Parecía el relato de Fierro. Algo de gauchesco había en esos espacios en blanco, en la brevedad de lo narrado. En lo escueto, en el sorteo de la muerte. La ambigüedad y la duda quisieron asegurarse regalando la anécdota al terreno de la literatura. Martín Kohan se mete entre aquellas palabras de Calamaro y entre algunas incertidumbres más, encuentra alguna respuesta. (Joaquín Correa –responsable de sección)

No sería el único crimen que cometió Andrés Calamaro. Recuerde, el que lo haya olvidado, lo que hizo con aquellos tangos, sin sentir mayor piedad. Dijo ahora, o escribió, que además una vez mató a un yonqui, en algún lugar de Madrid. Así dijo, y con jactancia. ¿Acaso no nos dimos cuenta, no vimos de lo que era capaz? Lo mató y lo comunicó en un tuit, le bastaron 140 letras. La noticia corrió por la red como si fuera la sangre del yonqui.

Avisado del efecto de espanto, Calamaro se apuró a corregir y a impartir una lección de lectura. Según él entendimos mal, lo suyo fue nomás literatura. No sería la primera vez que alguien dice “literatura” cuando quiere decir que mintió. Pero, ¿qué clase de literatura es ésta, de una frase tan corta y tan simple? Sin embargo Calamaro, el escritor, no pudo resignarse a no ser ese otro Calamaro, el asesino, que a todas luces le gustó.  Entonces se volvió a retractar y optó por una salida ambigua: dejarnos con la duda para siempre, con la espina clavada como quien dice, de si mató o no mató a aquel yonqui, de si obró mal y después escribió, o si solamente escribió mal, y eso sin haber obrado.

Andrés Calamaro aclaró que ni tan siquiera su madre puede saber a ciencia cierta cuándo él está hablando en serio y cuándo no. Lo dijo, según parece, para que aprendamos a soportar la incertidumbre, y no vayamos a molestar a esa pobre señora con preguntas fastidiosas, que por otra parte no sabría responder.

 Martín Kohan –Columnista invitado

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