Category: Albergue transitorio


Cuando alguien dice algo con antelación, aunque sea una cuestión que uno viene pensado hace tiempo, es lícito citarlo textualmente en extenso si representa nuestra propia opinión. Precisamente, este es uno de esos casos en el que debe primar la honestidad intelectual. Lucia Onirica Martín nos introduce en ese mundo de las dudas y las indecisiones en el que los valientes triunfan o al menos eso creen. (Juan Gerardi – Responsable de sección)

No sé. Así empieza todo, con un “no sé”.  Y de ahí en más, la vida se transforma en intentar convertir ese “no sé” en  una afirmación convincente, acertada y oportuna. Como si una fuerza superior nos impulsara a buscar aserciones acerca de todo  lo que nos rodea. Un mandato cultural dicotómico en el que los que dicen, hacen y deciden, sin importar la corrección del caso, son considerados exitosos mientras que el resto de los mortales se debaten en la indecisión.

Cuando la disputa se afirma entre pronunciar dos letras determinadas u otras, sus contrarias semánticas, sí o no, la cosa parecería cobrar un cierto toque de dramatismo. Frente a palabras tan distintas todo puede cambiar si decimos que sí, de la misma forma en que todo puede cambiar si decimos que no.  En ocasiones es fácil. A veces, la duda surge y perdura tan sólo un momento con un grado de significatividad impensable. Ir al cine y tener que seleccionar la película, tal vez nos lleve unos minutos, largos o cortos, pero minutos al fin. El hecho de elegir bien o mal significará pasar dos horas extraordinarias o bien salir de la sala sintiendo que jamás volveremos a recuperar ese tiempo de nuestra vidas que perdimos viendo una porquería.

Pero esta no es la duda que nos interesa. La que nos llama la atención es la duda que persiste, la duda que sigue carcomiendo nuestro cerebro porque nunca alcanzamos la respuesta que la aplaca. Esa duda que nos lleva a declararnos incompetentes para decidir, dejando que resuelva la moneda o quién la gobierne.  Una pregunta importante, o una insignificante, pero dicha por alguien en particular o en un momento en especial, tienen la misma esencia. Nos enfrenta a un duelo con nosotros mismos. Las dudas importantes son aquellas que nos dejan aproximarnos al sí momentáneamente, las que generan respuestas que se nos escapan de las manos.

Lo curioso es que de un modo u otro, siempre volvemos al no sé, volvemos al principio, quizás, para descubrir que tenemos más dudas que antes. Nos metemos cada vez más adentro del laberinto, olvidando porque habíamos entrado y si queremos salir. Las dudas significativas son las que se asocian con la desesperación, con el enojo, con la frustración y cada vez son más difíciles de resolver. Son las que requieren, como condición esencial, que acompañemos cada decisión con un papiro de argumentos, firmes, concretos, indesestimables, imperecederos, de una fuerza sempiterna y racional.

Todas las decisiones son tomadas en algún punto porque queremos sentirnos orgullosos y seguros. Sentir que estamos decidiendo bien, que no nos vamos a arrepentir, que nuestra palabra no estará vencida por la indecisión o las falsas promesas que en alguna oportunidad nos contrariaron. Por poner un ejemplo, en algún punto metafórico, cuando nos probarnos una camisa queremos creerle a la vendedora esa mueca pintada que nos dice que fue hecha para nosotros. Deseamos verla y saber que amaremos por siempre a esa camisa. Intentamos estar seguros de que elegimos bien a nuestra pareja, a nuestro perro, a nuestra casa. Esa es la única manera de jactarnos presuntuosamente con nuestros pares de la vida plena y llena de buenas decisiones que llevamos.

 Ahora bien, ¿Cómo se hace? ¿Cómo llegamos a una respuesta cuando ya no hay sentido? En realidad, esto no lo sabemos. Consideramos que pocos lo saben. Es más fácil enumerar numerosos atajos bien usados por vagos, indecisos y aventureros. Hay quienes dejan que otro decida por ellos, tal vez les vaya mal pero al menos la culpa la tendrá otro. También hay quienes evaden las dudas y de maneras casi mágicas hacen que estas se disipen solas, los famosos “esquiva bultos”, profesionales del silbido, de la mirada perdida en el cielo, hijos del  “supongo, ya veremos, tal vez, a lo mejor, probablemente, anda a saber”. Los que deciden rápido y luego “ven que onda”, gente aventurera y arriesgada, que se tira a la pileta, alguno llegará a fijarse si hay agua, pero seguramente no sabe qué tan profunda es. Gente que ve la duda como una pérdida de tiempo y el hecho de elegir algo o no, es un trámite. Se proponen ver que tiene el mundo para ellos, total, si eligen mal, siempre hay tiempo de arreglar todo.

