culturales previos a la civilización incaica para contrarrestar la fama de los incas, que opacan muchas veces a las sociedades anteriores del territorio del actual Perú. Con este fin el Museo Larco, por ejemplo, exhibe una vasta colección de cerámicas del período Mochica, Viru, Chavín de Huantar, Huari, del legado de estas sociedades. En este mismo sentido las ruinas de Pachacamac, a 45 minutos del centro de Lima muestran esta relación entre las sociedades preincaicas y el uso que, a posteriori, los incas hicieron de templos que pertenecían a culturas desaparecidas o conquistadas. Pachacamac, es un complejo de ruinas ubicado en un monte arenoso, y al lado del mar, justo frente a la Isla de la Ballena. El lugar es un sueño, uno entiende que no es casual el asentamiento de los pueblos que habitaban la costa peruana allí. Subiendo al Tempo del Sol y rodeando la montaña, aparece inmenso e inspirador el mar y la isla con forma de crustáceo gigante. El sitio arqueológico es un paraíso, un lugar desértico donde corre un viento marino que suaviza la acción del sol abrazador, y está rodeado por un contorno que contrasta: barrios enteros donde las humildes chabolas de los ciudadanos están incrustadas en la montaña, custodiando el Templo del Sol.

Una neblina densa y oscura cubre toda la bahía costera de lima. Desde la costa de Miraflores, una ciudad muy bienuda que se encuentra al lado de Lima y que ya casi es un barrio –tipo San Isidro para Buenos Aires-, no se alcanza a ver muchas veces el extremo de Barranco, el barrio de Chabuca Granda y al que le dedicó tantas canciones, un mirador que queda en el extremo sur de la ciudad.

El gran Lima está muy integrado a la ciudad. Para salir a la noche puedes ir a Miraflores, Barranco o Breña e, incluso, encontrar más movida que en el centro de Lima.  ¿Cómo se traslada uno a esos barrios? En el medio de transporte por excelencia: el taxi. Este medio de locomoción es el más común para los turistas, pero también para muchos limeños que lo utilizan en vez del transporte público. Los taxis son baratísimos y hay millones por todos lados. Para subirte a uno es necesario pasar por un ritual limeño: el regateo. Tanto en las casas de artesanías, los negocios en la calle, los vendedores ambulantes y los taxistas esperan que pelees la abultada tarifa que plantean en principio.

Si bien Lima casi siempre es utilizada como posta hacia destinos más fascinantes para el turismo, como Cuzco y Machu Pichu, vale la pena detenerse unos días, y sumergirse en la vorágine limeña.

                                                                                  María Laura Mazzoni – De la redacción

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