Siempre alegran las palabras de Juan y sus textos interpelan. Aquí se las agarra con la última de Trapero, con un ojo súper analítico y bien entrenado. Verán qué le incomoda, qué le molesta del film protagonizado por Darín. Con una obsesión casi antropológica desnuda las posibilidades discursivas (aquí fílmicas) de retratar un mundo que nos es ajeno. A Trapero, a Juan y a casi la mayoría de nosotros; aquellos que conformamos los “de afuera”. (Benjamín M. Rodríguez –responsable de sección)

Elefante blanco es la última película del director Pablo Trapero, que intenta abordar la cruda realidad de la vida en las villas miseria de Buenos Aires y el trabajo desarrollado allí por los llamados “curas villeros”. Su nombre hace referencia a un edificio gigante proyectado por Alfredo Palacios en 1937 para la construcción de un hospital, que sin embargo quedó a medio construir (retomado para la construcción de un complejo habitacional) y fue abandonado varias veces, producto de los avatares de la historia política argentina.

La película intenta abarcar demasiados puntos, a mi modo de ver, sin profundizar ninguno, lo que hace que sólo queden enunciados cada uno de ellos: la opción por los pobres de los curas villeros, para desarrollar su trabajo asistencial/concientizador, y las disputas con la jerarquía eclesiástica, la violencia entre facciones de narcos (al estilo Ciudad de dios pero demasiado acotado y sin tanto vuelo) por el control territorial de venta de paco, el celibato, la pobreza estructural, la marginalidad, la organización y resistencia villera a las promesas incumplidas, la represión y el gatillo fácil, etc.

Cada una de las temáticas por separado posibilita hacer toda una película, y por ello quiero aquí centrarme solamente en una: cómo muestra el film la relación entre curas/trabajadores sociales y los pobladores de las villas.

Para explicarnos el origen de esta tensa relación, debemos decir que la película remite varias veces a la imagen del Padre Mujica (1) (quien en otro contexto totalmente diferente insertó su trabajo con los más pobres), presente como recuerdo en las misas de los padres villeros y en la memoria de los habitantes más viejos de la villa, transmitida a los más jóvenes que allí viven. Sin embargo, hay al menos tres escenas en las que el director representa claramente su idea sobre esta relación. La primera escena tiene que ver con un enfrentamiento entre las facciones de narcos que deja como saldo la muerte de un integrante de ellas seguido de la apropiación de ese cadáver. El sufrimiento de la madre del muerto ante no poder dar una despedida a su hijo lleva al cura francés a entrometerse en la interna narco como forma de conciliación (desobedeciendo las directivas del párroco -Darín-), logrando restituir los restos a su madre. La acción del cura se presenta como un acto heroico al meterse en uno de los “aguantaderos” narcos de la villa, y negociar con éstos la devolución del cuerpo a su madre y el compromiso de una tregua entre las facciones enfrentadas.

En una segunda escena seleccionada asistimos a la discusión protagonizada entre la joven asistente social y uno de los trabajadores de la obra del “elefante blanco” que también vive en las villas. Los trabajadores luego de no recibir el pago de sus sueldos (de la constructora), ni el material suficiente para la construcción, deciden “parar” sus actividades hasta que se atiendan sus reclamos. Tras conocer la medida la joven increpa al trabajador intentando convencer que las casas son para ellos y que el paro no es más que un auto-boicot, a lo que el trabajador responde con la insatisfacción de sus necesidades diarias.

Finalmente, en la tercera escena observamos la relación entre “los de afuera” y “los de adentro” a pesar de vivir en el mismo lugar, en una fiesta que se celebra luego de la ordenación de uno de los curas y su integración a la parroquia de curas villeros. En la escena se retrata la festividad con cumbia, una buena cantidad de alcohol bebido con “protocolo propio”, el asado preparado en una parrilla artesanal y banderas de Argentina que flamean junto a la de distintos países (Paraguay, Bolivia y Perú) dando cuenta de la presencia de la inmigración en las villas. Allí tanto los curas y los trabajadores sociales parecen mimetizarse con los pobladores de la villa o al menos eso es lo que intenta mostrar la película.

La escena primera nos muestra en la relación entre el cura y los narcos una mediación (la del cura francés), en un mundo caótico primado por la violencia e incapaz de resolverse a partir de sí mismo o a través de las “leyes” propias que se manejan en el ámbito de la villa. Por lo tanto el cura representa no solo la moral equilibrada, sino el razonamiento, la cordura, el sentido común y todos los valores de los que carecen los narcos, que también son habitantes de la villa.

En la segunda escena vemos repetir la misma fórmula. La asistente social es quien organiza este mundo villero caótico, ocupándose de todo: desde el registro de los futuros habitantes del elefante blanco, la concientización de los trabajadores y futuros pobladores de la villa, que no son capaces de trabajar en beneficio propio y tampoco en la organización en las posteriores manifestaciones de protesta y toma del complejo habitacional.

Por último la escena tercera a pesar de mostrar esa mimetización que señalábamos, centra toda su atención justamente en ese proceso. Los de “afuera” copian, repiten los mismos bailes y consumen la misma cultura y de paso se llevan todo el foco de atención de la cámara, mientras los de “adentro”, que son los principales productores de la cultura quedan casi como escenografía.

No es sencilla una representación del mundo en las villas, ni de la voz subalterna: no es un problema sólo de los cineastas, mucho menos del buen director Trapero, ni de que sus principales actores no sean “villeros” reales. Tampoco bastaría poner una cámara o varias cámaras en la villa para que su cotidianidad se representara por sí sola (¿acaso esta opción no es la que sigue el estigmatizador más grande de las villas: Rolando Graña?). El problema no sólo se le ha presentado al cine, sino también a la literatura. Hace ya muchos años Gayatri Spivac lanzó la polémica pregunta de si “¿puede hablar el subalterno?”, para responder (por cierto mucho más polémicamente) que esto era discursivamente imposible. Mucha agua ha pasado bajo el puente desde las palabras de Spivac sobre la voz de los subalternos. Lo que sí no deja de entristecernos es la imposibilidad de preguntarle al Padre Mujica sobre Trapero y sobre todos estos temas. Seguramente hubiera sido mucho más enriquecedor y productivo que leer a un opinólogo más de los de “afuera”.

Juan José Cassanelli –Columnista invitado

 

(1) Carlos Mugica (1930-1974), cuyo nombre completo era Carlos Francisco Sergio Mugica Echagüe, fue un sacerdote argentino vinculado al Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo y a las luchas populares de la Argentina de las décadas de 1960 y 1970. La mayor parte de su labor comunitaria tomó lugar en la Villa de Retiro, que extraoficialmente lleva su nombre. Fue el fundador de la parroquia Cristo Obrero. Murió asesinado a balazos, inmediatamente después de celebrar misa en la iglesia de San Francisco Solano, en Villa Luro. El crimen se atribuyó a la organización de derecha conocida como Alianza Anticomunista Argentina, aunque judicialmente jamás fue esclarecido.

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