La camioneta zigzaguea y dibuja ochos como una abeja.

Sube y sube, y después baja y baja, hasta que vuelve a subir y a bajar en un bamboleo de nausea.

El Alto Atlas marroquí no da tregua. Si quieren llegar al desierto, parece decir la cordillera norafricana, será sobre mi cadáver de piedra de más de 4 mil metros de altura y curvas y contracurvas sin fin.

La camioneta, un minibús, parece un vehículo de la ONU: adentro hay dos andaluces, una polaca, una inglesa, dos suizos, tres belgas, dos argentinos y un marroquí, en busca de dunas gigantes con camellos. Hay, también, una radio mal sintonizada; un sonido sale por los parlantes como una interferencia, como un quejido. Pero es música, o algo parecido: “Suavementeeeeee”, parece decir el estribillo.

“Suavementeeeee”, dice nomás.

Si sonaba extraño tener que atravesar cumbres nevadas en una camioneta multiétnica para llegar al desierto, hacerlo con Elvis Crespo como cortina por decisión de una FM berebere local definitivamente supera todo lo imaginado.

**************

-Joder macho, ¿este tío de dónde pollas es?

-Es español.

-Yo creo que es francés.

-Españolísimo, pero si habla mejor que nosotros.

El hombre, el joven en cuestión al que se refieren los dos andaluces, habla en inglés con la chica inglesa que viaja en la camioneta, habla en francés con un amigo suyo y con el chofer, y habla en un castellano impecable de manual con ellos dos mientras ellos tratan de desentrañar de qué misteriosas tierras políglotas viene.

-Soy de Suiza. En la escuela hablamos francés y alemán, estudiamos inglés y español,  pero además mi madre es de Valladolid, y el italiano lo aprendí durante la mili, en los Alpes.

Cuenta, además, que tiene 23 años. Será, desde ahora, “El intérprete”.

Y en medio de la nada, a casi diez horas en auto de Marrakech y a menos de 80 kilómetros de la frontera con Argelia, además de un amplio repertorio de idiomas, el suizo cuenta que tiene algo que vale oro en este suelo abstemio: alcohol.

Compró una botella de vino en las afueras de la Medina, cruzando los límites de la muralla que rodea la ciudad vieja en Marrakech, el kilómetro cero de esta excursión.

Sabe que esas botellas son oro puro, aquí y ahora, en el mismísimo traste del mundo.

**************

El chofer dice, o en realidad “El intérprete” dice que el chofer dice, que la ciudad que aparece por las ventanillas es Zagora, la puerta de entrada al Sahara. Atrás -unas cinco horas atrás- quedó la ciudad de Ouarzazate, la versión marroquí de Hollywood, donde se filmaron películas como Gladiador o La última tentación de Cristo. En Ouarzazate, hace exactamente medio siglo, Peter O´Toole fue Lawrence de Arabia.

Aquí, en Zagora, en tanto, llega la hora de abandonar el minibús.

No se ven dunas; no hay médanos a la vista.

Después de más de diez horas de viaje, después de aguantar el mareo y las nauseas por los caminos espiralados de la cordillera, y después de pasar del calor al frío mil veces, sólo se ve un pequeño pueblo: pintoresco, claro, pero sin mucha diferencia con otras villas que aparecían en el camino.

-Más vale que el desierto esté cerca –es el comentario generalizado.

En principio, lo que está cerca es una manada de dromedarios remolones.

-Please, s’il vous plaît- invitan los pobladores locales que oficiarán como guías. Señalan un animal per cápita.

Trepar a un dromedario resulta un poco incómodo, pero más aún lo es mantener el equilibrio cuando el rumiante desértico preferido de los berebere se pone de pie como un subibaja.

Una vez listo el convoy, se inicia, al fin, el tramo final de este largo camino al desierto: inglesa, belgas, andaluces, polaca, suizos y argentinos, a bordo de dromedarios; los tres guías, a pie.

La noche empieza a caer a medida que el suelo se vuelve arenoso.

Pero antes de que el más mínimo vestigio de una duna aparezca, una certeza se presenta como una revelación: montar un dromedario es por demás incómodo. En términos ergonómicos, se produce un constante golpeteo contra el escroto, que resulta harto molesto. El asunto exige concentración para tratar de amortiguar cada paso. Pero en cuanto los médanos son una realidad y la marcha del camello se vuelve irregular y brusca, sólo resta la resignación y algún pensamiento evasivo que permita ignorar el indigno traqueteo.

Los minutos corren, y el cielo negro cubre la noche como un techo con un millón de estrellas. Un cielo como nunca jamás pueda verse en una ciudad o incluso en el campo.

Los guías berebere avanzan mientras tiran de las riendas de los camellos, y la sensación como jinete es la de un japonés viajando en un pony por Caminito; todo un poquito artificial, como estereotipado y frívolo.

Lo único cierto, lo único ajeno a la puesta en escena, es el cielo. Y también el frío, y el té.

El té de menta, el whisky marroquí, como lo llaman dentro de las carpas montadas en medio de la nada, abre el pecho como una pasta de eucalipto y permite tragar el frío como una bocanada.

El suizo, “El intérprete”, saca entonces de su mochila la botella de vino de la que hablaba en el viaje. Segundos después, el joven revuelve su equipaje, tantea los bolsillos. Bufa. Pone cara de cómo no pensé en eso. Él, que ha hecho la colimba en Los Alpes, que habla catorce idiomas y luce una seguridad envidiable, acepta la derrota:

-El sacacorchos…

Lo miro. Es mi momento.

-Ese cuchillo -le digo-. Tiene serrucho.

Me mira. Entiende el idioma, pero no el sentido de lo que digo.

Le explico, entonces, que en Argentina no hablamos ni alemán, ni francés, quizás un poco de inglés. Pero sabemos de física aplicada; en este caso, aplicada a quitar un corcho de una botella.

Afuera hay un fogón.

El frío es compacto en la noche límpida; el vino cae al alma como al pasto el rocío, diría el poeta.

Y haciendo malabares para esquivar el humo, dos andaluces, una polaca, tres belgas, una inglesa, dos suizos y dos argentinos nos recostamos para ver y escuchar, al fin, el desierto.

A qué otra cosa vinimos sino hasta acá.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

Anuncios