Ni tan arrepentido ni encantado
de haberme conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado,
los labios del pecado. (Joaquín Sabina)

Existe una cualidad que por mucho que intentemos negarla está presente en todos nosotros, la curiosidad. Injustamente denostada, es el motor que nos lleva a interesarnos por lo que es absolutamente desconocido y ajeno. A los pies de sus encantos caemos rendidos todos aquellos que no podemos vivir en la insoportable agonía de la rutina,  los que siempre necesitamos saber más sin distinciones de importancia. Para los que la aceptamos como parte de nuestra naturaleza, la vida siempre tiene cosas nuevas para sorprendernos y no gira en torno a nuestra miopía individualista.

La curiosidad es el puntapié de esta nota. Hace un tiempo, no importa cuando, tampoco dónde, estaba en un café esperando a que llegue la hora para  asistir a una reunión, porque en mi caso la puntualidad consiste en llegar un tiempo antes al lugar preciso. Me senté en una mesa en el centro del salón, frente a mí  había una pareja tomada de la mano. Al poco tiempo, sin intención alguna, comencé a escuchar su conversación, quizás porque el libro que tenía a mano no era lo suficientemente interesante como para captar mi atención, o porque el tono de voz y la cercanía no me permitían hacer otra cosa. En ese momento me di cuenta que estaban discutiendo, él la dejaba a ella.  El arsenal de adjetivos calificativos la convertían en culpable de la ruptura: posesiva, intolerable, estructurada, aburrida, entre otras cosas que es mejor no mencionar. En el momento de tomar partido, pensé que el tipo tenía la razón. Sin embargo, algo me perturbó, él con un tono paternalista e innecesario le recomendaba hacer terapia con no sé que técnica oriental. Allí me di cuenta que el tipo era un chanta, todos mis prejuicios se apropiaron de la mirada que tenía sobre la situación. En conjunto eran incompatibles visualmente, él todo desarreglado a las doce del mediodía y ella impecable por donde se la mirara. Cuando ella le pidió que le dé otra oportunidad, él le dijo que quería experimentar nuevas experiencias, se levantó y se fue. Ella quedó desconsolada, lloró unos quince minutos, escribió en su agenda y mandó algunos mensajes. Finalmente pidió la cuenta, pagó y se fue caminando lentamente.

Desde ese momento no pude dejar de pensar en la situación, en lo que pasamos cuando nos dejan, cuando dejamos o llegamos a la conclusión que no existe razón coherente para seguir soportando la compañía de la otra persona. Cuando sufrimos lo que se conoce como el mal de amores. Nadie es ajeno a este problema y la forma en que reaccionan las personas frente a él difiere según las circunstancias.

Algunos se deprimen, se encierran, escuchan música tranquila y extrañan porque esa es la única forma de conectarse con lo que ya no existe. Los melancólicos pasan sus días recordando los buenos momentos, revisando los hechos que llevaron a la ruptura, analizando cada momento, cada foto, cada palabra dicha y cada gesto esbozado. En el fondo esperan poder revertir la situación, porque no encuentran otra forma de seguir adelante, se encuentran estancados entre lo que fue y lo que no será. En todo ello hay algo de perverso, pues respetan más al pasado que a la posibilidad de seguir viviendo en el presente.

Otros, a partir del momento en el que dejan a su pareja, comienzan una campaña de desprestigio. Se encargan de traer a colación el tema en cada reunión, se vuelven monotemáticos, y ni siquiera sus amigos más cercanos los quieren escuchar. Dicen no querer saber nada de la persona que ya no está con ellos, pero pasan sus días enteros averiguando datos sobre su vida. En el fondo, guardan la firme esperanza que la otra persona la esté pasando igual de jodido que ellos. Todo esto hasta que llega un amigo ingrato y le cuenta que  no es así, incluso, que a la persona en cuestión se la ve bastante bien. Allí revelan su verdadera naturaleza, empiezan a escribir cartas (mails, msj de texto, mensajes de Facebook o twitter) cargadas de odio y rencor como si de esa manera pudieran salvar su orgullo herido.

También están los que siempre tienen un plan B, los que creen que no hay nadie irremplazable y se ubican por encima de cualquier relación. Ellos transitan el mal de amores con mayor soltura, entienden que nada dura para siempre y que todo en la vida tiene su fin. Hacen todo lo posible para estar mejor que antes, renacen con cada ruptura y, sin prurito alguno, reconocen lo que aprendieron en cada relación.

Los amores imposibles, los amores abandónicos, los amores insoportablemente presentes y aquellos que nos acompañan a estar solos, todos, constituyen esa irrefrenable epidemia que nos contagió en algún momento de nuestras vidas y que si no lo hizo todavía, lo hará. Al mal de amores, como a la curiosidad, uno debe aceptarlo.

 Juan Gerardi – De la redacción

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