 ¿Nosotros?… Bueno…creemos que la moneda, cuando el cerebro no quiere decir más, puede resolver muy bien la cuestión.

Lucia Onírica Martín – Columnista Invitada

Enjoy the silence

Existen personas que logran llamar nuestra atención por la forma irreverente en que dicen las cosas. Personas que tienen esa capacidad de comunicarse sin rodeos ni metáforas, sin florituras ni ornamentos. Algunas de esas personas pueden ser irritantes, otras, en una proporción no menor, son reveladoras. Dicen lo que piensan sin más, porque es una forma de execrar lo que pone a prueba su delicada paciencia. Lucia Onírica Martin es una de esas personas, directa, frontal, provocadora y sincera, por ello, no menos irritante o reveladora, según sus lectores de Facebook o de  algún que otro blog que llevó adelante. En esta nota, con un estilo similar, pero profundamente más interesante al de la Tana Ferro, personaje de la película Un novio para mi mujer, con quien yo la comparé alguna vez,  nos comenta de un modo personal qué le pasa con el silencio, con aquello que lo opaca, que lo interrumpe. (Juan Gerardi – Responsable de Sección)

 

¿Por qué tenemos esa necesidad de opacar los ruidos  de la vida con música o televisión? ¿Por qué será que no podemos ir a un cumpleaños sin  tener que escuchar esa música errática, mal hecha, monótona y en un volumen más que excesivo de fondo?

En casa solía quedar el televisor eternamente prendido.  Hasta que un día lo apagas y ahí vuelve… el silencio.  El silencio que decide dejar de serlo cuando realmente debe y quiere: el motor de la heladera, un perro que ladra afuera, tal vez el timbre o el teléfono siempre están ahí para acallarlo.  Me atrevo a afirmar que el silencio es más sabio que nosotros. Él debería decidir  cuando dejar de serlo y no deponer en manos de  nuestra idiotez la decisión de interrumpirlo.

 Nadie dice que este mal poner música, prender la tele, escuchar la radio, cantar en la ducha, tocar la bocina de forma obsesiva,  como lo hacen todos los aficionados a tocar la bocina. El tema es cuando se vuelve una constante…  cuando la persona no puede vivir si no tiene un aparato que lo acompañe. A veces se vuelve grupal el asunto. Esto es bastante común, la gente se junta a escuchar música berreta del momento, con los parlantes al tope y a hablarse a los gritos sobre lo buena que está esa fantástica música berreta del momento.  Las familias se reúnen a la mesa para almorzar y el televisor esta ahí siempre prendido, tal vez ni lo miran, pero entonces ¿por qué esta prendido? Tiene que haber algo prendido mientras comemos, tiene que haber algo prendido mientras hablamos, tiene que haber algo prendido mientras estamos en nuestras casas, tiene que haber algo prendido mientras trabajamos, tenemos que tener algo prendido mientras manejamos.

Se ha perdido tanto el valor del  silencio, el valor de estar cómodos con alguien y no con algo, que no  podemos apreciarlo. Es tan difícil permanecer a gusto en nuestra casa sin  encender ningún aparato para poder estar allí. Poder estar en una sala de espera de alguna clínica careta, sin tener que escuchar y ver un plasma de 98 pulgadas que nos pasa “LA PELU”. Cuando, por lo menos a mi, me gustaría más, disfrutar de alguna brisa que se escape por la ventana,  hojear  una revista, de alguna puerta que se abre, los apellidos con voz fuerte y clara. El hecho de poder sentir la esencia de un lugar por sus sonidos.

Siempre hay momentos en los que el relleno es necesario. No se puede caminar por el centro sin un Mp3 que nos rescate del vendedor ambulante,  del que habla a los gritos con su acompañante, del tráfico y sus protagonistas. El tema es cuando esto se vuelve  un chicle mediático destinado a permanecer constantemente en la boca,  más allá de haber perdido el sabor hace ya varias décadas. ¿Por qué?

