Category: Desde la metrópoli


La camioneta zigzaguea y dibuja ochos como una abeja.

Sube y sube, y después baja y baja, hasta que vuelve a subir y a bajar en un bamboleo de nausea.

El Alto Atlas marroquí no da tregua. Si quieren llegar al desierto, parece decir la cordillera norafricana, será sobre mi cadáver de piedra de más de 4 mil metros de altura y curvas y contracurvas sin fin.

La camioneta, un minibús, parece un vehículo de la ONU: adentro hay dos andaluces, una polaca, una inglesa, dos suizos, tres belgas, dos argentinos y un marroquí, en busca de dunas gigantes con camellos. Hay, también, una radio mal sintonizada; un sonido sale por los parlantes como una interferencia, como un quejido. Pero es música, o algo parecido: “Suavementeeeeee”, parece decir el estribillo.

“Suavementeeeee”, dice nomás.

Si sonaba extraño tener que atravesar cumbres nevadas en una camioneta multiétnica para llegar al desierto, hacerlo con Elvis Crespo como cortina por decisión de una FM berebere local definitivamente supera todo lo imaginado.

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-Joder macho, ¿este tío de dónde pollas es?

-Es español.

-Yo creo que es francés.

-Españolísimo, pero si habla mejor que nosotros.

El hombre, el joven en cuestión al que se refieren los dos andaluces, habla en inglés con la chica inglesa que viaja en la camioneta, habla en francés con un amigo suyo y con el chofer, y habla en un castellano impecable de manual con ellos dos mientras ellos tratan de desentrañar de qué misteriosas tierras políglotas viene.

-Soy de Suiza. En la escuela hablamos francés y alemán, estudiamos inglés y español,  pero además mi madre es de Valladolid, y el italiano lo aprendí durante la mili, en los Alpes.

Cuenta, además, que tiene 23 años. Será, desde ahora, “El intérprete”.

Y en medio de la nada, a casi diez horas en auto de Marrakech y a menos de 80 kilómetros de la frontera con Argelia, además de un amplio repertorio de idiomas, el suizo cuenta que tiene algo que vale oro en este suelo abstemio: alcohol.

Compró una botella de vino en las afueras de la Medina, cruzando los límites de la muralla que rodea la ciudad vieja en Marrakech, el kilómetro cero de esta excursión.

Sabe que esas botellas son oro puro, aquí y ahora, en el mismísimo traste del mundo.

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El chofer dice, o en realidad “El intérprete” dice que el chofer dice, que la ciudad que aparece por las ventanillas es Zagora, la puerta de entrada al Sahara. Atrás -unas cinco horas atrás- quedó la ciudad de Ouarzazate, la versión marroquí de Hollywood, donde se filmaron películas como Gladiador o La última tentación de Cristo. En Ouarzazate, hace exactamente medio siglo, Peter O´Toole fue Lawrence de Arabia.

Aquí, en Zagora, en tanto, llega la hora de abandonar el minibús.

No se ven dunas; no hay médanos a la vista.

Después de más de diez horas de viaje, después de aguantar el mareo y las nauseas por los caminos espiralados de la cordillera, y después de pasar del calor al frío mil veces, sólo se ve un pequeño pueblo: pintoresco, claro, pero sin mucha diferencia con otras villas que aparecían en el camino.

-Más vale que el desierto esté cerca –es el comentario generalizado.

En principio, lo que está cerca es una manada de dromedarios remolones.

-Please, s’il vous plaît- invitan los pobladores locales que oficiarán como guías. Señalan un animal per cápita.

Trepar a un dromedario resulta un poco incómodo, pero más aún lo es mantener el equilibrio cuando el rumiante desértico preferido de los berebere se pone de pie como un subibaja.

Una vez listo el convoy, se inicia, al fin, el tramo final de este largo camino al desierto: inglesa, belgas, andaluces, polaca, suizos y argentinos, a bordo de dromedarios; los tres guías, a pie.

La noche empieza a caer a medida que el suelo se vuelve arenoso.

