En materia televisiva no existe una clave del éxito, una fórmula estandarizada y universal que los productores guarden como el bien más preciado. Si prestamos atención, incluso, para la crítica es más fácil explicar un fracaso; pues lo que está mal se destaca con mayor notoriedad por sobre lo que está bien. A veces las cosas simplemente suceden y una serie pensada para una temporada permanece en el aire ininterrumpidamente a lo largo de los años.

A juzgar por la previsible trama esbozada en el primer capítulo,  Graduados pudo haber sido un fracaso rotundo.  Nadie aventuraba, ni siquiera sus protagonistas, que llegarían a liderar el rating como el programa más visto de la pantalla chica. Sin embargo, el boom “ochentoso” no es ni remotamente casual. Se basa en el trabajo constante de una inteligente producción que refuerza semana a semana un género bastante trillado como el de la comedia romántica, teniendo en cuenta que las novelas de mayor audiencia de los últimos tiempos transitaron por caminos oscuros y complejos. Graduados tiene la capacidad de evocar una época tan importante para los argentinos, se la mire desde el punto en que se la mire, como la que cobijó el regreso de la democracia. La música, la ropa, los íconos televisivos que sobrevivieron a la década y prosperaron en los noventas, los espacios comunes que están en el ideario de los argentinos; todo contribuye a que revivamos esos momentos con lo mejor que tuvieron, que los disfrutemos como parte de nuestra historia personal.

Graduados cuenta la historia de un grupo de ex compañeros de colegio, como el que tenemos cada uno de nosotros, que se rencuentran después de veinte años para descubrir que aún tienen mucho por resolver. Un secreto se vislumbra desde el primer capítulo, Loly, interpretada por Nancy Dupláa, en su noche de graduación tuvo un encuentro sexual casual con Andy, el genial Daniel Hendler, motivado por el engaño de Pablo “Pichila” Cataño, Luciano Cáceres. Como resultado de ese encuentro Loly quedó embarazada. Pablo, como el novio oficial de Loly, se tuvo que casar obligatoriamente con ella, por otro lado, con un suegro como Clemente Falsini no podía hacer otra cosa. Las sospechas de Loly acerca de la paternidad de Martín, su hijo, permanecieron ocultas hasta que Andy volvió a su vida. A partir de allí, los grupos comenzaron a vincularse nuevamente y las relaciones entre ellos dieron rienda suelta a una trama que se vislumbra poco a poco.

La historia de amores acompañada por episodios de humor desopilantes desarrollados por Tuca, el genial Mex, personaje libidinoso obsesionado por conseguir “chicas”. Otro tanto corresponde a los padres de Andy, Elías Goddzer y Dana Blatt, Mirta Busneli y Roberto Carnaghi respectivamente, quienes representan al estereotipo de matrimonio judío. Una madre sobreprotectora que soluciona las alegrías y tristezas con comida, que no puede dejar de intervenir en la vida de sus hijos culpando  de todo lo que sucede a la inacción del padre. Por su parte, Clemente Falsini, Juan Leyrado, el padre de Loly, es el dueño de Mac Can, una empresa de alimentos para perros en la que trabaja una esbelta Isabel Macedo, la bella Patricia que en realidad es la perturbada Jimena, una compañera de los graduados, que cambió su aspecto sólo para buscar venganza entre quienes le hicieron sufrir la peor adolescencia.

Para los fieles seguidores seguramente estoy cometiendo una falta imperdonable al no mencionar a la que, sin lugar a dudas, va ser la actriz revelación de los próximos premios Martín  Fierro, Paola Barrientos. Vicki Lauria es la mejor amiga de Loly, la nerd del curso, la verborrágica doctora en psiquiatría que no conoce el significado del secreto profesional. Es la que intenta contener y aconsejar al grupo, aunque ella vive constantemente desbordada.

Graduados tiene una extraordinaria capacidad para narrar temas absolutamente verosímiles junto a exageraciones poco probables. La producción maneja como ninguna otra los efectos de pantalla. Los flashback se convirtieron en un recurso que limitó los golpes de timón producidos por el canal de la competencia. La gente se reúne para recordar a feliz domingo, aunque ya nadie mire un programa de Silvio Soldán en cable, la fiesta de egresados, el viaje a Bariloche o la visita al mítico Italpark.  A Graduados le va bien porque es una historia que no abusa del ritmo apesadumbrado que poseen las actuaciones cuando los personajes tienen que rebatir esa guerra entre el sigue y el detente en el que se basa la indecisión. Las cosas se suceden porque hay causantes concretas y no por simples estados de ánimo. Además, es justo decirlo, existe una intención general en el medio televisivo para que a Graduados le vaya bien, en parte, como una reacción, que encuentra cada vez más adherentes, en contra de la máquina aparentemente infranqueable de Marcelo Tinelli y sus programas satélites.

Los personajes son fieles a sus ideales. El inseparable grupo de Andy, Vero, interpretada por Julieta Ortega, y Tuca defiende a ultranza el valor de la amistad y la libertad de no pertenecer al sistema. La música que acompaña a las imágenes nos sitúa constantemente en lo mejor del rock nacional e internacional. Temas como: “corazón delator”, de Soda Stéreo, “Yo te avise”, “Amor descartable”, “Extraño ser”, “The power of love”, “It’s my life”, “Beat it”, entre tantos otros clásicos, complementan la experiencia del revival. Como en la escuela, en este programa, el grupo de los cancheros y niñas lindas, los independientes, los tragas y excluidos son personas con sus contradicciones, sus sufrimientos y sus esperanzas. Cuando la adolescencia se lleva consigo todo aquello que los diferencia, comienzan a darse cuenta que en realidad están muy cerca unos de otros.

Juan Gerardi – De la redacción.

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