A las 10.50 del viernes 19 de Mayo de 1972 el cuerpo de José Alberto Iglesias es hallado sin vida en las vías del Ferrocarril San Martín. Un tren lo habría pasado por arriba, aunque no se conoce a ciencia cierta el hecho en sí. Para algunos, la policía lo llevó hacía el lugar y fue empujado. Otros piensan que al estar escapando de las mismas fuerzas, cruzó las vías y no se percató de la llegada del tren. Para los más convencidos, iba fumando en el fuelle entre la unión de los vagones y se quedo dormido, cayendo sobre las vías, muriendo al instante.

Con tan solo 26 años, la corta vida de José Alberto… bueno… en realidad de Tanguito, como lo conocía todo el mundo -o Ramsés VII, Donovan o el que se le ocurriera en el momento-, fue eclipsada por la leyenda debido a su prematura muerte. Como sabemos, con el tiempo los relatos póstumos se vuelven historias épicas, y van construyendo una identidad un tanto mítica y un tanto real. Pero la de Tanguito es una historia narrada íntegramente desde lo mítico.

Los que crecimos con Tango Feroz, nos acostumbramos a asimilarlo con el personaje de Fernán Mirás. Y en cierto modo, el subtítulo de la película: “la leyenda de Tanguito”, explica la imagen que nos construimos.

 

Desgranando el film de Marcelo Piñeyro, encontramos lugares, personas, situaciones muy aisladas, que nos permiten entrever una realidad mucho más palpable de la vida de este personaje del rock local. Personaje que nadie incluiría en la palestra de los grandes músicos nacionales. Quizás, en parte, porque nunca se rescató su legado musical y personal. Ni siquiera en la nombrada película se utiliza su escueta discografía.

Por eso rescatar, por ejemplo, la coautoría -con Littto Nebbia- del tema La Balsa no es cosa menor, si es que se nos permite considerarlo el himno del rock argentino.

La historia de este tipo es singular y atrapante. Tiene su pequeño lugar en el relato de la “historia del rock nacional”: fue parte de ese grupo de jóvenes que frecuentaban La Cueva, junto con Sandro, Javier Martínez (Manal), Moris, Pajarito Zaguri o Miguel Abuelo entre otros; de los cuales se nutría y a la vez influenciaba. Mientras que en las trasnoches porteñas, en el baño de la Perla del Once se compartían los temas nuevos y nacían los acordes de las futuras canciones. Se pateaba sin rumbo la calle, copando lugares de moda o cayendo en casas de amigos.

Aunque Tanguito preferiría pasar sus horas en Plaza Francia, rodeado de los adolescentes hippies escapados de sus casas que lo idolatraban y seguían como a un mesías. Camino que no transitaron los compañeros de La Cueva, ya que se estaban enfocando profesionalmente en sus carreras musicales –léase Javier Martínez, Moris, Nebbia-. El grupo de los “náufragos” comenzó a cambiar. Las influencias de Tanguito también.

El afán de no respetar las pautas culturales vigentes llevó a este grupito de la plaza a ingerir medicamentos para no dormir, cuestión de pasar tres o cuatro días despiertos como lo hacían los que estudiaban en la facultad, transitando la ciudad en busca de un lugar donde comer y componer.

Junto a las anfetaminas, llegaron los pinchazos. El retorno ya era imposible. Su presencia pública comenzó a disgustar a las autoridades, lo que le valió arrestos y cortes de pelo varios; quebrantando poco a poco su personalidad.

Pero verdaderamente, lo más significativo será su paso por el Borda. Usado como conejillo de pruebas, los electroshocks minaron su persona, pero no le impidieron tomar una última elección. Escapó del nosocomio la madrugada del 19 de mayo de 1972. A las 10.50 su cuerpo era encontrado sin vida. Ningún medio levantó la noticia.

 

Al realizarse la película no se priorizó el relato de la gente que lo conoció, que lo entendía y que convivió con él. Y “se optó por recrear la leyenda, y no la vida real de Tanquito”, como expresa Victor Pintos en su libro Tanquito, la verdadera historia. Libro que expone -dejando de lado el estilo narrativo- los reportajes realizados con esa gente que lo tuvo cerca. Entrecruzando comentarios contrapuestos y debelando esas contradicciones y olvidos que la memoria siempre nos produce. Buscando siempre un relato fidedigno de la singular y apasionada vida de José Alberto Iglesias.

Joaquín Marcos – De la redacción

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