Pero antes de que el más mínimo vestigio de una duna aparezca, una certeza se presenta como una revelación: montar un dromedario es por demás incómodo. En términos ergonómicos, se produce un constante golpeteo contra el escroto, que resulta harto molesto. El asunto exige concentración para tratar de amortiguar cada paso. Pero en cuanto los médanos son una realidad y la marcha del camello se vuelve irregular y brusca, sólo resta la resignación y algún pensamiento evasivo que permita ignorar el indigno traqueteo.

Los minutos corren, y el cielo negro cubre la noche como un techo con un millón de estrellas. Un cielo como nunca jamás pueda verse en una ciudad o incluso en el campo.

Los guías berebere avanzan mientras tiran de las riendas de los camellos, y la sensación como jinete es la de un japonés viajando en un pony por Caminito; todo un poquito artificial, como estereotipado y frívolo.

Lo único cierto, lo único ajeno a la puesta en escena, es el cielo. Y también el frío, y el té.

El té de menta, el whisky marroquí, como lo llaman dentro de las carpas montadas en medio de la nada, abre el pecho como una pasta de eucalipto y permite tragar el frío como una bocanada.

El suizo, “El intérprete”, saca entonces de su mochila la botella de vino de la que hablaba en el viaje. Segundos después, el joven revuelve su equipaje, tantea los bolsillos. Bufa. Pone cara de cómo no pensé en eso. Él, que ha hecho la colimba en Los Alpes, que habla catorce idiomas y luce una seguridad envidiable, acepta la derrota:

-El sacacorchos…

Lo miro. Es mi momento.

-Ese cuchillo -le digo-. Tiene serrucho.

Me mira. Entiende el idioma, pero no el sentido de lo que digo.

Le explico, entonces, que en Argentina no hablamos ni alemán, ni francés, quizás un poco de inglés. Pero sabemos de física aplicada; en este caso, aplicada a quitar un corcho de una botella.

Afuera hay un fogón.

El frío es compacto en la noche límpida; el vino cae al alma como al pasto el rocío, diría el poeta.

Y haciendo malabares para esquivar el humo, dos andaluces, una polaca, tres belgas, una inglesa, dos suizos y dos argentinos nos recostamos para ver y escuchar, al fin, el desierto.

A qué otra cosa vinimos sino hasta acá.

Alfredo Ves Losada – De la redacción

Y si, un día llegó la bella Vane de la tierra del koala y nos contó cómo era vivir y trabajar en el campo, convivir con gente de Corea y experimentar una vida en el “país donde todo es gigante” como ella misma nos lo describió. Vieja amiga y compañera de aventuras, Vanesa Rodaro se animó a escribir su experiencia y compartirla con nosotros. La bella y hippie Vane se fue a recorrer el mundo y esto es lo que nos dejó en claro: paz y amor amigos!.(María Laura Mazzoni, de la redacción)

Queridos  Salieris: soy Vanesa, una reciente Profesora de Historia invitada por mis amigos escritores a compartir unas líneas de mi paso por Oceanía, ya que siempre me ha gustado mucho viajar, y una vez entendido que la rebeldía adolescente anti-yankie me estaba imposibilitando la comunicación -y con ello el aprendizaje que la gente va dejando en los caminos-, decidí aprender inglés y, gracias a mi pasaporte italiano, conseguí una visa por un año en Australia, país que poco conocía y que me sorprendió gratamente.

Resultó que esta isla gigante contenía la mayor circulación de culturas que jamás haya visto en mi vida…un ir y venir alocado de personajes y colores que se mixturan entre sí, moldeando un territorio hecho por nosotros, forasteros en movimiento, donde el inglés mal hablado es la moneda corriente y único puente para sentirse parte de algo, aunque no se sepa bien de qué.

Si bien es cierto que dadas las circunstancias geográficas en Australia el peso asiático es mayor que en cualquier otro país occidental, uno logra comprender en la interacción cuan abarcativo y cuanto contraste reduce ese mundo, aunque se los quiera hilar con estereotipos, erróneos en su mayoría.

