La apertura de Palabras transitorias a columnistas invitados siempre trae una grata sorpresa que se debe a varios motivos. Entre ellos podemos enumerar la adopción de un punto de vista diferente sobre un film por todos “archiconocido”(lo que a veces genera algún que otro debate), la elección de un determinado director/actor como objeto de reivindicación y puesta en valor de su trayectoria, o llegado el caso, el planteamiento de un tema o elección de un film por nosotros desconocido pero que el columnista conoce con creces. Ésa es la invitación que nuestra columnista de este mes –María Noelia Ibáñez- nos hace; acercarnos al documental chileno al calor del proceso histórico al otro lado de la cordillera. Nos parecía sugestivo ofrecerles esta vez el abordaje de un género fílmico que es muchas veces menospreciado (dada la complejidad de su tratamiento) pero no por ello menos interesante. (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección)

 “Nace desde el pie”, como canta Alfredo Zitarrosa, asume el viento del Pacífico, la sangre del minero y la vida cotidiana de los campesinos. Es el cine documental chileno forjado en las entrañas de la Universidad de Chile, poco antes de la Revolución Cubana y en medio del ardor de la Guerra Fría. Nace como el cine experimental universitario donde nombres como Miguel Littín, Sergio Bravo o Pedro Chaskel, comenzaban a dar sus pasos a la sombra de las salas llenas por el cine estadounidense (desde ya no se discute aquí si el cine del norte es bueno o malo, sencillamente siempre fue capaz de socavar al cine local).

La cámara subjetiva recorre la historia del cine documental chileno, entrando en la piel y los sentimientos de los protagonistas, los espacios, las delimitaciones, los hechos, la narrativa escénica forjada en la realidad misma, sin maquillajes, con el montaje de los surcos del pasado y del presente de cada filmación. La lentitud de la cámara en El chacal de Nahueltoro de Littín (1968) de a ratos nos impregna en la desesperación del protagonista, en la soledad de las víctimas y la agreste latitud del tiempo y la geografía, incapaz de haber evitado los asesinatos e incapaz de dar una respuesta que no sea la capacidad de comprensión, más allá de la condena judicial.  La cámara subjetiva sigue caminando por la cordillera, recogiendo las obras colectivas que dibujan el paisaje realista de la cultura y la identidad chilenas, su música (Violeta Parra), su poesía (Víctor Jara). Es decir, el intento de dar vuelta el mapa para mostrar al mundo la cultura latinoamericana. Y es esta entraña chilena donde nace también lo que podíamos llamar el neorrealismo chileno, con Aborto (1965) de Chaskel, donde se compagina una suerte de documental ficcional, focalizado en los problemas sociales urgentes del proceso histórico latinoamericano.

La política avanza en todos sus frentes, lo artístico es una lírica combativa en toda Latinoamérica. Nos sumergimos ya en los setenta, esperanzados y frustrados, guerrilleros y encadenados, pacifistas y tercermundistas. Chile no es ajeno, sino protagonista de un proceso único en medio del fervor de las armas: la construcción de la vía al socialismo con la Unidad Popular encabezada por Salvador Allende. Las masas arden, la calle advierte el protagonismo del pueblo, ya no de los líderes, y esto es también advertido y elaborado por el cine documental – experimental. De este grupo surgirán los documentales y colaboraciones directas con la llegada al gobierno de Allende, en 1971. Nos quedará en la mirada colectiva la “memoria obstinada” de Patricio Guzmán, militante y director cinematográfico que habrá de construir el más valioso testimonio directo de aquellos momentos con su trilogía La batalla de Chile, la lucha de un pueblo sin armas. En la primera parte, “La insurrección de la burguesía”, Guzmán nos muestra cómo la oposición al gobierno de la Unidad Popular emprende su lucha burguesa contra el poder popular. El director, además de mostrarnos los hechos en el momento en que estaban ocurriendo, recurre a entrevistas diversas con la gente en la calle.

El valor documental de estos hechos, por lo tanto, radica en la contundencia con que está expuesta la realidad, a modo de una ficción guiñada pero que sabemos conscientemente que es una realidad captada en directo. La cámara se mueve según la implicancia más fuerte o más significativa de las palabras y los gestos. Aunque conozcamos el final de la historia, el hilo conductor narrativo comprende una situación de espera intrigante acerca de lo que va a suceder, guiada por la voz del propio director pero cuya narración es llevada adelante por los protagonistas, o, al menos por buena parte de ellos. “Ellos” precisamente constituyen sujetos colectivos, que presentan mayor importancia que los sujetos individuales, tanto en lo referido a la masa popular que busca sostener al gobierno de Allende como a quienes buscan derrocarlo.

 

Guzmán es el resultado de un proceso comenzado con el cine experimental, que agudiza sus sentidos en el cine de expresión social y militante, un cine que denuncia las atrocidades de la dictadura puertas afuera de Chile, pero que queda en la memoria y en la historia eternamente y se constituye en una herramienta maravillosa para la investigación en torno a cualquier disciplina de las ciencias humanas y sociales.

María Noelia Ibañez – Columnista invitada

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