Qué tengo que pensar de quién en su casa lo único que escucha es el televisor o la música. Se pierden tantas cosas. En mi caso, se perdería el ronroneo de mis gatos, el tic tac suavecito de mi reloj, el motorcito del aireador de la pecera, tal vez algún pez escarbando y golpeando el pedregullo del suelo contra los vidrios. Porqué es mejor el televisor que todos estos ruidos, que son los ruidos de nuestra vida. Son los ruidos que nos identifican, que nos posicionan en algún lugar. Sabemos que estamos allí, por lo que escuchamos.

Lucia Onírica Martín – columnista invitada

Las redes sociales, un tema tangencialmente abordado en reiteradas oportunidades, minan las relaciones humanas en todos sus aspectos. Sobre ellas hay opiniones variadas. Los optimistas sostienen que facilitan las comunicaciones y promueven el intercambio entre sus miembros. Por su parte, los pesimistas, entre los que me cuento, piensan que las redes sociales alejan a las personas, las insertan en una realidad virtual perversa en la que el encuentro efectivo se convierte en una odisea homérica. El amor en tiempos del Facebook es una historia corta, una barzelletta, que con ironía no exenta de agudeza y sensibilidad analiza los problemas que acarrea la falta de decisión y compromiso de los usuarios. En esta oportunidad, Natalia Arce  reproduce esa lógica femenina un tanto desconocida para el hombre. Nos introduce en un escenario posible, el detrás de escena de un mensaje que se pretende galante y los mecanismos de auto defensa que se emplean para excluir a un nobel indeciso. (Juan Gerardi- Responsable de Sección)

Es una noche tranquila de mitad de semana, en apariencia igual a muchas de un tiempo a esta parte. Después de cavilar los costos y beneficios de llamar por undécima vez a la rotisería del barrio y pedir por alguna de sus ofertas de sospechosa calidad gastronómica, optás por calentar la porción de tarta que encontrás tras mucho hurgar en los confines del freezer. Sí, es fin de mes. Pero no te importa, porque estás ansiosa por lo que se está cargando en tu computadora, el final de temporada de esa serie cuya tercera temporada devoraste (porque otro verbo no cabe) en menos de quince días. Mientras los números titilantes del microondas se consumen en cuenta regresiva, pensás en los posibles desenlaces para esos seres de ficción que se debaten en un mundo sobrenatural en donde son moneda corriente la magia y las luchas épicas entre el bien y el mal. Ya te imaginás entrando en los diversos foros para discutir sobre el devenir de la historia, y en la charla que tendrás con tu amigo que te ganó de mano y que, con tal de conocer el final lo más pronto posible, lo vió en streaming y sin subtítulos por más que no pesca ni una palabra del inglés. Sin saberlo, sos feliz.

Pero cuando ya estás con el plato en la mano, presta a sentarte en el sillón grande y poner el capítulo en pantalla completa, un sonido familiar te sobresalta desde de la computadora. Sí, el chat de Facebook. Presintiendo lo que se viene, y maldiciendo el no haber cerrado el Chrome, dejás la cena (si es que se la puede llamar así) arriba de la mesita ratona y te ponés los lentes casi con pavor. Si esta escena tuviera un título, sería sin duda alguna “El regreso de los muertos vivos”. Con zombies, vampiros y licántropos, con leprechauns, ménades y hasta el humo negro de Lost incluido. Y encima, para colmo, Mark Zuckerberg acaba de inventar una aplicación que boicotea tu plan de saber, tapada con una manta hasta la nariz, cuál fue la suerte televisiva de Elena Gilbert y los hermanos Salvatore. Sí, catorce fucking caracteres que te delatan diciendo “visto a las 21.54”, y te obligan a responder,  más tarde o más temprano.

No hace falta que te haga un recuento de la historia con ese personaje que, quizás recostado en su cama con la laptop encima, te bombardea con palabras desde el otro lado de la pantalla a no más de cuarenta cuadras de tu casa. Con variaciones y superposiciones en los protagonistas y grados de concreción, ya viviste o escuchaste este cuento en boca de tus amistades, sean hombres o mujeres, heteros o gays. Omitiré los interminables diálogos facebukeanos o en el ya casi olvidado Messenger, y los enigmáticos y trasnochados mensajes de texto que tal vez recibiste algún fin de semana. O de cuando la cantinela se trasladó a las nuevas tecnologías e invadió tu Whatsapp, chat de Blackberry o los mensajes directos de Twitter. Hasta tendré la gentileza de no recordarte esas veces que el muro de la virtualidad fue saltado y se encontraron en fiestas, bares u otros eventos sociales, y de las que no sacaste mucho más en limpio que de los otros medios. Porque todas esas historias que te contaron, o atravesaste en carne propia, se encuentran hermanadas por la dificultad de conocer al otro más allá de los supuestos complejos de Edipos o Elektra, fantasmas de exs y traumas generados por los divorcios de los padres, entre otras yerbas que harían las delicias de un Congreso de psicoanalistas lacanianos. Como una vez dijo una amiga tuya al final de una larga noche regada tal vez por  demasiadas copas de vino, si el destino de la humanidad dependiera tan sólo de las estrategias de reproducción de la clase media con pretensiones intelectuales y conexión a Internet, es hora de despedirse del planeta: estamos fritos como especie.