Sea cual sea la razón, casualidades o causalidades del destino, el viaje me fue acercando a la descocida República de Corea, y tal es así que cuando finalmente decidí irme a trabajar por tres meses al campo para poder acceder a un segundo año de visado, no dudé siquiera un momento en aceptar la ayuda que me ofreció mi amigo Jaegeun Hwang, (apodado Robin), e izando la mochila una vez más, me fui al pequeño pueblo de Bundaberg, en el territorio de Queensland, a convivir por ese lapso de tiempo a una casa de residentes coreanos.

 

Siendo que Corea es el único territorio que continuó dividido una vez finalizada la Guerra Fría, ambas fracciones invirtieron el sufrimiento hasta transformarlo en rabia y así, fortalecer un aparato militar capaz de salvaguardar cualquier tipo de amenaza que viniera de su vecino, antes hermano, ahora enemigo.

Tal es así que los jóvenes de la República de Corea del Sur tienen la obligación de cumplir por dos años un estricto servicio militar, prometiendo, además, lealtad a su patria durante los siete años posteriores.

No es casualidad entonces que en las estancias australianas se prefieran a los “Korean machines” para las cosechas de su producción, ya que son personas que simplemente no sienten cansancio, o si lo sienten, no lo transmiten y allí siguen, a un ritmo casi automatizado.

Entre este deseado grupo de super trabajadores vine a parar yo, la “blonde girl”, siguiendo como podía su ritmo, entre mandarinas, zucchinis y tomates. Una vez finalizada la extenuante jornada laboral, caminaba con mis botas embarradas frente a la fábrica empaquetadora, donde estaba el resto de los “working holiday europeos”, haciendo el trabajo de “chequear y embalar” la calidad de los productos que nosotros, “los asiáticos”,  habíamos recolectado hacía un momento atrás.

Las injusticias y la discriminación generan impotencia en cualquiera de los ámbitos, pero para mí significaba aún más, porque vivir con los coreanos fue una de las experiencias más hermosas que tuve en mi vida, y aprendí a quererlos como se quiere a una familia.

Con el  afán de mejorar mi inglés, había encontrado en la biblioteca del pueblo un libro de historietas llamado “Korea Unmasked”, donde se le explicaba al mundo occidental la particularidad de la idiosincrasia coreana. Desde la tierna comparación de las distintas medidas de los palillos coreanos, chinos y japoneses, hasta una impecable comparación con los Balcanes en cuanto a la repercusión política que tiene habitar en una península, así como la fortaleza que genera levantarse una y otra vez de la guerra y el hambre, me permitían comprender el porqué de la “hermandad” que reinaba en mi hogar, la solidaridad sin límites, como si el sentido de privacidad no fuera una virtud sino un defecto. Así pasaba mis días con ellos, caminando descalza como corresponde, en una casa tan limpia como cálida, amando el arroz, disfrutando del silencio compartido a la hora de ir a pescar nuestro alimento, observando la  infinidad de prismas que existen para ver una realidad, y comprendiendo que lo que nos hermana a los latinos, es el enemigo en común, no compartido por el resto del mundo como creía.

Y mientras al fin fueron mis manos las que me enseñaban cuál es la realidad campesina, pude levantar más alta mi frente al pertenecer a este sector de la producción, el del trabajo sucio, el del asiático explotado, porque hoy pasar por la caja de un supermercado coreano no me resulta sólo un trámite, sino que me permite ver que el “crisol de razas” que nos caracterizó una vez no se quedó en el siglo XIX, sino que todavía tenemos la maravillosa oportunidad de aprender del otro, aunque imagino que en un principio, deberíamos considerarnos como iguales para poder, al fin, apreciar la diferencia.

Vanesa Rodaro – Columnista invitada

“Muchos hay propensos a figurarse España como una apacible región

meridional engalanada con los lozanos encantos de la voluptuosa Italia.

