Como sabemos, toda historia es historia del presente. Por ello, la tarea de revisión es una constante y saludable manera de homenajear a la Historia, y al presente. En este número, Agustín Nieto abre una puerta programática para dejar atrás los “sentidos comunes” historiográficos. (Alejo Reclusa, responsable de sección).

 

Con el objeto de hacerle el juego al nombre de esta revista, pero no solo por eso, en estas líneas precipitaré sentires poco manyados sobre la historiografía obrera en estas latitudes. Advierto que, junto a otrxs compañerxs de ruta, nunca fui afecto al ceremonial de las 40 masticadas para un mejor digerir. En lo tocante a lo ya escrito por otras generaciones, me seduce mucho más devorar sin cubiertos, a lo Pantagruel. En fin, soy partidario de, por lo menos, cultivar la irreverencia para con nuestros mayores, si es que todavía no nos animamos a ejercer nuestro derecho al parricidio/matricidio.

“Incomodar” es una imagen cargada de sadismo cool (por demás light) para la nueva generación a la cual siento pertenecer, generar esa vivencia fisiológica al otro lado de la frontera generacional está en el horizonte. Ante este reborde generacional pretendo otra deriva cuya carga nos “ortigue”, no sin goce, desplazando de esta forma la carga sádica por una cuota de masoquismo (bien entendido, por supuesto).

¿Cuáles son las zonas donde nuestras mordidas pretendidamente crítica no dañan? ¿Cuáles son los riesgos de esta falta de filo? ¿Logramos eludir con nuestros escritos las formas de una historiografía obrera de corte elitista? ¿Sirve como brújula la etapización triunfalista de la historia del movimiento obrero? ¿Hasta que punto nuestros escritos reproducen inadvertidamente los supuestos (discutibles) de la vieja guardia intelectual? ¿Estamos en condiciones, como nueva generación, de ofrecer una historiografía obrera alternativa?

Nos sigue hermanando a la vieja generación el uso de mohosas dicotomías al estilo de verdadera y falsa consciencia. El cambiante humor de las distintas estaciones intelectuales hizo que aquella dicotomía se arropara a la moda. Un modisto pronto a confeccionar ropas a la medida de las necesidades de la hora fue Germani, con su mentada “autonomía/heteronomía”. Ya demodé, hacia los años ochenta y noventa del siglo pasado esta pareja fue gentilmente corrida por los ambos “contestatario/conformista” (de corte pehesiano) y “resistencia/integración” (de corte jamesiano). Hoy los aires rancierianos nos acercan el nuevo par “política/policía”. No es cuestión de despacharlos rápidamente sino de tramitarlos mediante un proceso de desesencialización y destempanización, que habilite el contrabando fronterizo.

Otro rasgo compartido con nuestrxs ancestrxs es la poco subalternista costumbre de periodizar la historia obrera privilegiando la identidad político-ideológica de la elite de las fuerzas obreras vencedoras. Así en el desarrolló de esta historia se fueron sucediendo hegemonías de distinto signo. Lxs anarquistas fueron desplazadxs por lxs sindicalistas revolucionarixs, éstxs por lxs socialistas, quienes posteriormente fueron desplazadxs por lxs comunistas, emergiendo finalmente la etapa de la hegemonía peronista. Esta mirada triunfalista desestima el abordaje de lxs perdedorxs, por eso los avatares de las corrientes que fueron desplazadas dejan de ser historiadas desde el mismo momento que cayeron en desgracia. Asimismo, la forma de privilegiar estas identidades en la construcción de la historia obrera corre el riesgo de hipertrofiar el peso de las elites obreras al tiempo que devalúa la agencia de la masa trabajadora en la forja de su propio destino. Es hora de ser más radicales en el uso de Gramsci y Thompson. Igualmente importante es la necesaria y urgente reconsideración de las conocidas, pero poco exploradas, tesis benjaminianas.

Tampoco es cuestión de conservar o reconvertir términos y/o pares conceptuales que se muestran una y otra vez escasamente explicativos. Muchas veces insistimos en usarlos por la carga afectiva que tienen para nosotrxs, historiadorxs con sensibilidad de izquierda, obrerista y/o clasista. Pero es hora que nos animemos a desechar aquellos trastos viejos poco útiles para asir la complejidad de los procesos sociales que elegimos mirar. Tomemos por caso el basismo. Éste, al igual que el elitismo, porta la semilla del unilateralismo analítico que termina por brotar en nuestras interpretaciones. Lo mismo sucede con el obrerismo y el clasismo.

A partir de esta revisión nos vemos empujadxs a discutir la conveniencia analítica de pares antagónicos como reforma/revolución y dirigentes/bases. En estos casos parece ventajoso revertir su fuerte carga excluyente y reponer su implicancia mutua y su articulación inherente. En otros casos la mejor alternativa es prescindir de uno de los polos en función de los intereses analíticos del historiador/a perfilando diferencias de grado y no de esencia. Por caso podemos tomar el par conceptual burocracia/democracia, anular el primer término y ocuparnos de establecer los grados del segundo que se manifiesten en un situado proceso histórico. O viceversa.

Quizás un concepto que debamos desechar, o por lo menos discutir profunda y seriamente su poder explicativo, sea el de burocracia sindical, análogo en el campo barrial al concepto de clientelismo. Uno de los primeros problemas a los que nos enfrentamos para su tratamiento es su fuerte arraigo en el sentido común. Tan fuerte que se presenta como autoevidente tanto en el campo periodístico como en el campo de las ciencias sociales. Asimismo, es parte de un arraigado repertorio discursivo en el campo de las luchas obreras. Otro escollo, no menos importante, es la acusación de apologistas de la burocracia sindical para aquellxs que se animen a romper el cerco conservador y enfrentar el desafío de fraguar nuevos conceptos.

Lo que está en disputa en las profundidades de estos debates de superficie es el lugar de la política y/o de los sujetos políticos. Constantemente se están dibujando y redibujando los límites entre lo político y lo no-pre-o-sub-político. No sería forzado vincular las dicotomías presentadas más arriba con las clásicas proletariado/lumpen-proletariado y lucha económica/lucha política. O la ya clásica dicotomía hobsbawmsiana sujeto prepolítico (campesinado) y sujeto político (proletariado). Está claro que negarle el carácter político a determinado grupo es un recurso discursivo válido en el fragor de la lucha, esto a condición de no autoengañarnos y convencernos de la no politicidad de lxs otrxs.

En muchos sentidos aun hoy seguimos rumiando en los prados cercados por la pluma hobsbawmsiana. En vísperas del cincuenta aniversario de la Formación de la clase obrera en Inglaterra, nos animamos a tirar como últimas palabras que en muchos sentidos la historiografía obrera argentina sigue siendo predominantemente pre-thompsoniana. Pero como ya nos adelantaron populistas y marxistas, en ocasiones el “atraso” puede convertirse en una ventaja. Eso depende de nosotrxs…

Agustín Nieto – Columnista invitado

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