Repentinamente salimos a buscar un columnista invitado, nos proponen un amante de Casablanca y nosotros, fieles admiradores de “Tócala de nuevo, Sam”, no podemos eludir la iniciativa. Pero no, grata sorpresa nos llevamos al ver que la cinta de Michael Curtiz no sería de la partida. Sin embargo, la propuesta de nuestro columnista rebasa ampliamente los objetivos de la sección. Nicolás Leguizamón nos sumerge en Into the wild, uno de esos films que me han recomendado millones de veces pero que todavía no me atrevo a ver. Y como si esto fuera poco, recoge el guante sobre lo que desde esta sección venimos proponiendo soslayadamente; la puesta en palabras de la subjetividad del espectador. Nuestro columnista lo hace con creces. ¿Será cierto que este film “vuela la peluca” tanto como se dice? Habrá que ver… (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección)

 

Me gusta el cine, pero no soy  un  gran conocedor de directores, actores, montaje, fotografía; lo que  me gusta son las historias y busco que al estar dos horas (promedio) frente al televisor éstas me generen algún sentimiento, que me movilicen alguna fibra nerviosa; sino ¿para qué sirve el arte en sus diferentes manifestaciones?

Así me encontré, hace no mucho tiempo, hablando con un amigo y surgió el tema del cine;  fue él quien me dijo “mirate  Into the wild, que te va a volar la cabeza”. La verdad, no tenia idea de qué se trataba ni quién era el director, actor protagonista, nada de nada (como comenté al principio no soy un erudito sobre el cine), pero ante la recomendación de alguien de confianza y de quien conozco algunos de sus gustos, me preparé para verla.

Un jueves a la noche decidí emprender la tarea. Adelanto que no es mi intención hacer un análisis de la película, sino mas bien comentar su trama brevemente y los pensamientos y sentimientos que en mi despertó, que fueron varios y muy diferentes a lo largo del film.

Into the wild es una película del 2007, dirigida por Sean Pean (sí, ése, el de Mi nombre es Sam) y protagonizada por Emile Hirsch, quien estuvo nominada a algunos premios importantes: dos nominaciones a los Oscar y a los Globos de Oro, entre otros galardones. Sin embargo, eso no la hace una película interesante, sino más bien la historia que trata.

La película comienza en el año 1992: un tren, una ruta y una carta son algunas de las primeras imágenes que recibimos. La letra algo difusa de un niño en la pantalla relata lo que parece ser un viaje, el primer mensaje a interpretar. Quien lo escribe es Christopher McCandless, protagonista del film, quien nos llevará de viaje por gran parte de Estados Unidos  mostrándonos paisajes preciosos, en una aventura difícil motivada por ideales y una fuerte historia de vida.

Christopher, quien se bautiza a si mismo en el comienzo del  viaje como Supertramp, es un joven de 23 años, recientemente egresado de la Universidad con buenas calificaciones,  con chances de  ingresar a estudiar leyes a Harvard, miembro de lo se llamaría una familia tipo (papá, mamá, hijo y hermana), a simple vista un chico como varios de los nos cruzamos por la calle todos los días. Sin embargo, en el transcurso de la  película vemos que no es tan así, pues al terminar sus estudios y sin comentarle nada a nadie, Supertramp  deja todas sus pertenencias, dona su dinero a la caridad y comienza una travesía con un único objetivo a cumplir “llegar a ALASKA”.  Vivir en la naturaleza, huir de una sociedad atrapada en el consumo, el dinero, lo material, la rutina; pero también huir de sus padres, escapar de una familia que lo absorbe, lo desgasta, que lo maltrata tanto a él como a su hermana, otra de las protagonistas de la película, pues será ella la encargada de relatarnos lo que sucedía en la casa  mientras el tiempo pasaba y las noticias sobre el paradero de Christopher no llegaban; será ella quien nos cuente de los problemas familiares existentes y como sus sentimientos  y los de sus padres van pasando del enojo y la bronca a la desesperación y la tristeza absoluta.

La película no es lineal, sino todo lo contrario. Si bien se centra en la historia de Supertramp también podemos conocer historias laterales muy interesantes en las tres etapas en que se divide la película (infancia-adolescencia-madurez). Así podemos conocer la historia de una pareja de hippies que recogen a Christopher en la ruta, la historia de un recolector de trigo que tiene problemas con la ley y la de un anciano solitario que busca adoptar a Supertramp como su nieto para perpetuar el apellido familiar.

La película es compleja. La lucha que encara el protagonista contra el sistema es, en parte, consecuencia de su bagaje intelectual, de su apertura mental y de su idealismo (palabra muy utilizada hoy en día), pero también es consecuencia de un mar de sentimientos que lo invaden.

 Al mirar la película, en algunas partes me reía y pensaba “que bueno sería dejar todo y salir, recorrer, tener nuevas experiencias y crear un mundo ideal”.  El paisaje que se nos muestra, la gente amable que Christopher conoce a lo largo de su historia me despertó un espíritu aventurero que hacia años había perdido, pero con el paso de la trama mi posición iba cambiando y me iba dando cuenta de que no sería capaz de pasar por muchas de las cosas que el protagonista atravesó (frío, hambre, problemas con la ley, golpizas). Muchos diálogos de la película son excelentes, otros no tanto, y pueden parecer trillados. La música va muy bien con lo que pasa durante las diferentes escenas y Emile Hirsch hace con su actuación que yo me crea la historia que se está contando y sufra con él los cambios que atraviesa.

“La felicidad solo es real cuando es compartida”, esa es la conclusión a la que llega Cristopher, la que la película nos termina brindando, idea que apoyo y sostengo aún cuando la sociedad en la que vivimos no sea perfecta.

Nicolás Leguizamón- Columnista invitado

 

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