Dudás sobre qué hacer. Con una velocidad mental que sorprendería a Kasparov, haces una lista de los pro y contra de entrar en esa conversación tan propia del mundo Facebook. Sin perder tiempo, la abogada del diablo que habita en tu mente despliega la usual ristra de argumentos con los que ha pretendido convencerte de que no mandes todo al Averno: apelando a la igualdad de género, sostiene que estamos en 2012 y que el hombre no siempre tiene que dar el primer paso, que para ellos también es difícil exponerse y expresar sus sentimientos, bla, bla, bla. Pero tras tantas idas y vueltas en las últimas semanas, esas tretas surten cada vez menos efecto, y ni tu sofisticado e intelectualoide discurso acerca de las dificultades de relacionarse en la postmodernidad te alcanza para pensar que, quizás con un poco más de paciencia y audacia de cualquiera de las partes, (esta vez) el desenlace sea otro.

Mientras la tarta comienza a enfriarse, te acordás de cuando uno de tus amigos te contó que no fue a la fiesta en la que estaba la chica que le interesaba para quedarse en su casa jugando al Left for Dead online. Recordás tu estupor al oír su explicación de que para que ir, si lo iban a histeriquear como siempre, y que el escapar de un edificio plagado de zombies le resultaba mucho más prometedor que competir por la atención de ella con otros dos machos alfa de origen humano. Eso sin contar el exponerse al ridículo de bailar una música que no le gustaba y el derroche de dinero en cerveza berreta. Aquella vez, te compadeciste de él y su refugio en un mundo virtual, pero ahora, después de tanto tiempo, podés comprender algo de su hartazgo: esta noche vos también preferís escaparte a un mundo lleno de criaturas fantásticas, bien lejos de la hermeneútica y exégesis del chat de Facebook.

Así que mientras respondés de manera breve al cuestionario existencialista que te hacen desde el otro lado de la pantalla, y te despedís de manera cordial pero rauda para nunca más volver a ese diálogo, viene a tu cabeza otra de tus amistades, una de las pocas que viven en pareja. Cada vez que ella escucha las anécdotas de cualquiera del grupo, se horroriza diciendo que ni loca podría volver al “ahí afuera”, como si el mundo de los solteros de veintitodos se asemejara a una jungla atestada de fieras salvajes, prestas para romperte el corazón como en una novela caribeña. A diferencia de ella, ese mundo se te antoja más como la Matrix, donde todos, incluyéndote a vos misma, están conectados sin estar conscientes del resto que los rodea. Mañana será otro día, y esta noche, por lo menos, existe un mundo en donde Damon Salvatore hace hasta lo imposible por Elena Gilbert. A que él seguro no tiene Facebook.

Natalia Arce – Columnista invitada

El ángel caído

No es la primera vez que Martín Córdoba escribe en  esta sección destinada a expresar lo que sucede alrededor con cierto grado de ironía, tampoco será la última o al menos eso espero como anfitrión. Este mes nos propone reflexionar sobre dos cualidades irreverentes de la personalidad de un ser humano que pueden llegar a marcar el destino de una persona, la soberbia y el orgullo. Entre ambos conceptos se abren paso una serie de distinciones que parecen condenar a una cualidad mientras exoneran de culpa y cargo a la otra. En el entre acto, el autor comete aquello que más rechazo le genera, pero salva la cuestión reivindicándose con un antiguo nuevo amigo. (Juan Gerardi – responsable de sección)

 

“¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo de la Aurora!

Has sido abatido a la tierra dominador de naciones!

Tú decías en tu corazón: “escalaré los cielos; elevaré

 mi trono por encima de las estrellas de Dios; me

 sentaré en el monte de la divina asamblea, en

el confín del septentrión escalaré las cimas

de las nubes, seré semejante al Altísimo”.

