Callejuelas de adoquín, luces tenues de farol y un gran muro rodean al predio del Cementerio de la Recoleta. Desde fuera, nada de particular. Pero en su interior, reúne las condiciones necesarias para convertirse en el atractivo turístico más destacado de este barrio paquete de la Capital. Los turistas europeos y orientales entran emocionados, y las lentes de las cámaras fotográficas se llenan de inmensas imágenes sagradas y delicadas construcciones logradas por escultores de la talla de Lola Mora, Troyano Troiani y Giulio Monteverse, entre otros.

Debe ser uno de los pocos cementerios donde no se vive el clima típico de cementerio. Es decir, uno no se siente apesadumbrado; no pesa ese aire negativo común en estos lugares sacros. Y es así gracias a estas visitas ajenas que no llegan por el duelo de un pariente, sino por mero atractivo. El Cementerio de la Recoleta, fundado allá por 1822, se ha convertido en un punto más del tour porteño, donde no sólo figuran renombrados personajes de la historia política Argentina, sino también leyendas urbanas sobre almas desveladas y amores profanados…

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El pasillo principal nos conduce directamente a la imponente tumba de Aramburu. Para algunos, esta disposición habla mucho del barrio en el que estamos. La señora de Recoleta no tendría pruritos en reconocerlo. Ninguna negaría su patente “gorilismo”. Pero, esta tumba nada dice para los turistas que poco se interesan por uno de los militares cabecillas de la Libertadora, y en cambio, si se muestran profundamente ansiosos por conocer el lugar de reposo de Evita. Así la paradoja. La misma señora paqueta, a falta de guías turísticos oficia como tal en el camino al panteón de la familia Duarte: para nada suntuoso, para nada llamativo (eran otros tiempos del peronismo se ve!!!) casi pasa desapercibido entre la magníficas obras arquitectónicas que lo rodean.

Eva descansa entre gente que la despreció. Pero, a decir verdad, ese sentimiento fue mutuo…

Antes de perdernos entre los pasillos volvemos por la callecita principal y encaramos hasta los lindes de la necrópolis. Allí presenciamos una clase de historia; 25 presidentes constitucionales y 4 gobernadores de factos, 100 gobernadores provinciales, así como héroes de la independencia descansan entre otros tantos ilustres personajes de la vida nacional. Nuestro pasado descansando entre flashes.

El sepulcro colectivo de los radicales históricos, los “Revolucionarios del Parque”, justo está siendo reparado, como un intento para que no caigan en el olvido; allí descansan Leandro N. Alem, Hipólito Yrigoyen, y Arturo Illia. La particularidad es que Alfonsín no se encuentra entre ellos; está en un mausoleo moderno, alejado de sus copartidarios y de la historia del viejo radicalismo.

También se encuentran entre los destacados de la política, Manuel Quintana y Figueroa Alcorta, así como también Adolfo Alsina, Pueyrredón y el General Lavalle, entre tantos otros que merecerían ser nombrados y relatadas sus historias.

Y justamente entre tantos personajes ilustres, no podemos obviar la presencia de una oveja negra de la Capital: Ramón Falcón, destacado policía de principios del siglo xx, que a fuerza de mano dura se ganó el prestigio de “mata obreros” allá por 1909. El imponente sepulcro donde yace entre laureles lleva inscripto en aerosol el nombre de Radowitzky, el joven anarquista que lo ajustició en nombre de todas sus víctimas, y que se niega a desaparecer como fiel reflejo de los reclamos de la clase obrera ante las injusticias sociales y los abusos de poder.

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La tarde se apaga lentamente mientras seguimos recorriendo los pasillos angostos. Y las leyendas de los “pobladores” de la vieja necrópolis empiezan a brotar de entre las sombras de las esculturas, como las raíces entre los adoquines gastados por los años. El sepulcro de Rufina Cambaceres (hija de Eugenio) se presenta de repente; como aquella vez, cuando en su cumpleaños número 19 su mejor amiga le reveló un secreto que le rompería el corazón. Su novio era también amante de su madre! Se rumorea también, como una de esas historias paralelas, que la Dama de Blanco sufrió un ataque de epilepsia y por error se le dio entierro al considerarla muerta. Pero la joven despertó y ante la desesperación de no poder salir del ataúd, murió de un paro al corazón. El mito del fantasma de Rufina recorriendo el cementerio comenzó a propagarse y hasta hay declaraciones de gente muy convencida que lo asevera. Para coronar la historia, la escultura en su lugar de descanso la muestra de pie, aferrada al picaporte de una puerta, como intentado salir, entre sollozos.

Otras historias de amores trágicos son equiparables a la de Rufina. Como la de la niña Luz María García Velloso que a los 15 años murió de leucemia. Y el desconsuelo de esta muerte prematura, llevó a la madre a pedir el favor de los guardas del cementerio para que la dejaran dormir, todas las noches, junto al sepulcro de su hija. O la aún más asombrosa disputa conyugal que se plasmó a perpetuidad colocando de espaldas! los bustos de la pareja que en vida no se habló por más de 30 años. La particular disposición del mausoleo de Salvador María del Carril (Gobernador de San Juan y enemigo acérrimo de Dorrego) y su esposa fue estipulada por testamento, como una especie de “desunión hasta en la muerte”.

Pero la historia más digna seguramente la encarna David Alleno, sepulturero del cementerio. Un tipo que sabía lo que quería. Luego de años de trabajo, con sus ahorros meticulosamente cuidados, se hizo erigir su propio mausoleo donde se lo representa con sus herramientas de trabajo. Cuando la obra escultórica fue finalizada, se quitó la vida, ansioso por darle uso y cumplir su sueño de descansar en el más viejo de los cementerios porteños. Ahí donde había trabajado, fue donde deseó su último descanso…

Joaquín Marcos – De la redacción

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