Y si, un día llegó la bella Vane de la tierra del koala y nos contó cómo era vivir y trabajar en el campo, convivir con gente de Corea y experimentar una vida en el “país donde todo es gigante” como ella misma nos lo describió. Vieja amiga y compañera de aventuras, Vanesa Rodaro se animó a escribir su experiencia y compartirla con nosotros. La bella y hippie Vane se fue a recorrer el mundo y esto es lo que nos dejó en claro: paz y amor amigos!.(María Laura Mazzoni, de la redacción)

Queridos  Salieris: soy Vanesa, una reciente Profesora de Historia invitada por mis amigos escritores a compartir unas líneas de mi paso por Oceanía, ya que siempre me ha gustado mucho viajar, y una vez entendido que la rebeldía adolescente anti-yankie me estaba imposibilitando la comunicación -y con ello el aprendizaje que la gente va dejando en los caminos-, decidí aprender inglés y, gracias a mi pasaporte italiano, conseguí una visa por un año en Australia, país que poco conocía y que me sorprendió gratamente.

Resultó que esta isla gigante contenía la mayor circulación de culturas que jamás haya visto en mi vida…un ir y venir alocado de personajes y colores que se mixturan entre sí, moldeando un territorio hecho por nosotros, forasteros en movimiento, donde el inglés mal hablado es la moneda corriente y único puente para sentirse parte de algo, aunque no se sepa bien de qué.

Si bien es cierto que dadas las circunstancias geográficas en Australia el peso asiático es mayor que en cualquier otro país occidental, uno logra comprender en la interacción cuan abarcativo y cuanto contraste reduce ese mundo, aunque se los quiera hilar con estereotipos, erróneos en su mayoría.

Sea cual sea la razón, casualidades o causalidades del destino, el viaje me fue acercando a la descocida República de Corea, y tal es así que cuando finalmente decidí irme a trabajar por tres meses al campo para poder acceder a un segundo año de visado, no dudé siquiera un momento en aceptar la ayuda que me ofreció mi amigo Jaegeun Hwang, (apodado Robin), e izando la mochila una vez más, me fui al pequeño pueblo de Bundaberg, en el territorio de Queensland, a convivir por ese lapso de tiempo a una casa de residentes coreanos.

 

Siendo que Corea es el único territorio que continuó dividido una vez finalizada la Guerra Fría, ambas fracciones invirtieron el sufrimiento hasta transformarlo en rabia y así, fortalecer un aparato militar capaz de salvaguardar cualquier tipo de amenaza que viniera de su vecino, antes hermano, ahora enemigo.

Tal es así que los jóvenes de la República de Corea del Sur tienen la obligación de cumplir por dos años un estricto servicio militar, prometiendo, además, lealtad a su patria durante los siete años posteriores.

No es casualidad entonces que en las estancias australianas se prefieran a los “Korean machines” para las cosechas de su producción, ya que son personas que simplemente no sienten cansancio, o si lo sienten, no lo transmiten y allí siguen, a un ritmo casi automatizado.

Entre este deseado grupo de super trabajadores vine a parar yo, la “blonde girl”, siguiendo como podía su ritmo, entre mandarinas, zucchinis y tomates. Una vez finalizada la extenuante jornada laboral, caminaba con mis botas embarradas frente a la fábrica empaquetadora, donde estaba el resto de los “working holiday europeos”, haciendo el trabajo de “chequear y embalar” la calidad de los productos que nosotros, “los asiáticos”,  habíamos recolectado hacía un momento atrás.

Las injusticias y la discriminación generan impotencia en cualquiera de los ámbitos, pero para mí significaba aún más, porque vivir con los coreanos fue una de las experiencias más hermosas que tuve en mi vida, y aprendí a quererlos como se quiere a una familia.

Con el  afán de mejorar mi inglés, había encontrado en la biblioteca del pueblo un libro de historietas llamado “Korea Unmasked”, donde se le explicaba al mundo occidental la particularidad de la idiosincrasia coreana. Desde la tierna comparación de las distintas medidas de los palillos coreanos, chinos y japoneses, hasta una impecable comparación con los Balcanes en cuanto a la repercusión política que tiene habitar en una península, así como la fortaleza que genera levantarse una y otra vez de la guerra y el hambre, me permitían comprender el porqué de la “hermandad” que reinaba en mi hogar, la solidaridad sin límites, como si el sentido de privacidad no fuera una virtud sino un defecto. Así pasaba mis días con ellos, caminando descalza como corresponde, en una casa tan limpia como cálida, amando el arroz, disfrutando del silencio compartido a la hora de ir a pescar nuestro alimento, observando la  infinidad de prismas que existen para ver una realidad, y comprendiendo que lo que nos hermana a los latinos, es el enemigo en común, no compartido por el resto del mundo como creía.

Y mientras al fin fueron mis manos las que me enseñaban cuál es la realidad campesina, pude levantar más alta mi frente al pertenecer a este sector de la producción, el del trabajo sucio, el del asiático explotado, porque hoy pasar por la caja de un supermercado coreano no me resulta sólo un trámite, sino que me permite ver que el “crisol de razas” que nos caracterizó una vez no se quedó en el siglo XIX, sino que todavía tenemos la maravillosa oportunidad de aprender del otro, aunque imagino que en un principio, deberíamos considerarnos como iguales para poder, al fin, apreciar la diferencia.

Vanesa Rodaro – Columnista invitada

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