“And if you put it all together
You won’t have to look around
You know you cast a long shadow on the ground”

Hablar de Hugo Pratt a esta altura del partido, ya con varias ediciones de La Novena Musa publicadas, puede parecer un tanto tonto. Pero son muchos los aspectos los que nos llevan siempre, siempre, a volvernos nuevamente sobre la obra del maravilloso tano quien supo tener una infancia aventurera, a medio camino entre su natal Italia y su adoptivo hogar en Abisinia.

En primer lugar porque Pratt debe ser incluido entre los jugosos frutos que maduraron a la sombra del, a esta altura del partido, indiscutido H.G. Oesterheld en la primera edad de oro del cómic argentino. Puede parecer estúpido por momentos, pero la realidad es que mientras que en la mayor parte del mundo se hacían historietas tontas, acerca de superhéroes absurdos (y lo dice un enfermito de Batman como el que más) y se redactaban historias de lo más naif, en la Argentina el noveno arte ya era tal, una forma de contar una historia utilizando recursos que no podían encontrarse o desarrollarse de la misma forma más que con viñetas y globitos. Pratt maduró en ese ambiente, dibujando, orgulloso, a las órdenes del mencionado HGO, para luego comenzar a guionar sus propias historias. Del maestro tomó esa costumbre que tan característica se haría en su obra posteriormente: los cuadros, numerosos y consecutivos en los que el texto ocupa una porción de espacio muy superior a la de los dibujos. Esto era algo notable para un tipo que había arrancado meramente como dibujante, pero sorprendía particularmente a la mayoría de aquellos que se acercaban a la historieta desde ámbitos culturales que eran considerados más, “ejem”, “elevados”, digamos. Los que leían los comics que Hugo Pratt comenzaba a publicar una vez retornado a Europa, se iban de bruces contra unas andanadas de texto kilométricas que no se condecían con lo que, de forma general, se esperaba de una historieta. Y su estilo maduraba. De las primeras influencias, viscerales de Jack London y Joseph Conrad que se veían reflejadas en los primeros álbumes de Corto Maltés, abundantes en piratas, aventuras tropicales, rebeldes, macumba y junglas, a las referencias abiertas (y no tanto) a Herman Hesse (léase Las Helvéticas), Jorge Luis Borges (Concierto en Do Menor para Harpa y Nitroglicerina) y William Shakespeare (Sueño de una Mañana de Invierno), Pratt crecía y su sombra descomunal ya abarcaba el viejo continente entero.

Pero sus obras sobresalían mucho más allá de lo literario y lo gráfico (porque sería estúpido olvidar que, ante todo, Pratt era un ilustrador brillante que con el tiempo alcanzó una economía de trazos y una maestría espectacular del uso de la tinta china). Cada uno de sus trabajos posee un trabajo de investigación histórica que haría ruborizarse al más pintado. En las mejores ediciones de sus álbumes “mayores” pueden contemplarse muchos de los bocetos y documentos que realizó y utilizó para esos trabajos. Se ven innumerables dibujos de los diferentes tipos de uniformes que los diversos ejércitos que aparecen en la historia solían utilizar. Uniformes que, en su mayoría, no hacen ninguna aparición en el libro, pero aún así la investigación y el trabajo se hacía. Los personajes ficticios se entremezclan con los personajes reales con una naturalidad y fluidez que posicionan a Pratt no sólo como el más grande historietista europeo del siglo XX, sino como uno de los mejores novelistas históricos de su tiempo. Y su rango cronológico y geográfico borda lo espectacular. Capaz de relatar la historia de las invasiones inglesas a Buenos Aires (El Gaucho), la guerra entre el IRA y Gran Bretaña (Concierto en Do Menor Para Harpa y Nitroglicerina), el imperialismo norteamericano en Centroamérica (La Conga de las Bananas), la trata de blancas y la oligarquía ganadera en Argentina (Tango: Todo a Media Luz), las Triadas chinas (Corto en Siberia), la Segunda Guerra Mundial en el norte de África (Los Escorpiones del Desierto), el colonialismo británico en Sudáfrica (Cato Zulu), o la “magia negra” del africanismo en América Latina (La Macumba del Gringo, Vudu por el Presidente), Pratt se desenvuelve con la fluidez de todo entendido por callejones de la historia y las costumbres locales de distintos lares que muchos hubieran preferido evitar.

En un mundo en el que la aventura y lo desconocido pasan a ser algo peligrosamente cercano a la fantasía, Pratt, a los saltos entre el dato histórico y el ocultismo (macumba, kabbalah y ángeles caídos) resucitó, a base de un talento irrefrenable, la sensación de adrenalina y vértigo ante lo desconocido, de asombro y sorpresa ante lo nuevo, y ante todas las cosas abrió mil puertas que desde entonces una innumerable cantidad de autores, de Mannara a Trondheim,  han atravesado para ubicar al cómic Europeo continental en el lugar en el que se encuentra hoy día.

David Fernández Vinitzky –De la redacción

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