Antes al contrario, si se exceptúan algunas de las provincias marítimas, es,

en su mayor parte, un áspero y melancólico país, de montes escabrosos

 y amplias llanuras; desprovistas de arboles; y un silencio y soledad

 indescriptibles que tienen muchos puntos de contacto con el aspecto selvático

y solitario del África”(1)

Andalucía, la región más austral de la península ibérica, es además, una de las más pobres de España, sino la más. El territorio andaluz fue el último en ser reconquistado por la corona de Castilla y Aragón de manos de los musulmanes. Lo “moro” está muy presente, en el paisaje, en la arquitectura, en la gente, aunque el andaluz promedio reivindique su pasado cristiano con un fervor inusitado y niegue cualquier vestigio de ascendencia árabe.

A principios del siglo XIX, cuando Napoleón invadió la península, allí es donde se refugiaron los liberales españoles arrinconados durante cuatro años en “la tacita de plata”: Cádiz.

Ya en el siglo XX, Andalucía fue un sangriento escenario de la guerra civil española cuando desde África, los batallones del bando sublevado cruzaro el Estrecho de Gibraltar para desplegarse por la península. Durante los años de la guerra casi toda Andalucía se mantuvo fiel a la República, salvo por un reducto donde los nacionales tuvieron un fuerte arraigo: Granada.

Andalucía además ha sido la cuna del flamenco, de las chicas con gracia, del sol y la vida relajada en las costas del Mediterráneo.

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Al costado de la ruta, olivo, olivo y más olivo. De Granada a Jaén, de Sevilla a Granada, de Granada a Málaga. El olivo es el mayor y casi exclusivo cultivo de la zona. Donde vayas a tomarte una caña te enchufan aceitunas (no lo digo como queja eh), y el aceite de oliva es buenísimo y muy barato. La ciudad de Jaén, uno de los lugares donde mayor cantidad de olivas y aceite se produce, es la segunda ciudad con mayor índice de parados (desocupados) del país. El olivo es un cultivo estacional, sólo da trabajo en la época de cosecha, y además los adelantos tecnológicos agrícolas han conseguido la utilización de máquinas para el trabajo que antes hacían personas en varios de los procesos de la oliva. El problema con Andalucía es que depende de ese solo producto que estaba, hasta ahora, subvencionado por el Estado. En unos meses ese subsidio a los productores dejará de aplicarse y los parados aumentarán considerablemente. Y es que en los pueblos casi que se vive únicamente de la agricultura y sus derivados. Además, la terrible sequía que está azotando a toda la península no ayudará mucho a la situación.

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En la Catedral de Granada, en uno de los muros exteriores está tallado en la piedra un nombre: Primo de Rivera, el dictador español de la década del ’20; alrededor, hay algunas manchas de pintura roja producto de algún intento de escrache. Adentro del templo, una placa en el altar mayor recuerda a los sacerdotes asesinados durante la guerra civil (y no a otras víctimas). Rémoras de la dictadura franquista. Por ley, los símbolos del franquismo están prohibidos en los lugares públicos, nos cuenta un profesor, pero los intramuros de la iglesia no tienen que atenerse a esta interdicción.

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Las elecciones en Andalucía. En marzo de este año Andalucía era el único bastión que conservaba el PSOE. Para el partido socialista español conservarla significaba una pequeña luz al final del túnel negro en el que ha ingresado. Y aunque el PP ganó las elecciones, no obtuvo la mayoría absoluta, por lo cual deberá ceder varios espacios de poder en manos de la Izquierda Unida y del PSOE. La campaña en la última comunidad autónoma en celebrar elecciones fue ardua y crispada, y el PP se guardó el anunció de varios recortes mucho más drásticos de los que venía haciendo desde que asumió el mando nacional para después de la votación andaluza.