 (Is 14:12-14. San Jerónimo. 382 D.C)

 

Mientras trataba de concentrarme en la lectura, alrededor de las cinco y media de la tarde, una voz televisiva llamó mi atención. Se trataba de un participante del programa de TV, Cuestión de peso, que  luego de haber sufrido una especie de “atracón”, siendo sometido a las interpelaciones del panel de médicos y profesionales de la salud, no asumía otra actitud que la de contestar de manera arrogante y superadora. Esta situación trajo a mi mente una discusión que horas antes había tenido con un ex amigo, quien en representación de divinidades paganas me reclamaba por el actual culto monoteísta de argentinos y argentinas; llevando nuestra conversación a una reflexión sobre el orgullo, la soberbia y su relación con la bondad de las personas.

Podría decirse que el orgullo es una buena cualidad, el reconocimiento egocéntrico de nuestras aptitudes, nuestro esfuerzo y nuestros logros. Sin embargo, el límite que existe con la soberbia radica en la imprevisibilidad de la superación del “yo”. Esto quiere decir que el orgullo está bueno, porque es una manera de avanzar y proyectarse, reconociendo lo que hacemos bien; siempre y cuando sea para con uno mismo. El momento en que ese orgullo, que sentimos y emanamos, se transforma en sonrisitas y miraditas de reojo, desde el preciso instante que el desprecio se convierte en nuestro nombre de pila, cuando nos auto asignamos fanáticos de nosotros mismos creyendo que el universo es en realidad una conspiración  de los dioses para posibilitar nuestra existencia, es ahí, cuando Lucifer monta su barrilete para descender a la tierra y apoderarse de nosotros.

El orgullo es sabio, porque nos da confianza, realza el ego y nos da ánimo para encarar la vida. La soberbia es considerada por los creyentes el mal de todos los males. Es el pecado original, ya que de él nacen o se derivan los otros. La soberbia es mala consejera. Es un arma de doble filo hasta para los propios soberbios. Primero, porque los ciega llevándolos incluso a reiterar sus propios errores; segundo, porque no les da posibilidad de ser autocríticos; y, por último, y creo que es lo más importante, porque genera un espíritu competitivo que destruye a las personas.

Cuando una persona no escucha a nadie, se cierra a las críticas y considera que todo lo que hace lo hace bien, despierta en los seres humanos un sentimiento rechazo, sin importar su situación personal, su pasado ni su porvenir. Esta virulenta reacción me hizo pensar en la discusión previa con mi antiguo amigo. Pensé en los argumentos que él me dio para definir a la soberbia como algo que identifica a una persona oscura, siniestra y egocéntricamente insoportable. En un primer momento no lo escuche, le dije que el soberbio era él, que no tenía la capacidad analítica para despojarse de prejuicios y que las formas de hablar o dirigirse no hacían al fondo de la cuestión. Las personas se definen por sus acciones, no por sus modos. Luego de lo sucedido,  reflexioné nuevamente sobre lo irritante que puede  resultar  escuchar  a una persona extremadamente autorreferencial; incluso traté de hacerlo despojándome de todo tipo de vínculo ideológico  y personal y me di cuenta que mi amigo tenía algo de razón.

Los modos y las formas que tiene una persona para dirigirse a otra hacen a la empatía del vínculo. Si una persona te cae mal, difícilmente puedas ver algo bueno en su accionar,  resulta imposible que la veas como realmente es. Eso es lo que le dije hoy a mi nuevo amigo de antaño. Pero también le dije que  la soberbia no es mala consejera, no tanto, al menos, como la ira que genera en los demás. En definitiva, todos nos creemos o nos creímos  alguna vez imprescindibles en algo, mucho más si esa condición es alentada por alegato popular.  Si la soberbia fuera el pecado original, el paraíso estaría desierto, el planeta tierra superpoblado, y el apocalipsis  causado por el egoísmo  de nuestro creador. Orgullosos y soberbios, según el cielo que nos mire. ¿Buenas y malas personas? Eso, es otra cosa.

Martín Córdoba – Columnista Invitado

Y sin embargo….

Ni tan arrepentido ni encantado
de haberme conocido, lo confieso.
Tú que tanto has besado
tú que me has enseñado,
sabes mejor que yo que hasta los huesos
sólo calan los besos
que no has dado,
los labios del pecado. (Joaquín Sabina)

Existe una cualidad que por mucho que intentemos negarla está presente en todos nosotros, la curiosidad. Injustamente denostada, es el motor que nos lleva a interesarnos por lo que es absolutamente desconocido y ajeno. A los pies de sus encantos caemos rendidos todos aquellos que no podemos vivir en la insoportable agonía de la rutina,  los que siempre necesitamos saber más sin distinciones de importancia. Para los que la aceptamos como parte de nuestra naturaleza, la vida siempre tiene cosas nuevas para sorprendernos y no gira en torno a nuestra miopía individualista.

