El origen de Manal esta íntimamente relacionado con el surgimiento del rock local, allá por fines de los sesentas. Las bandas que florecieron por entonces llevaban consigo el polen de la noche porteña; los antros donde la “nueva” música se creaba y compartía; y los cafés literarios donde caían desplomados a discutir sobre obras propias o ajenas y a componer hasta que el sol naciera nuevamente.

El trío que lideró Javier Martínez está conectado con este mundillo…

En 1968, las ideas que venía acumulando desde aquellas noches en la Perla del Once, empezaron a tomar color con Alejandro Medina en bajo y Claudio Gabis en guitarra, pudiendo plasmarse en un primer simple que incluía Que pena me das y Para ser un hombre más. Dos bestialidades que demuestran el intrincado reflexionar de Javier y la potencia que este trío demostrará a diario en los recitales de La Cueva y –más formalmente- en el Teatro Apolo.

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Al año siguiente No Pibe y Necesito un amor, permitirán al grupo despegar de los subsuelos porteños, y romperla (literalmente) en el multitudinario Festival Pinap: trampolín para grabar su primer LP homónimo.

En palabras de Gabis, «Fue el día más glorioso de mi vida artística. A Javier se le rompió la batería, a Alejandro se le rompió el bajo, a mí se me rompió no se qué, pero seguimos tocando y la gente deliraba. Terminamos los tres cantando en un micrófono: Alejandro con la guitarra, Javier con los palillos y yo con la armónica y la gente delirando. Manal se consagró ese día, se hizo un grupo grande. Ese día entró a la historia» 

Con este disco Manal se asentará como “La” banda blusera local. Las barriadas, las calles emblemas del porteñismo, los trenes, el obelisco y el bajo industrial de Avellaneda Blues o Avenida Rivadavia, se entremezclan con la dureza existencial y la introspección de Informe de un día o Una casa con diez pinos.

El sur porteño toma forma, como los viejos tangos de los años ‘30. Y un nuevo público –seguidores de jazz especialmente- se acerca a los recitales.

La voz de Martínez se desgranaba por el pucho y la ginebra, pero brindaba el tono idea para el perfil blusero que buscaban. Oscura, así es la música que ofrecen. Pero las letras iluminan con tenues grises el mundo del que reniega esta generación.

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Vía muerta, calle con asfalto siempre destrozado.
Tren de carga, el humo y el hollín están por todos lados.
Hoy llovió y todavía está nublado.

Sur y aceite, barriles en el barro, galpón abandonado.
Charco sucio, el agua va pudriendo un zapato olvidado.
Un camión interrumpe el triste descampado.

Luz que muere, la fábrica parece un duende de hormigón
y la grúa, su lágrima de carga inclina sobre el dock.
Un amigo duerme cerca de un barco español.

Amanece, la avenida desierta pronto se agitará.
Y los obreros, fumando impacientes, a su trabajo van.
Sur, un trozo de este siglo, barrio industrial.

Avellaneda Blues – Gabis-Martínez

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El boom de esas juventudes ansiosas de un mundo nuevo y la ebullición cultural que impulsaron, fueron el humus de éste y otros grupos que no le esquivaron a la reflexión filosófica, la literatura y los estupefacientes, para componer las mejores canciones “fundacionales” de ese género que comenzaba a germinar. La novedad radica en la capacidad que tuvo Manal de producir una música autentica y genuinamente rockera, cercana al camino marcado por los sureños afroamericanos.

Manal en si misma era la novedad. Es sinónimo de La Cueva, uno de los primeros antros rockeros de Buenos Aires; de Mandioca, el primer sello discográfico creado exclusivamente para impulsar al rock nacional; y por sobre todas las cosas, de la novedosa incorporación del Blues en el naciente rock cantado en castellano…

 Joaquín Marcos – De la redacción

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