Existen personas que logran llamar nuestra atención por la forma irreverente en que dicen las cosas. Personas que tienen esa capacidad de comunicarse sin rodeos ni metáforas, sin florituras ni ornamentos. Algunas de esas personas pueden ser irritantes, otras, en una proporción no menor, son reveladoras. Dicen lo que piensan sin más, porque es una forma de execrar lo que pone a prueba su delicada paciencia. Lucia Onírica Martin es una de esas personas, directa, frontal, provocadora y sincera, por ello, no menos irritante o reveladora, según sus lectores de Facebook o de  algún que otro blog que llevó adelante. En esta nota, con un estilo similar, pero profundamente más interesante al de la Tana Ferro, personaje de la película Un novio para mi mujer, con quien yo la comparé alguna vez,  nos comenta de un modo personal qué le pasa con el silencio, con aquello que lo opaca, que lo interrumpe. (Juan Gerardi – Responsable de Sección)

 

¿Por qué tenemos esa necesidad de opacar los ruidos  de la vida con música o televisión? ¿Por qué será que no podemos ir a un cumpleaños sin  tener que escuchar esa música errática, mal hecha, monótona y en un volumen más que excesivo de fondo?

En casa solía quedar el televisor eternamente prendido.  Hasta que un día lo apagas y ahí vuelve… el silencio.  El silencio que decide dejar de serlo cuando realmente debe y quiere: el motor de la heladera, un perro que ladra afuera, tal vez el timbre o el teléfono siempre están ahí para acallarlo.  Me atrevo a afirmar que el silencio es más sabio que nosotros. Él debería decidir  cuando dejar de serlo y no deponer en manos de  nuestra idiotez la decisión de interrumpirlo.

 Nadie dice que este mal poner música, prender la tele, escuchar la radio, cantar en la ducha, tocar la bocina de forma obsesiva,  como lo hacen todos los aficionados a tocar la bocina. El tema es cuando se vuelve una constante…  cuando la persona no puede vivir si no tiene un aparato que lo acompañe. A veces se vuelve grupal el asunto. Esto es bastante común, la gente se junta a escuchar música berreta del momento, con los parlantes al tope y a hablarse a los gritos sobre lo buena que está esa fantástica música berreta del momento.  Las familias se reúnen a la mesa para almorzar y el televisor esta ahí siempre prendido, tal vez ni lo miran, pero entonces ¿por qué esta prendido? Tiene que haber algo prendido mientras comemos, tiene que haber algo prendido mientras hablamos, tiene que haber algo prendido mientras estamos en nuestras casas, tiene que haber algo prendido mientras trabajamos, tenemos que tener algo prendido mientras manejamos.

Se ha perdido tanto el valor del  silencio, el valor de estar cómodos con alguien y no con algo, que no  podemos apreciarlo. Es tan difícil permanecer a gusto en nuestra casa sin  encender ningún aparato para poder estar allí. Poder estar en una sala de espera de alguna clínica careta, sin tener que escuchar y ver un plasma de 98 pulgadas que nos pasa “LA PELU”. Cuando, por lo menos a mi, me gustaría más, disfrutar de alguna brisa que se escape por la ventana,  hojear  una revista, de alguna puerta que se abre, los apellidos con voz fuerte y clara. El hecho de poder sentir la esencia de un lugar por sus sonidos.

Siempre hay momentos en los que el relleno es necesario. No se puede caminar por el centro sin un Mp3 que nos rescate del vendedor ambulante,  del que habla a los gritos con su acompañante, del tráfico y sus protagonistas. El tema es cuando esto se vuelve  un chicle mediático destinado a permanecer constantemente en la boca,  más allá de haber perdido el sabor hace ya varias décadas. ¿Por qué?

Qué tengo que pensar de quién en su casa lo único que escucha es el televisor o la música. Se pierden tantas cosas. En mi caso, se perdería el ronroneo de mis gatos, el tic tac suavecito de mi reloj, el motorcito del aireador de la pecera, tal vez algún pez escarbando y golpeando el pedregullo del suelo contra los vidrios. Porqué es mejor el televisor que todos estos ruidos, que son los ruidos de nuestra vida. Son los ruidos que nos identifican, que nos posicionan en algún lugar. Sabemos que estamos allí, por lo que escuchamos.

Lucia Onírica Martín – columnista invitada

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