La curiosidad es el puntapié de esta nota. Hace un tiempo, no importa cuando, tampoco dónde, estaba en un café esperando a que llegue la hora para  asistir a una reunión, porque en mi caso la puntualidad consiste en llegar un tiempo antes al lugar preciso. Me senté en una mesa en el centro del salón, frente a mí  había una pareja tomada de la mano. Al poco tiempo, sin intención alguna, comencé a escuchar su conversación, quizás porque el libro que tenía a mano no era lo suficientemente interesante como para captar mi atención, o porque el tono de voz y la cercanía no me permitían hacer otra cosa. En ese momento me di cuenta que estaban discutiendo, él la dejaba a ella.  El arsenal de adjetivos calificativos la convertían en culpable de la ruptura: posesiva, intolerable, estructurada, aburrida, entre otras cosas que es mejor no mencionar. En el momento de tomar partido, pensé que el tipo tenía la razón. Sin embargo, algo me perturbó, él con un tono paternalista e innecesario le recomendaba hacer terapia con no sé que técnica oriental. Allí me di cuenta que el tipo era un chanta, todos mis prejuicios se apropiaron de la mirada que tenía sobre la situación. En conjunto eran incompatibles visualmente, él todo desarreglado a las doce del mediodía y ella impecable por donde se la mirara. Cuando ella le pidió que le dé otra oportunidad, él le dijo que quería experimentar nuevas experiencias, se levantó y se fue. Ella quedó desconsolada, lloró unos quince minutos, escribió en su agenda y mandó algunos mensajes. Finalmente pidió la cuenta, pagó y se fue caminando lentamente.

Desde ese momento no pude dejar de pensar en la situación, en lo que pasamos cuando nos dejan, cuando dejamos o llegamos a la conclusión que no existe razón coherente para seguir soportando la compañía de la otra persona. Cuando sufrimos lo que se conoce como el mal de amores. Nadie es ajeno a este problema y la forma en que reaccionan las personas frente a él difiere según las circunstancias.

Algunos se deprimen, se encierran, escuchan música tranquila y extrañan porque esa es la única forma de conectarse con lo que ya no existe. Los melancólicos pasan sus días recordando los buenos momentos, revisando los hechos que llevaron a la ruptura, analizando cada momento, cada foto, cada palabra dicha y cada gesto esbozado. En el fondo esperan poder revertir la situación, porque no encuentran otra forma de seguir adelante, se encuentran estancados entre lo que fue y lo que no será. En todo ello hay algo de perverso, pues respetan más al pasado que a la posibilidad de seguir viviendo en el presente.

Otros, a partir del momento en el que dejan a su pareja, comienzan una campaña de desprestigio. Se encargan de traer a colación el tema en cada reunión, se vuelven monotemáticos, y ni siquiera sus amigos más cercanos los quieren escuchar. Dicen no querer saber nada de la persona que ya no está con ellos, pero pasan sus días enteros averiguando datos sobre su vida. En el fondo, guardan la firme esperanza que la otra persona la esté pasando igual de jodido que ellos. Todo esto hasta que llega un amigo ingrato y le cuenta que  no es así, incluso, que a la persona en cuestión se la ve bastante bien. Allí revelan su verdadera naturaleza, empiezan a escribir cartas (mails, msj de texto, mensajes de Facebook o twitter) cargadas de odio y rencor como si de esa manera pudieran salvar su orgullo herido.

También están los que siempre tienen un plan B, los que creen que no hay nadie irremplazable y se ubican por encima de cualquier relación. Ellos transitan el mal de amores con mayor soltura, entienden que nada dura para siempre y que todo en la vida tiene su fin. Hacen todo lo posible para estar mejor que antes, renacen con cada ruptura y, sin prurito alguno, reconocen lo que aprendieron en cada relación.

Los amores imposibles, los amores abandónicos, los amores insoportablemente presentes y aquellos que nos acompañan a estar solos, todos, constituyen esa irrefrenable epidemia que nos contagió en algún momento de nuestras vidas y que si no lo hizo todavía, lo hará. Al mal de amores, como a la curiosidad, uno debe aceptarlo.

 Juan Gerardi – De la redacción

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