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Granada. La construcción de un subte en una ciudad de 240.000 habitantes parece un chiste. Sin embargo, es un espejo del derroche del que fueron parte los españoles durante estos últimos 20 años. La especulación inmobiliaria no significó solamente la construcción de edificios y urbanizaciones para la venta bajo crédito. La obra pública también tuvo su parte ostentosa con la construcción de museos inmensos en ciudades menores, espacios para ferias y exposiciones como los predios construidos para la Expo Sevilla del ’92 o la Expo Zaragoza del 2008, ambos actualmente abandonados, en desuso. El metro de Granada es un proyecto onerosísimo, absolutamente innecesario en una ciudad pequeña y sin mayores problemas de circulación. Por otra parte, su construcción aún no fue terminada, pese a que las obras empezaron hace varios años, y ha afectado a muchísimos comerciantes de la zona de la Avenida Ronda que hace años que la ven cerrada por obras ese acceso de la ciudad. Resabios de un pasado esplendido y no tan lejano que los españoles vieron escaparse como arena entre los dedos….y es que acá, nos cuenta un inmigrante Marroquí que vive hace 28 años en Granada, “nadie ahorró una puta peseta”.

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María Laura Mazzoni – De la redacción

(1) Irving, Washington, Cuentos de la Alhambra, Ediciones Miguel Sánchez, Madrid, 2002 [1832], pg. 25.

 

Callejuelas de adoquín, luces tenues de farol y un gran muro rodean al predio del Cementerio de la Recoleta. Desde fuera, nada de particular. Pero en su interior, reúne las condiciones necesarias para convertirse en el atractivo turístico más destacado de este barrio paquete de la Capital. Los turistas europeos y orientales entran emocionados, y las lentes de las cámaras fotográficas se llenan de inmensas imágenes sagradas y delicadas construcciones logradas por escultores de la talla de Lola Mora, Troyano Troiani y Giulio Monteverse, entre otros.

Debe ser uno de los pocos cementerios donde no se vive el clima típico de cementerio. Es decir, uno no se siente apesadumbrado; no pesa ese aire negativo común en estos lugares sacros. Y es así gracias a estas visitas ajenas que no llegan por el duelo de un pariente, sino por mero atractivo. El Cementerio de la Recoleta, fundado allá por 1822, se ha convertido en un punto más del tour porteño, donde no sólo figuran renombrados personajes de la historia política Argentina, sino también leyendas urbanas sobre almas desveladas y amores profanados…

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El pasillo principal nos conduce directamente a la imponente tumba de Aramburu. Para algunos, esta disposición habla mucho del barrio en el que estamos. La señora de Recoleta no tendría pruritos en reconocerlo. Ninguna negaría su patente “gorilismo”. Pero, esta tumba nada dice para los turistas que poco se interesan por uno de los militares cabecillas de la Libertadora, y en cambio, si se muestran profundamente ansiosos por conocer el lugar de reposo de Evita. Así la paradoja. La misma señora paqueta, a falta de guías turísticos oficia como tal en el camino al panteón de la familia Duarte: para nada suntuoso, para nada llamativo (eran otros tiempos del peronismo se ve!!!) casi pasa desapercibido entre la magníficas obras arquitectónicas que lo rodean.

Eva descansa entre gente que la despreció. Pero, a decir verdad, ese sentimiento fue mutuo…

Antes de perdernos entre los pasillos volvemos por la callecita principal y encaramos hasta los lindes de la necrópolis. Allí presenciamos una clase de historia; 25 presidentes constitucionales y 4 gobernadores de factos, 100 gobernadores provinciales, así como héroes de la independencia descansan entre otros tantos ilustres personajes de la vida nacional. Nuestro pasado descansando entre flashes.

El sepulcro colectivo de los radicales históricos, los “Revolucionarios del Parque”, justo está siendo reparado, como un intento para que no caigan en el olvido; allí descansan Leandro N. Alem, Hipólito Yrigoyen, y Arturo Illia. La particularidad es que Alfonsín no se encuentra entre ellos; está en un mausoleo moderno, alejado de sus copartidarios y de la historia del viejo radicalismo.

También se encuentran entre los destacados de la política, Manuel Quintana y Figueroa Alcorta, así como también Adolfo Alsina, Pueyrredón y el General Lavalle, entre tantos otros que merecerían ser nombrados y relatadas sus historias.

