Así como sabemos que nuestra vida está de alguna manera condicionada, debemos también preguntarnos por nuestra muerte. Mientras algunas nos conmueven, otras son naturalizadas. Lo sucedido en el ferrocarril Sarmiento y el asesinato de Mariano Ferreyra motivan a Agustina Vacaroni a pensar cómo opera la naturalización de la muerte. (Alejo Reclusa, de la redacción)

 “El grisú, la silicosis, llamémoslos ‘fatalidades’ si quieren, pero digamos que son fatalidades que les ocurren a ciertos hombres por otros hombres que los explotan y que sacrifican la salud y la vida de los trabajadores en nombre de la productividad. Sin la forma capitalista del trabajo en las minas, los mineros no conocerían la silicosis (…) ¿Homicidio por imprudencia? No, homicidio intencional. Hacían falta estos muertos para que la producción de carbón alcanzara su máximo. El accidente podía ocurrir donde fuera; bastaba un poco de grisú. Pero hacían falta, estaban previstos, formaban parte de esos 80 muertos que representan anualmente (con los heridos, los inválidos y los afectados por silicosis) el triunfo calculado del rendimiento sobre la seguridad. Estos muertos fueron hechos de antemano, en las grandes oficinas, donde se tiene a los obreros por simples máquinas de las cuales es posible servirse hasta que estén gastadas. Les propongo las siguientes conclusiones: El Estado patrón es culpable del asesinato del 4 de Febrero de 1970; la dirección y  los ingenieros responsables de la Fosa 6 son sus ejecutores. En consecuencia son también culpables de  homicidio intencional. Intencionalmente ellos escogen el rendimiento por encima de la seguridad. Es decir que ellos ponen la producción antes que las vidas humanas.”(1) Estas palabras pronunciaba Jean-Paul Sartre en 1970 en un Tribunal popular realizado en Lens, a raíz de la muerte de dieciséis obreros a causa de un estallido en una mina de esa localidad.

El pronunciamiento de Sartre nos llevó, mas bien nos intimó, a reflexionar brevemente sobre la muerte en el capitalismo. Pareciera un tópico inabarcable. En estas líneas no pretendemos agotarlo ni mucho menos, sino sólo reflexionar sobre el mismo, o, para ser más precisos, reflexionar sobre algunas muertes en el capitalismo.

No queremos con esto significar que la muerte de cada una de las personas del mundo está directamente asociada al desarrollo capitalista. Pero sí muchas de ellas; algunas de forma más encubierta, como las enfermedades que mucho tienen que ver con las formas de trabajo, esto es, con las formas en que son explotados los trabajadores; otras más explícitas. Estas últimas son las que, por obvias, el Estado trata de esconder, de matizar y de hacer olvidar. Antes de comenzar, conviene resaltar que entendemos al Estado, con sus contradicciones y matices, como la herramienta ejecutora de los intereses de los capitalistas. En este estudio, estos últimos con comprendidos en sentido amplio como aquellos que poseen los medios de producción.

Volviendo a nuestro tema, entre los ejemplos más resonantes no podemos dejar de mencionar la Masacre de Once, de la cual recientemente se cumplieron seis meses. En esta ocasión el poder político reactualizó aquella tapa de Clarín en 2002 que postulaba que “La crisis causó dos nuevas muertes”. La palabra que utilizaron al momento del choque protagonizado por la línea Sarmiento el 23 de Febrero de 2012 fue “tragedia”. Con esto quisieron referir a un accidente, una fatalidad asociada con el azar, con la imposibilidad de prevención. Así, la ignorancia, la indiferencia consciente, constituyeron el argumento y la táctica que el poder político utilizó para salvar las responsabilidades de funcionarios y empresarios, en concreto de Cirigliano, el capitalista que lleva años recibiendo subsidios estatales que van directamente a su bolsillo.

Otras muertes cuya relación con el capitalismo, ya dijimos, entendemos es obvia, (a falta de una mejor expresión) reflejan otros elementos, ya no relacionados sólo con el encubrimiento, sino con maniobras y estrategias que denotan una defensa de los victimarios, no de las víctimas. Esto es observable a partir del caso del asesinato de Mariano Ferreyra, ocurrido el 20 de Octubre de 2010. El comienzo reciente del juicio a diecisiete imputados, entre ellos, José Pedraza, Secretario General de la Unión Ferroviaria desnuda el traspaso de las tácticas de encubrimiento a las tácticas de defensa que ha puesto en juego el poder político, una vez más, en pos de la defensa del empresariado.

Desde Octubre de 2010 se han sucedido, en diferentes puntos del país, muertes (alrededor de una quincena) en el marco de protestas sociales y políticas, que han sido causadas por la acción estatal, a través de sus fuerzas represivas. Más allá de cualquier análisis sobre el nacionalismo burgués desplegado por el gobierno actual, su crisis política y su desfachatez cuasi popular, lo afirmado en la oración anterior nos lleva a repensar las prácticas estatales siempre tendientes a la construcción de la hegemonía, comprendida como “una condición de la dominación tal que, en la composición orgánica de esta última, la persuasión exceda a la coerción”(2).

En general se entiende que la democracia, en sentido general y refiriéndonos a los sucesos del siglo pasado especialmente constituye, en cierta manera, un éxito en la dominación, en la construcción hegemónica, permitiendo el triunfo del consenso por sobre la represión. Es necesario reparar en que los mencionados elementos poseen una interrelación casi indestructible. En la democracia burguesa y capitalista, la represión sólo hiberna. A esto se suma que existe un asedio de la parafernalia cotidiana de la muerte que, desde los medios de comunicación, contribuye a desarrollar una suerte de resistencia ante la posibilidad de indignarnos, alimentando la indiferencia como actitud privilegiada. Un consenso del horror.

Creemos que no es descabellado afirmar que la muerte en el capitalismo, antes consecuencia del accionar de los aparatos represivos dependientes del Estado, ha pasado a ser un elemento que, en su organicidad, nos permite dilucidar diferentes interrelaciones y conexiones, en el marco más general de la construcción de la hegemonía. Las muertes a las que nos referimos como ejemplos contienen no sólo elementos de coerción, sino que también poseen, en el contexto de su interrelación y utilización con los medios de comunicación, partes de persuasión que tienden a la generación de un consenso, en torno a la naturalización de la muerte, tal como la hemos presentado aquí.

El inicio del juicio a los asesinos de Mariano Ferreyra conforma un momento especial para que reflexionemos sobre esa naturalización y su conexión con las tácticas del Estado en pos de una dominación más eficiente.

 Agustina Vacaroni – Columnista invitada

 

(1) Sartre, J.P. “Primer Tribunal Popular de Lens” en: Alrededor del 68. Situations. VIII. Ed. Losada. Buenos Aires. 1973, pp. 237-244.

(2) Guha, R. “Dominance without Hegemony and its Historiography”. Subaltern Studies VI. Delhi. 1989. Citado en: Mallon, F. “Promesa y dilema de los estudios subalternos: Perspectivas a partir de la Historia Latinoamericana” en: Boletín del Instituto de Investigaciones Argentinas y Americanas “Dr. Emilio Ravignani”. Tercera Serie. Num. 12. II Semestre de 1995.

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