Y justamente entre tantos personajes ilustres, no podemos obviar la presencia de una oveja negra de la Capital: Ramón Falcón, destacado policía de principios del siglo xx, que a fuerza de mano dura se ganó el prestigio de “mata obreros” allá por 1909. El imponente sepulcro donde yace entre laureles lleva inscripto en aerosol el nombre de Radowitzky, el joven anarquista que lo ajustició en nombre de todas sus víctimas, y que se niega a desaparecer como fiel reflejo de los reclamos de la clase obrera ante las injusticias sociales y los abusos de poder.

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La tarde se apaga lentamente mientras seguimos recorriendo los pasillos angostos. Y las leyendas de los “pobladores” de la vieja necrópolis empiezan a brotar de entre las sombras de las esculturas, como las raíces entre los adoquines gastados por los años. El sepulcro de Rufina Cambaceres (hija de Eugenio) se presenta de repente; como aquella vez, cuando en su cumpleaños número 19 su mejor amiga le reveló un secreto que le rompería el corazón. Su novio era también amante de su madre! Se rumorea también, como una de esas historias paralelas, que la Dama de Blanco sufrió un ataque de epilepsia y por error se le dio entierro al considerarla muerta. Pero la joven despertó y ante la desesperación de no poder salir del ataúd, murió de un paro al corazón. El mito del fantasma de Rufina recorriendo el cementerio comenzó a propagarse y hasta hay declaraciones de gente muy convencida que lo asevera. Para coronar la historia, la escultura en su lugar de descanso la muestra de pie, aferrada al picaporte de una puerta, como intentado salir, entre sollozos.

Otras historias de amores trágicos son equiparables a la de Rufina. Como la de la niña Luz María García Velloso que a los 15 años murió de leucemia. Y el desconsuelo de esta muerte prematura, llevó a la madre a pedir el favor de los guardas del cementerio para que la dejaran dormir, todas las noches, junto al sepulcro de su hija. O la aún más asombrosa disputa conyugal que se plasmó a perpetuidad colocando de espaldas! los bustos de la pareja que en vida no se habló por más de 30 años. La particular disposición del mausoleo de Salvador María del Carril (Gobernador de San Juan y enemigo acérrimo de Dorrego) y su esposa fue estipulada por testamento, como una especie de “desunión hasta en la muerte”.

Pero la historia más digna seguramente la encarna David Alleno, sepulturero del cementerio. Un tipo que sabía lo que quería. Luego de años de trabajo, con sus ahorros meticulosamente cuidados, se hizo erigir su propio mausoleo donde se lo representa con sus herramientas de trabajo. Cuando la obra escultórica fue finalizada, se quitó la vida, ansioso por darle uso y cumplir su sueño de descansar en el más viejo de los cementerios porteños. Ahí donde había trabajado, fue donde deseó su último descanso…

Joaquín Marcos – De la redacción

Antes, cuando Buenos Aires era una aldea lejana y perdida del Imperio Español, Lima se erigía como la metrópolis del Virreinato del Perú. Hasta allá nos trasladamos para hacer un viaje hacía el pasado colonial de esta parte de América. 

Lima es un caos ordenado. Todo funciona a la perfección pero a un ritmo frenético y ensordecedor.

El tráfico es una constante lucha contra las leyes de la física para que la materia ocupe espacios que no existen. Los autos se esquivan, se cruzan, se juntan y se funden en uno solo. Todo acompañado por una melodía de bocinas utilizadas tanto para avisar que una maniobra peligrosa ya fue hecha, como para protestar por las tretas de otros conductores, como para advertir a transeúntes despistados que un auto se está acercando (y que por ello debe correr por su vida), o desde los taxis para captar la atención de posibles pasajeros.

La ciudad tiene unos niveles de contaminación que son totalmente palpables y que llegan a estresar al más zen de los monjes tibetanos. La polución no sólo se ve en la basura en las calles, y en el color de la bruma que cubre la ciudad. También se escucha, en el ritmo de bocinazos, gritos y músicas provenientes de los taxistas, los conductores de autobuses, los vendedores ambulantes y los “arbolitos”. Y se siente en la piel, en las manos, que se llenan de una humedad pringosa apenas entran en contacto con el aire.

Y sin embargo, cuando uno consigue aislarse, sentarse en un barcito a tomarse una chicha o una Cuzqueña helada el caos se desvanece. En los comercios los mozos tienen una paciencia ancestral, un ritmo cansino y una amabilidad que contrasta con la lucha por la supervivencia de la especie humana que se desarrolla en el asfalto.

Con esto no quiero desanimar a nadie que esté pensando en conocer la Ciudad de los Reyes. No solamente porque vale la pena recorrer su casco histórico plagado de reminiscencias coloniales, y por su más presente aun, pasado prehispánico. Sino por su malecón, sus calles y la vida de ésta gran ciudad.

Pese a la humedad y contaminación que envuelven a la ciudad, es sorprendente el estado de conservación del patrimonio histórico limeño. Probablemente la presencia de abundantes edificios coloniales que aun hoy quedan en pie también esta relacionado con una cuestión de estadística: Lima era el centro del Virreinato del Perú y, como tal, la cantidad de edificios comerciales, administrativos y religiosos en el periodo colonial superaba ampliamente aquellos presentes en ciudades tan periféricas al sistema imperial como Buenos Aires en aquella época. El tamaño de las iglesias y conventos, la casa del Oidor y los mercados nos hablan de la centralidad que este espacio tenía para la Monarquía católica.

Los museos que rescatan el pasado de las civilizaciones preincaicas son muchos y, en general, muestran un buen tratamiento del guion museográfico, explicando al curioso que los visita cuan importantes son los desarrollos culturales previos a la civilización incaica para contrarrestar la fama de los incas, que opacan muchas veces a las sociedades anteriores del territorio del actual Perú. Con este fin el Museo Larco, por ejemplo, exhibe una vasta colección de cerámicas del período Mochica, Viru, Chavín de Huantar, Huari, del legado de estas sociedades. En este mismo sentido las ruinas de Pachacamac, a 45 minutos del centro de Lima muestran esta relación entre las sociedades preincaicas y el uso que, a posteriori, los incas hicieron de templos que pertenecían a culturas desaparecidas o conquistadas. Pachacamac, es un complejo de ruinas ubicado en un monte arenoso, y al lado del mar, justo frente a la Isla de la Ballena. El lugar es un sueño, uno entiende que no es casual el asentamiento de los pueblos que habitaban la costa peruana allí. Subiendo al Tempo del Sol y rodeando la montaña, aparece inmenso e inspirador el mar y la isla con forma de crustáceo gigante. El sitio arqueológico es un paraíso, un lugar desértico donde corre un viento marino que suaviza la acción del sol abrazador, y está rodeado por un contorno que contrasta: barrios enteros donde las humildes chabolas de los ciudadanos están incrustadas en la montaña, custodiando el Templo del Sol.

Una neblina densa y oscura cubre toda la bahía costera de lima. Desde la costa de Miraflores, una ciudad muy bienuda que se encuentra al lado de Lima y que ya casi es un barrio –tipo San Isidro para Buenos Aires-, no se alcanza a ver muchas veces el extremo de Barranco, el barrio de Chabuca Granda y al que le dedicó tantas canciones, un mirador que queda en el extremo sur de la ciudad.

El gran Lima está muy integrado a la ciudad. Para salir a la noche puedes ir a Miraflores, Barranco o Breña e, incluso, encontrar más movida que en el centro de Lima.  ¿Cómo se traslada uno a esos barrios? En el medio de transporte por excelencia: el taxi. Este medio de locomoción es el más común para los turistas, pero también para muchos limeños que lo utilizan en vez del transporte público. Los taxis son baratísimos y hay millones por todos lados. Para subirte a uno es necesario pasar por un ritual limeño: el regateo. Tanto en las casas de artesanías, los negocios en la calle, los vendedores ambulantes y los taxistas esperan que pelees la abultada tarifa que plantean en principio.

Si bien Lima casi siempre es utilizada como posta hacia destinos más fascinantes para el turismo, como Cuzco y Machu Pichu, vale la pena detenerse unos días, y sumergirse en la vorágine limeña.

                                                                                  María Laura Mazzoni – De la redacción

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